Opinión: Por qué las teorías conspirativas son tan adictivas en este momento

Kellyanne Conway, una exasesora del presidente Donald Trump, y el fiscal general William Barr se van del Jardín de las Rosas de la Casa Blanca en Washington después de que Trump anunció la nominación de Amy Coney Barret como la próxima jueza asociada de la Corte Suprema, el 26 de septiembre de 2020. (Al Drago/The New York Times).
Kellyanne Conway, una exasesora del presidente Donald Trump, y el fiscal general William Barr se van del Jardín de las Rosas de la Casa Blanca en Washington después de que Trump anunció la nominación de Amy Coney Barret como la próxima jueza asociada de la Corte Suprema, el 26 de septiembre de 2020. (Al Drago/The New York Times).
El presidente Donald Trump regresa a la Casa Blanca en Washington, después de recibir tratamiento para COVID-19 en el Centro Médico Militar Nacional Walter Reed, el 5 de octubre de 2020. (Anna Moneymaker/The New York Times).
El presidente Donald Trump regresa a la Casa Blanca en Washington, después de recibir tratamiento para COVID-19 en el Centro Médico Militar Nacional Walter Reed, el 5 de octubre de 2020. (Anna Moneymaker/The New York Times).

La otra noche, mientras el presidente estadounidense, Donald Trump, convalecía en el centro médico Walter Reed, eché un vistazo a las redes sociales para enterarme de las últimas noticias sobre su salud.

En cambio, me encontré con un montón de partidistas paranoicos que publicaban fotografías granulosas y con acercamiento, que analizaban videos cuadro por cuadro, y gente que se esforzaba por conectar los puntos de teorías conspirativas inverosímiles relacionadas con los planes de una camarilla de élites malvadas para montar una elaborada cortina de humo.

No, no caí en un foro de QAnon, la teoría conspirativa pro-Trump. De hecho, muchas de las personas que compartían historias falsas y sin verificar en mis perfiles eran demócratas de hueso colorado. Algunas especulaban, sin ninguna evidencia, que Trump estaba fingiendo su batalla contra la COVID-19 para generar compasión e impulsar sus posibilidades de reelección. Otras aseguraban que Trump había muerto y lo había remplazado un doble de cuerpo (no), que había obtenido una vacuna secreta de Rusia y estaba en cuarentena hasta que surtiera efecto (tampoco) o que había contraído la enfermedad a propósito para distraer al público de un artículo de The New York Times sobre sus impuestos (puntada creativa, pero dudosa).

Ninguna de estas teorías pasaba la prueba más básica de autenticidad, pero de todas maneras las retuiteaban y compartían miles de veces. Zignal Labs, una firma que monitorea la desinformación en línea, señaló que la teoría sobre la enfermedad fingida de Trump se había mencionado más de 85.000 veces en redes sociales y que la etiqueta #TrumpCovidHoax (engaño de COVID de Trump), que fue tendencia en Twitter en Estados Unidos, había sido mencionada más de 75.000 veces.

Dejemos algo claro, ninguno de los chismes que vi de la izquierda se comparaba con un peligroso movimiento extremista como QAnon, el cual alega que el mundo está controlado por una camarilla de pedófilos satánicos con demócratas prominentes a la cabeza. Además, es entendible que la gente cuestione la narrativa oficial de la enfermedad de Trump. Los presidentes tienen un largo historial de ocultar sus problemas de salud al público y, debido a la cortina de información conflictiva, confusa y deshonesta que emanó de Trump y su equipo médico esta semana, no ha sido fácil creer en sus alegatos al pie de la letra.

Sin embargo, es notable la facilidad con la que el credo de los conspiracionistas ha penetrado nuestra psique nacional: la narrativa oficial siempre es mentira y la verdad está en otra parte, al alcance de quienes estén dispuestos a hurgar por su cuenta. Después de que Trump dio positivo por COVID-19 la semana pasada, los sabuesos de las redes sociales se apresuraron a diseccionar cada uno de los comunicados, tuits y fotografías que pudieran revelar pistas sobre su verdadero estado de salud (¿ese bulto en el saco es un tanque de oxígeno oculto? ¿El video fue editado para eliminar una tos delatadora?).

Insatisfechos con las explicaciones oficiales de los doctores de Trump, buscaron sus propias fuentes, como la cuenta de TikTok de Claudia Conway, la hija de 15 años de la exasesora presidencial Kellyanne Conway, quien ofreció un diagnóstico más desalentador.

Y cuando el presidente sí salió del Walter Reed, los neumólogos de salón analizaron con cuidado su video de bienvenida como si fuera una moderna película tomada por Zapruder, en busca de evidencia que revelara que sigue en pésimo estado.

Parte de lo que ocurre está relacionado con la dinámica de las plataformas de redes sociales, las cuales favorecen las aseveraciones audaces y cautivadoras por encima de las sosas y prudentes. Sin embargo, también parece que algo más está pasando: una fuerza que nos está jalando a todos hacia las teorías conspirativas últimamente, sin importar nuestras creencias políticas.

El lunes, mientras veía un video en el que aparecía el presidente parado en un balcón de la Casa Blanca, me impactó darme cuenta de que casi nadie aceptaba la escena simplemente como se mostraba. Los demócratas lanzaban teorías sobre las enfermedades secretas que el mandatario intentaba ocultar. Los republicanos especulaban sobre las señales que el presidente intentaba enviar a sus adversarios políticos. Todo el mundo estaba “haciendo su propia investigación” y buscando la historia verdadera tras bambalinas. No había ningún texto, solo subtexto.

Me acordé de Martin Gurri, un teórico mediático cuyo trabajo me parece estimulante, aunque no estoy de acuerdo con algunas de sus conclusiones. En su libro “The Revolt of the Public”, Gurri escribe que las redes sociales, y el internet de una forma más generalizada, han erosionado la autoridad que tuvieron desde hace mucho los guardianes de los medios masivos de comunicación —como el periódico que estás leyendo en este preciso momento— y la han remplazado con “comunidades vitales” de insurgentes digitales que están unidos en torno a intereses comunes.

Según Gurri, estos grupos desarrollan sus propias fuentes de autoridad. Para un grupo, una falange de doctores vestidos de blanco afuera del Walter Reed pudo parecer autoritario. Para otro grupo, la cuenta de TikTok de una adolescente o un canal de YouTube de creyentes de QAnon podrían tener más influencia. Cada grupo crea sus propios estándares probatorios y procesa la información a su propio modo. No hay ninguna “realidad de consenso” con la que todos puedan estar de acuerdo porque la idea de una sola realidad compartida era un mito del siglo XX, cuando la mayoría de la gente obtenía la información de un puñado de fuentes establecidas tradicionales.

Llamé a Gurri, quien me comentó que no le sorprendía que la gente recurriera a las teorías conspirativas para explicar la enfermedad de Trump. La incertidumbre siempre genera desconfianza y, según Gurri, en la era de las redes sociales, la autoridad está en manos de la gente que puede enviar sus mensajes con eficacia, aunque esos mensajes sean falsos o engañosos.

“La diseminación es validación”, comentó Gurri. “Si puedes fraguar algo que viaje en la red, entonces estás en el mismo nivel que cualquier experto del mundo”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company