Opinión: Texas, tierra de los vientos y las mentiras

Paul Krugman
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Los políticos ni son dioses ni son santos. Como no son dioses, suelen tomar malas decisiones en lo referente a las políticas públicas. Como no son santos, a menudo tratan de evadir la responsabilidad de esas malas decisiones, aseverando que hicieron lo que cualquiera habría hecho en su lugar o que alguien más tiene la culpa.

Entonces, durante un tiempo, la política en torno a los cortes de energía generalizados en Texas parecía bastante normal. Es cierto que los gobernantes del estado aplicaron políticas imprudentes que prepararon el terreno para la catástrofe y luego trataron de eludir su responsabilidad. Sin embargo, si bien su comportamiento fue reprochable, lo fue en formas que hemos visto muchas veces a lo largo de los años.

No obstante, eso cambió alrededor de un día después de que se hiciera evidente la gravedad del desastre. Los políticos republicanos y los medios de comunicación de derecha, no contentos con el habitual deslinde de responsabilidades, se han unido en torno a una falsedad maliciosa: la afirmación de que las energías eólica y solar causaron el colapso de la red eléctrica de Texas y de que los ecologistas radicales son de alguna manera responsables de que millones de personas se estén congelando en la oscuridad, a pesar de que los republicanos conservadores han gobernado ese estado durante una generación.

No se trata de una fechoría política normal. Es el equivalente en política energética a afirmar que la insurrección del 6 de enero fue una operación antifa de falsa bandera: la cruda negación de la realidad, no solo para eludir la responsabilidad, sino para satanizar a los adversarios. Y es otro indicador del colapso moral e intelectual del conservadurismo estadounidense.

La historia subyacente de lo ocurrido en Texas parece estar bastante clara. Al igual que muchos estados, Texas tiene un mercado eléctrico parcialmente desregulado, pero la desregulación es más extensa que en otros lugares. En particular, a diferencia de otros estados, Texas decidió no incentivar a las compañías eléctricas para que instalaran capacidad de reserva con el fin de enfrentar posibles emergencias. Esto hizo que la energía fuera más barata en tiempos normales, pero vulneró al sistema en caso de que las cosas salieran mal.

Las autoridades también ignoraron las advertencias sobre los riesgos asociados al frío extremo. Después de que, en 2011, una ola de frío dejara a oscuras a millones de texanos, la Comisión Federal Reguladora de Energía instó al estado a acondicionar sus centrales eléctricas para el invierno con aislamiento térmico, tuberías de calefacción y otras medidas. Sin embargo, Texas, que de manera deliberada ha aislado su red eléctrica del resto del país justamente para librarse de la regulación federal, solo aplicó parte de las recomendaciones.

Y la helada llegó.

Una red eléctrica mal preparada para hacer frente al frío extremo sufrió múltiples fallas. Los mayores problemas parecen haberse producido en el suministro de gas natural, que por lo general provee la mayor parte de la electricidad del estado durante el invierno, ya que los pozos y las tuberías se congelaron. La situación no se limitó a que se fuera la luz; la gente también se está congelando, porque muchos hogares de Texas tienen calefacción eléctrica. Muchos de los hogares sin calefacción eléctrica dependen, en efecto, del gas natural. Nos enfrentamos a un sufrimiento enorme y, tal vez, un número importante de muertos.

Así pues, Texas está sufriendo un desastre natural que se ha agravado considerablemente debido a errores políticos importantes, y los funcionarios que los cometieron deberían rendir cuentas. Sin embargo, en lugar de aceptar la responsabilidad, estos servidores públicos, empezando por el gobernador Greg Abbott, respaldados por casi todo el complejo mediático de derecha, han optado por culpar a la energía verde, en particular a la energía eólica.

Ahora bien, es cierto que el estado genera bastante electricidad a partir del viento, aunque es una pequeña fracción del total. Pero eso no se debe a que Texas (¡hablamos de Texas!) esté gobernada por ambientalistas a los que les falta un tornillo, sino a que las turbinas eólicas son, en la actualidad, una fuente rentable de energía doquiera que sople mucho el viento y si algo le sobra a Texas es mucho viento.

También es cierto que el frío extremo forzó el cierre de algunas de las turbinas eólicas del estado que no estaban suficientemente preparadas para el invierno, pero, como he dicho, esto estaba ocurriendo con las fuentes de energía de Texas en general, y los peores problemas eran los relacionados con el gas natural.

¿Por qué, entonces, el esfuerzo por culpar en falso a la energía eólica?

Los incentivos son obvios. Atacar a la energía eólica es una manera, tanto para los funcionarios electos como para los ideólogos del libre mercado, de eludir la responsabilidad por la desregulación fallida; es una manera de beneficiar los intereses de los combustibles fósiles, que dan la mayor parte de sus contribuciones políticas a los republicanos y como los progresistas tienden a favorecer a las energías renovables, es una manera de someter a los liberales. Y todo encaja con la negación del cambio climático.

Pero, ¿por qué creen que pueden salirse con la suya con una mentira tan evidente? La respuesta, sin duda, es que los que venden la mentira saben que están operando en un paisaje político de posverdad. Si dos terceras partes de los republicanos creen que los antifa estuvieron involucrados en el ataque al Capitolio, convencer a la base de una narrativa falsa sobre el desastre eléctrico de Texas es casi pan comido.

Y si esperan algún cambio en las políticas que ayudaron a causar este desastre, se van a quedar esperando, al menos mientras Texas siga siendo un estado republicano. Teniendo en cuenta todo lo que hemos visto, lo que en verdad podemos esperar es que la satanización de la energía eólica, y no la comprensión realista de lo que en verdad sucedió, sea lo que impere en las políticas futuras.

This article originally appeared in The New York Times.

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