Opinión: No somos racistas. Es solo que no nos gustan los pobres

David Jiménez
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LA CRISIS DE MIGRANTES EN LAS ISLAS CANARIAS HA DESNUDADO LA HIPOCRESÍA DE ESPAÑA ANTE LA INMIGRACIÓN Y DESATADO UN PULSO ENTRE XENOFOBIA Y SOLIDARIDAD QUE DEFINIRÁ EL PAÍS QUE SEREMOS POR DÉCADAS.

GRAN CANARIA — La habitación 230 del hotel Waikiki, en las Islas Canarias, solía estar ocupada por turistas. Desde noviembre, sin embargo, ha sido el refugio temporal de Ousmane Ndao, uno de los miles de migrantes alojados en resorts de la Playa del Inglés. “Llegar o morir” fue la frase que se repetían este senegalés de 32 años y otros sesenta compatriotas durante los seis días de odisea que vivieron en el Atlántico hasta llegar a España. Una vez en tierra, vecinos de la zona los recibieron con manifestaciones pidiendo su expulsión. “Algunos nos ayudan; otros cambian de acera cuando nos ven”, dice Ndao.

Canarias, la región más pobre y aislada de España, vive un pulso entre la solidaridad y la xenofobia que definirá la sociedad que seremos en las próximas décadas. Pocas veces un lugar ha servido mejor de laboratorio de las contradicciones, hipocresías e intereses detrás del debate migratorio. O de las dificultades que esperan a la España que debería emerger de la crisis. Esto es, la que no cambia de acera.

El gobierno español cubrió los 45 euros diarios de la estancia de Ndao y alrededor de otros 6000 migrantes en hoteles del sur de Gran Canaria, una solución que parecía razonable. Con los turistas extranjeros confinados en sus países, y las autoridades locales desbordadas, el programa de acogida ofrecía ingresos a los hoteleros y solventaba una crisis humanitaria. Pero la escena de senegaleses y marroquíes hospedados en resorts fue demasiado irresistible para la extrema derecha, que la presentó como la prueba de que los migrantes vienen a pegarse la gran vida y se aprovechan de ayudas que deberían ir solo a los españoles.

Los migrantes irregulares no reciben más ayuda que la humanitaria ni su llegada influye en la que corresponde a los españoles. Todos los estudios económicos, en España y el extranjero, sostienen que el país necesitará a miles de futuros trabajadores como Ndao si quiere mantener su nivel económico y seguridad social: el sistema está seriamente amenazado por una población envejecida y uno de los índices de natalidad más bajos del mundo. Los intentos de distorsionar esa realidad, y criminalizar a los extranjeros, buscan despertar nuestros sentimientos más bajos. Si no son tan pobres, o vienen con el objetivo de delinquir, como reiteró ayer la ultraderecha en el parlamento, ¿acaso no es más fácil rechazarlos y despreciarlos sin sentirnos culpables?

Políticos de extrema derecha no tardaron en descender sobre esta región que en los años sesenta inició uno de los grandes booms turísticos de España, adoptando un modelo de oferta masiva que ha sido duramente golpeado por la pandemia. La crisis se utiliza para explotar una segunda falacia según la cual la inmigración pone en riesgo los empleos y “destroza la imagen de Canarias”, una teoría abrazada oportunistamente por algunos políticos locales para evitar preguntas incómodas: ¿cómo es posible que el paraíso canario, que en 2019 atrajo 13 millones de turistas, siga siendo una de las regiones menos desarrolladas de Europa? ¿Es realmente la inmigración la causa de este atraso? ¿O, más bien, la corrupción, el caciquismo y la ausencia de visión política?

Las islas, situadas junto a la costa atlántica de África, lideran los peores datos nacionales en desigualdad, pobreza severa o desempleo —el paro juvenil supera el 60 por ciento—, problemas muy anteriores a la crisis migratoria. La pandemia ha agravado la situación y ha ofrecido al populismo la combinación perfecta de una población frustrada y otra, en el lado africano, desesperada. Enfrentarlas podría tener un premio electoral para la extrema derecha, que hasta ahora no ha logrado representación en el parlamento autonómico.

Es difícil gestionar los desafíos migratorios sin abandonar antes la hipocresía que envuelve el debate. Lo que define la altura de los muros que levantamos ante quienes vienen de fuera no es la raza ni el origen sino el dinero. Los príncipes árabes que gastan en Marbella como si no hubiera mañana son bienvenidos; nadie va a exigir a los más de 350.000 británicos que viven en España que se marchen tras el brexit; y quienes se oponen a alojar a inmigrantes en hoteles vacíos no parecen ver un problema en que se conceda la residencia a los extranjeros que “adquieran inmuebles por valor igual o superiores a 500.000 euros”.

No somos racistas, se podría argumentar. Es solo que no nos gustan los pobres.

Partidos políticos y ciudadanos están en su derecho de defender una política migratoria más restrictiva, pero es inaceptable que lo hagan estigmatizando a quienes escapan de la guerra o la pobreza, falseando su realidad o enfrentándola a la que vive la población local. Vox es el partido de extrema derecha que con más oportunismo está aprovechando la crisis. Si sus líderes estuvieran realmente interesados en entender el problema migratorio viajarían a Senegal. Pero se conformaron con Canarias y, en su tour por las islas, ni siquiera tuvieron tiempo de acercarse al Waikiki a preguntar a sus protagonistas. Esa ignorancia conveniente está detrás de su adopción de los clichés populistas de Matteo Salvini, el líder del partido de extrema derecha Liga Norte en Italia, o Donald Trump en Estados Unidos. Sus soluciones ya han mostrado su ineficacia: muros cada vez más altos, expulsiones que no desincentivan las llegadas o revocación de ayudas.

La xenofobia todavía minoritaria en Canarias ha sido alimentada por una campaña de desinformación que en sus versiones más zafias comparte imágenes falsas de migrantes en coches descapotables y en las más suaves destaca su aspecto saludable, cuando al parecer debían llegar a nuestra costa con las costillas marcadas por el hambre. “Jóvenes en edad militar con una forma física muy superior a las de muchos de nosotros”, es como los describió el presidente de Vox, Santiago Abascal.

Tampoco Ousmane Ndao encaja en el estereotipo del inmigrante para quienes, al ver uno, cambian de acera. Este conductor de Dakar aprendió español trabajando en Guinea Ecuatorial. En el muelle de Arguineguín, al sur de Gran Canaria, permanecen amarradas embarcaciones como la que le trajo a España. Nadie cruzaría un pantano de aguas tranquilas en una de ellas y menos aún se lanzaría a una travesía de varios días en mar abierto para pasar unas vacaciones en el Waikiki. Ndao resume el motivo que le llevó a arriesgarlo todo con una frase: “En mi país los pobres siempre serán pobres”.

Pocos pueblos deberían sentir mayor empatía por quienes se niegan a resignarse a una vida sin futuro que el español. La guerra y la pobreza nos convirtieron en emigrantes durante gran parte del siglo XX y más de 700.000 jóvenes se marcharon en la Gran Recesión que siguió al crash económico de 2008. La esperanza que muchos de ellos tenían de regresar se ha desvanecido con una nueva crisis provocada por la pandemia. La verdadera diferencia es que, cuando nosotros emigramos, lo hacemos con privilegios que incluyen no tener que jugarnos la vida para cruzar una frontera.

Solo en la última semana de octubre casi medio millar de personas se ahogaron en la ruta a Canarias, utilizada con más frecuencia ante el cierre de vías alternativas. Los gritos de un grupo de náufragos alertaron la noche del 25 de noviembre a los vecinos de Órzola, una aldea de la isla canaria de Lanzarote. Alumbrados por la luz de sus teléfonos móviles, se lanzaron al agua en un intento de salvar a los supervivientes. Ignacio Fontes, un joven pescador, relató su impotencia al no poder atender a tiempo las llamadas de auxilio de un niño mientras sacaba a otra persona del mar. “Cuando volví, el llanto del niño no se oía más”, declaró a El País. Ocho migrantes murieron ese día.

Mientras una minoría de la población canaria acosaba y señalaba a los migrantes, otros se arrojaban al mar para salvarlos, les traían alimentos y los confortaban en sus comunidades. El contraste entre xenofobia y solidaridad quedó reflejado en un reportero local que, al ver a sus vecinos increpar a los recién llegados, rompió a llorar durante su narración en la radio. Más allá de lo que cada uno pensemos sobre la política migratoria, si debe ser más laxa o endurecerse, deberíamos estar de acuerdo en la obligación humanitaria de ayudar a quienes alcanzan nuestras costas.

Ousmane Ndao fue trasladado a Barcelona el 6 de diciembre, días después de nuestra primera conversación en la Playa del Inglés. En Cataluña le esperaba una hermana que emigró diez años antes, con la que vive a la espera de encontrar empleo. “Marcho a trabajar como peón al campo. Después espero lograr los papeles para quedarme”, me dijo este miércoles. Casi a la misma hora, el líder de la extrema derecha, Santiago Abascal, negaba en el parlamento la aportación de los migrantes sin dar un solo dato que contradijera los estudios económicos. Aunque solo sea por egoísmo, todos deberíamos empujar porque Ndao tenga éxito y demuestre que en España los pobres sí tienen una oportunidad para dejar de serlo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company