Opinión: Todos somos socialistas en una pandemia

Farhad Manjoo

Todo lo que se necesitó fue una epidemia mundial de una escala y gravedad potencialmente sin precedentes y, de repente, es como si nos estuviéramos convirtiendo en Dinamarca.

En los últimos días, un desfile de compañías estadounidenses que durante mucho tiempo se resistieron a proporcionarles los beneficios humanos y necesarios a sus trabajadores cambiaron de opinión abruptamente y anunciaron planes para pagar y proteger incluso a sus empleados de más bajo nivel que fueran perjudicados por los estragos del coronavirus.

Uber y Lyft, que actualmente luchan contra los esfuerzos del estado para obligarlos a pagar beneficios a los conductores y otros trabajadores “temporales”, anunciaron que, en realidad, una forma de licencia por enfermedad remunerada no era una mala idea después de todo. Los conductores que contraen el nuevo virus o que están en cuarentena recibirán un pago de hasta dos semanas, dijo Uber. Lyft ofreció una propuesta similar de compensación.

La empresa Trader Joe’s también dijo que cubrirá el tiempo libre que sus trabajadores necesiten por el virus. Varios gigantes tecnológicos dijeron que continuarán pagándole a los empleados que ganan por hora aunque no puedan trabajar durante el brote, y Amazon declaró que no suspenderá los salarios de los trabajadores del almacén por los turnos perdidos.

Y después de que el periodista Judd Legum señaló su larga historia de lucha contra las políticas de licencia por enfermedad, Darden Restaurants, que dirige varias cadenas de restaurantes, incluido Olive Garden, dijo que sus 170.000 trabajadores por hora ahora recibirán licencias remuneradas por enfermedad.

No solo se trata de la baja por enfermedad. Durante la noche, los lugares de trabajo en todo el país se transformaron en paraísos escandinavos de flexibilidad. ¿No puedes llegar a la oficina porque tu hijo tiene que quedarse inesperadamente en casa y no va a la escuela? La semana pasada, apestabas. Esta semana te dicen: ¿Por qué preguntas eso? ¡Vete a casa y quédate con tu hijo!

Entonces los políticos empezaron a meterse. El gobierno de Trump, que la última vez proponía recortar un aumento salarial para los trabajadores federales y respaldaba una política de licencia familiar que en realidad no paga la licencia familiar, ahora está cantando las alabanzas del pago universal por enfermedad. “Cuando le decimos a la gente, ‘Si estás enfermo, quédate en casa’, el presidente le ha encomendado al equipo el desarrollo de políticas económicas que dejarán muy, muy claro, que vamos a apoyar a los trabajadores estadounidenses”, dijo el vicepresidente Mike Pence el lunes, mostrando un tipo de retórica que no estaría fuera de lugar en las páginas de Jacobin, una revista de izquierda.

¿Y no fue gracioso ver cómo todos, y hasta su médico, de repente estaban alabando los beneficios de la atención médica financiada por el gobierno? Cuando el gobierno de Trump le dijo al Congreso que consideraba reembolsar a los hospitales por el tratamiento de estadounidenses sin seguro que contrajeran COVID-19, los republicanos que desde hace mucho tiempo se habían opuesto a este tipo de “medicina socializada” ahora admitían que, por supuesto, no lo decían tan absolutamente en serio.

“Puedes verlo como una medicina socializada”, le dijo el representante Ted Yoho, republicano de Florida, al HuffPost. “Pero ante un brote, una pandemia, ¿cuáles son tus opciones?”.

Como dije, es casi divertido: todos somos socialistas en una pandemia. Pero la risa se queda atorada en mi garganta, porque la única broma aquí es la enferma sociedad estadounidense que todos los días juega con los trabajadores.

La verdad es que no estamos cerca de convertirnos en Dinamarca. Muchas de las políticas de protección de los trabajadores recientemente anunciadas, como la licencia por enfermedad y la flexibilidad, son limitadas, y solo se aplican a los efectos de este coronavirus (la excepción es el nuevo plan de licencia por enfermedad implementado por Darden, pues la compañía dice que es permanente).

El plan de ayuda propuesto por la administración bien podría ser vaporware. Y el interés de los republicanos en la atención médica universal es efímero. Podría llamarse “Medicare para todos, pero solo para esta enfermedad”.

Pero hay una tragedia aún más profunda en juego, más allá de la escasez de los nuevos beneficios. La verdadera vergüenza es que fue necesaria una posible pandemia para que los líderes se dieran cuenta de que la salud de la fuerza laboral estadounidense es importante para la fortaleza de la nación.

Mientras el coronavirus se esparce por todo el planeta, he estado pensando en esa enfermedad como una prueba de estrés muy costosa para el orden mundial: un shock agudo y repentino que está presionando a las sociedades en sus puntos más débiles. Algunas naciones, como Irán y quizás Italia, se tambalean bajo la amenaza; otros, como Corea del Sur, muestran una notable capacidad de recuperación. Los mejores verán la crisis como una oportunidad para construir una sociedad más robusta y mejor preparada para un peligro futuro. Los peores la tratarán como una molestia temporal, negándose a considerar soluciones más profundas aunque, de alguna manera, salgan tambaleando de esta crisis.

Todavía no está claro cuán bien responderá el sistema estadounidense, pero las primeras señales están lejos de ser alentadoras. Lo que estamos aprendiendo es que nuestra sociedad podría ser mucho más frágil de lo que alguna vez habíamos imaginado. El virus ha revelado nuestra mayor vulnerabilidad: tenemos la economía más grande del mundo y el ejército más fuerte del mundo, pero resulta que podríamos haber construido todo ese edificio sobre capas y capas de riesgo no contabilizado, porque olvidamos asignarle un valor a la verdadera medida del éxito de una nación: el bienestar de su población.

Gran parte del peligro que ahora enfrentamos surge de la afectada red de seguridad social de Estados Unidos: el costo mordaz y la absoluta falta de atención médica y cuidado para niños y ancianos, la guerra corporativa contra las ausencias laborales pagadas y el problema de las personas sin hogar y con hambre. A medida que el virus se afianza en nuestras costas, solo hasta ahora muchos estadounidenses se están dando cuenta de la manera en que se conectan estos defectos en la red de seguridad. Si las empresas no les pagan a los trabajadores cuando están enfermos, los empleados tendrán un incentivo para trabajar mientras sufren de alguna enfermedad, lo que pone en peligro a todos. Si no cubre las facturas médicas de las personas, es posible que no busquen ayuda médica y también pongan en riesgo a todos.

Quizá exista un lado positivo: ¿Qué pasa si el virus obliga a los estadounidenses y a sus representantes electos a que reconozcan la fuerza de un espíritu colectivista? El coronavirus, de hecho, ofrece algo así como una vista previa de muchas de las amenazas que podríamos enfrentar por los peores efectos del cambio climático. Como el virus es fríamente indiscriminador y casi ineludible, nos deja a todos, ricos y pobres, en el mismo bote: la única manera en que cualquiera de nosotros está verdaderamente protegido es si los más vulnerables están protegidos.

Entonces, ¿qué pasaría si usáramos esta enfermedad como una excusa para proteger realmente, y permanentemente, a los más vulnerables?

Me gustaría imaginar ese futuro brillante. Pero confieso que no soy optimista. Hace más de una década, Estados Unidos tropezó con la Gran Recesión sin imponer muchas soluciones importantes a los excesos de nuestro sistema financiero. Los titanes de Wall Street fueron protegidos y los trabajadores se quedaron con las migajas.

El coronavirus podría enseñarnos a valorar una red de seguridad sólida, pero existe una buena posibilidad de que olvidemos la lección, porque esto es Estados Unidos y olvidar a los trabajadores es lo que nos caracteriza.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company