Opinión: Las cinco grandes teorías de la conspiración que Putin promueve

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EN CONJUNTO, CUENTAN LA HISTORIA DE UN RÉGIMEN QUE SE DESINTEGRA EN UN PANTANO DE DESINFORMACIÓN Y PARANOIA.

La Rusia de Vladimir Putin está impulsada por teorías de la conspiración.

Durante dos décadas, periodistas y funcionarios, en colaboración con el Kremlin, han divulgado desinformación con soltura. Sin importar cuán descabelladas o fantásticas fueran —por ejemplo, que la CIA estaba conspirando para quitar a Putin del poder— estas historias tenían un propósito evidente: reforzar al régimen y garantizar el apoyo público a sus actos. Al margen de las opiniones personales de los miembros de la clase política, parecía claro que las teorías no influían en los cálculos políticos. Eran historias diseñadas para asimilar lo que el régimen estaba haciendo, para sus propios intereses.

Eso se acabó. Desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania hace dos meses, la brecha entre las teorías de conspiración y las políticas del Estado se ha cerrado hasta casi desaparecer. La mentalidad conspirativa se ha arraigado por completo en el país, de arriba a abajo, y ahora parece ser la fuerza motivadora detrás de las decisiones del Kremlin. Y Putin —quien antes mantenía su distancia de las teorías de la conspiración y delegaba su difusión a los medios de comunicación del Estado y a los políticos de segunda— ahora es su principal promotor.

Es imposible saber qué pasa por la mente de Putin, desde luego. Pero a juzgar por sus discursos belicosos y apasionados, antes y después de la invasión, es posible que crea las teorías conspirativas que repite. Estas son cinco de las teorías predominantes que el presidente ruso ha promovido, con una vehemencia cada vez mayor, en la última década. En conjunto, cuentan la historia de un régimen que se desintegra en un pantano de desinformación, paranoia y falsedad, a un precio terrible que Ucrania y el resto del mundo deben pagar.

Occidente quiere dividir el territorio ruso

En 2007, en la rueda de prensa nacional que realiza todos los años, a Putin se le hizo una pregunta extraña. ¿Qué opinaba sobre el comentario que hizo la exsecretaria de Estado estadounidense Madeleine Albright de que las riquezas naturales de Rusia debían ser redistribuidas y controladas por Estados Unidos? Putin respondió que “ciertos políticos” compartían ese tipo de ideas, pero que él no estaba enterado de la declaración.

Eso se debe a que es totalmente falsa. Los periodistas de Rossiyskaya Gazeta, un periódico propiedad del Estado, habían inventado la declaración con el argumento de que la inteligencia rusa era capaz de leer la mente de Albright. No se volvió a mencionar durante años. Entonces, en 2015, el secretario del Consejo de Seguridad de la Federación de Rusia, Nikolái Pátrushev, la repitió. Informó con serenidad que Albright había declarado que Rusia no debía controlar Siberia ni su Extremo Oriente y que por eso Estados Unidos estaba interviniendo en Ucrania, donde Rusia fomentaba un conflicto en la zona este del país. En aquel entonces, dio la impresión de que el colega de Putin había perdido el hilo.

No obstante, en mayo de 2021, Putin demostró que la teoría no había quedado en el olvido. El presidente declaró que todos “quieren un pedazo de nosotros o un pedazo de Rusia” porque “es injusto que Rusia sea la única que posea las riquezas de una región como Siberia”. Una cita inventada se había convertido en un “hecho” que legitimaba la estrategia cada vez más hostil de Putin con Occidente.

La OTAN ha transformado a Ucrania en un campo militar

La OTAN es la peor pesadilla de Putin: sus operaciones militares en Serbia, Irak y Libia han sembrado el temor de que Rusia será el próximo objetivo de la alianza militar. También es un miedo conveniente que atiza el elemento anti-Occidente del electorado de Putin. En su retórica, la OTAN es sinónimo de Estados Unidos, el brazo militar del “colectivo de Occidente” que sofocará a Rusia en cuanto se torne débil.

Por lo tanto, tiene sentido que la OTAN sea la protagonista de algunas de las teorías conspirativas más persistentes del régimen, que encuentran la intervención de la organización en levantamientos populares de todo el mundo. Desde 2014, se han enfocado en Ucrania. Desde la revolución del Maidán en Ucrania ese mismo año, cuando los ucranianos obligaron a dimitir a Viktor Yanukóvich, el mandatario afín a Rusia, Putin y sus subordinados propagaron la idea de que Ucrania se estaba convirtiendo en un Estado títere controlado por Estados Unidos. En un ensayo extenso publicado en julio de 2021, Putin expresó esta teoría a cabalidad y afirmó que Ucrania estaba totalmente sujeta al control de Occidente y que la OTAN estaba militarizando el país.

Su discurso del 21 de febrero, escasos días antes de la invasión, confirmó que la actividad de la OTAN en Ucrania —arrastrar a la nación a la órbita de Occidente— era, en opinión de Putin, la razón principal de la ofensiva rusa. Según el mandatario, lo más importante es que la OTAN era lo que dividía a rusos y ucranianos, quienes, de otro modo, eran un mismo pueblo. Fueron los operativos militares de Occidente los que orillaron a Ucrania a volverse contra Rusia, acumulando enemigos con miras a humillar a Moscú.

La oposición quiere destruir a Rusia desde dentro y cuenta con el apoyo de Occidente

La OTAN y Occidente no solo son una amenaza externa para Rusia, sino que también causan problemas al interior del país. Desde al menos 2004, Putin ha sospechado de la oposición nacional, por temor a que se desate una revolución como la ocurrida en Ucrania. La “fortaleza rusa”, siempre menospreciada por los enemigos extranjeros, se convirtió en una característica de la propaganda del Kremlin. Pero la revolución del Maidán fue lo que suscitó una confluencia en sus mensajes: los disidentes no solo traían discordia a Rusia, sino que lo hacían bajo órdenes de Occidente. El objetivo era convertir a Rusia en un desastre como Ucrania.

Según esta lógica, las fuerzas de la oposición eran una quinta columna que se había filtrado a la patria por demás inmaculada, por lo que activistas, periodistas y organizaciones fueron etiquetados como agentes extranjeros. Aunque Putin jamás se rebajaría a pronunciar el nombre de su crítico más acérrimo, Alexéi Navalny, sí declaró que Navalny era un agente de la CIA cuyo trabajo de investigación se basaba en “materiales de los servicios especiales de Estados Unidos”. Incluso el envenenamiento de Navalny en agosto de 2020, según Putin, fue un complot orquestado para mancillar su reputación.

La represión de la oposición nacional —que el Kremlin ha ejecutado sin piedad en años recientes— ahora puede considerarse un prerrequisito para la invasión de Ucrania. Desde que comenzó la guerra, los últimos vestigios de los medios independientes han sido suspendidos y cientos de miles de personas han huido de Rusia. Cualquier crítica contra la guerra puede implicar una sentencia de 15 años de prisión y el título de traidor, alguien que trabaja con malicia a favor de los enemigos occidentales de Rusia. Como señal de que la asociación de la disidencia con los enemigos extranjeros ya se ha completado, los partidarios de Putin han recurrido a marcar las puertas de los activistas de oposición.

El movimiento LGBTQ a nivel mundial es una conspiración contra Rusia

Esta aseveración —plasmada con crudeza en la declaración que hizo Putin de que, en Occidente, “los niños pueden desempeñar cinco o seis roles de género”, lo cual suponía una amenaza para la “población medular” de Rusia— se ha estado gestando durante una década. En 2012, una causa penal contra Pussy Riot, una banda de punk anarquista que critica al régimen, fue el punto de inflexión. El Kremlin se dispuso a retratar a la banda y a sus seguidores como un conjunto de provocadores sexualmente subversivos cuyo objetivo era destruir la Iglesia ortodoxa rusa y los valores tradicionales. Estas quejas se extendieron a organizaciones no gubernamentales extranjeras y activistas de la comunidad LGBTQ, que fueron acusados de corromper a los rusos desde la infancia. Al poco tiempo, el alarmismo contra la comunidad LGBTQ se volvió un elemento fundamental de la política del Kremlin.

La medida tuvo una gran eficacia: en encuestas de 2020, una quinta parte de los rusos afirmó que quería “eliminar” a las personas homosexuales de la sociedad rusa. Era su respuesta a una campaña propagandística, emprendida por los medios estatales, que afirmaba que los derechos de la comunidad LGBTQ eran un invento de Occidente, con el potencial de destruir la estabilidad social de Rusia. Cuando Putin develó el manifiesto de su partido en la antesala de las elecciones parlamentarias de 2021, llevó su estrategia aún más lejos al declarar que, en Occidente, cuando las personas no trataban de abolir el concepto del género por completo, permitían que los maestros en las escuelas decidieran el género de los niños, sin respetar los deseos de sus padres. En sus palabras, eso era un crimen contra la humanidad.

Las actitudes progresistas de Occidente hacia la diversidad sexual terminaron por influir en el esfuerzo bélico contra Ucrania. En marzo, el patriarca Cirilo, líder de la Iglesia ortodoxa rusa, declaró que la invasión era necesaria para proteger a los hablantes de ruso en Ucrania de un Occidente que insiste en que todos los miembros de su club de naciones celebren una marcha del orgullo gay. La supuesta depredación del movimiento por los derechos de la comunidad LGBTQ debía combatirse con fuerza rotunda.

Ucrania está preparando armas biológicas para atacar a Rusia

Esta teoría de la conspiración, el engaño de alto perfil más reciente del Kremlin, surgió desde el inicio de la guerra, aunque hace eco de las declaraciones de Putin en 2017, cuando acusó a expertos occidentales de recopilar material biológico ruso para experimentos científicos.

En la segunda semana de la guerra, blogueros partidarios del régimen y luego políticos de alto rango, entre ellos el ministro de Relaciones Exteriores, Serguéi Lavrov, declararon que la inteligencia rusa había obtenido evidencia de que Estados Unidos y Ucrania estaban desarrollando armas biológicas —en forma de murciélagos y aves cargados de enfermedades— para propagar toda clase de virus en Rusia. El Ministerio de Defensa insinuó que había hallado documentos que confirmaban la colaboración.

Para agregar un contrapeso a la afirmación, los medios estatales repitieron un comentario de Tucker Carlson, un presentador de Fox News, de que la Casa Blanca estaba involucrada en una guerra biológica contra Rusia en Ucrania. Por supuesto que no había pruebas creíbles de nada de esto. Pero la historia se difundió por toda Rusia y el Kremlin incluso convocó a una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para hablar sobre el tema. Después de todo, cabía la posibilidad de que Hunter Biden la estuviera financiando.

Estas cinco teorías de la conspiración, y muchas más, se han afianzado en la Rusia de tiempos de guerra. Tanto ciudadanos de a pie como el Kremlin las utilizan para justificar la guerra en Ucrania. Es más, las teorías conspirativas se han convertido en una manera de rechazar la evidencia creciente de las atrocidades perpetradas por Rusia, que se tergiversan y retratan como engaños del extranjero. Por ejemplo, los crímenes cometidos en Bucha de inmediato se atribuyeron a los ucranianos, quienes supuestamente manipularon las fotografías o mataron a personas inocentes para tenderle una trampa al ejército ruso. Mientras tanto, se cree que Hollywood está trabajando a toda marcha para producir escenas de envenenamiento masivo para desacreditar aún más a Rusia. La CIA está tejiendo su propia red.

A partir de debates en programas de entrevistas y en línea, las teorías conspirativas, en la práctica, se han vuelto un arma que mata a gente real. Eso ya es bastante aterrador, pero lo más inquietante es que Putin, quien libra una guerra descarnada, parece creerlas.

© 2022 The New York Times Company

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