Opinión: Los soberanos de Tailandia y los cielos

Edoardo Siani
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LOS MANIFESTANTES CUESTIONAN LA LEGITIMIDAD DE LA MONARQUÍA Y READAPTAN SUS SÍMBOLOS CELESTIALES.

El pasado jueves, un manifestante trans que usaba la vestimenta tradicional de una reina desfiló por una alfombra roja en una calle de la zona central de Bangkok. Otro manifestante vestido como paje de la corte —que llevaba zapatos deportivos— la seguía, sosteniendo una sombrilla roja en lo alto al estilo de la realeza. Una multitud se encontraba sentada en el suelo, postrada, con la mirada hacia abajo, como se requiere ante la presencia de un miembro de la familia real.

Durante siglos, los reyes y las reinas de Tailandia han caminado bajo sombrillas que cuentan con códigos astrológicos de colores. Todos los planetas están asociados con un color y un día de la semana, y los miembros tailandeses de la realeza tienen sombrillas del color que representa el día en que nacieron.

Su simbolismo es solo uno de los medios a través de los cuales la monarquía presenta su legitimidad como celestial y su mandato como algo divino. El Estado promueve varias historias y narrativas que celebran a los monarcas tailandeses como semidioses o los próximos budas.

Pero ahora todo ese simbolismo está siendo readaptado por el pueblo. Durante varios meses, los manifestantes han realizado marchas y mítines para pedir una nueva Constitución; para que renuncie el primer ministro Prayuth Chan-ocha, el general retirado que tomó el poder mediante un golpe de Estado en 2014; y, de manera más radical, para que la monarquía se someta “de verdad” a la ley, como dicen los manifestantes.

El rey Maha Vajiralongkorn Bodindradebayavarangkun, que ascendió al trono a finales de 2016, inauguró su reinado con la petición a la junta de que enmendara su nueva Constitución, en parte para que pudiera gobernar desde Alemania. En 2018, reclamó el control directo sobre los activos de la Oficina de Propiedad de la Corona, es decir, la fortuna real de la familia, que entonces tenía un valor de 40.000 millones de dólares. Les ha devuelto un estatus especial a las concubinas reales, un rasgo definitorio de los reyes absolutistas del pasado.

Las protestas pueden ser irónicas, pero también son serias y atrevidas a niveles peligrosos, dada la severidad de los castigos por hacer cualquier crítica a la monarquía. También son cosmopolitas y exquisitamente tailandesas. Los símbolos que toman prestados de las manifestaciones a favor de la democracia de Hong Kong en 2015 y el año pasado —paraguas, camisetas negras, linternas en la noche— han adquirido un significado radical y muy singular.

La luz, que se asocia con el despertar de Buda, ha sido durante mucho tiempo un símbolo de la monarquía en Tailandia. En las imágenes oficiales, brillan auras alrededor de los reyes, no solo en las pinturas sino también en las fotografías. El programa diario de televisión dedicado a las noticias relacionadas con la realeza inicia con una serie de estallidos y destellos de luz.

En la actualidad, casi todas las noches, miles de manifestantes sostienen sus teléfonos móviles en alto para emitir luz. La familia real tailandesa puede afirmar que la legitimidad política viene de los cielos, pero ahora también los manifestantes lo hacen.

Sus camisetas negras también son un desafío a la monarquía. Un activista con el que hablé la semana pasada dijo que evocan un eclipse solar, un fenómeno que tradicionalmente se considera de mal augurio para los reyes.

Y luego está la placa.

Una noche de abril de 2017, una pequeña placa redonda de latón que conmemoraba el fin de la monarquía absoluta en 1932 desapareció del pavimento de la Plaza Real. Apareció otra en su lugar que exhortaba a los ciudadanos a alabar a los monarcas. Encontré gotas de cera roja en el sitio, evidencia de que las velas rojas —un sustituto moderno de la sangre de sacrificio de antaño— habían sido usadas en un ritual religioso.

Los periodistas que trataban de investigar lo que había sucedido fueron intimidados por los oficiales de policía; hablar del cambio de placa se convirtió, de manera inmediata, en un tema tabú.

La placa de 1932 había sido una respuesta directa a otro indicador de poder: el primer gobierno constitucional de Tailandia la había instalado como contrapunto al tronco de madera de casia javanesa que el primer rey de la dinastía Chakri había ordenado exhibir para anunciar el advenimiento de una nueva era.

El tronco sagrado fue implantado en los terrenos reales el 21 de abril de 1782, exactamente a las 6:54 a. m. En ese momento, el Sol estaba en Aries y Marte, en Tauro. La primera alineación era un augurio de reyes poderosos y una dinastía duradera; la segunda, de un ejército audaz e influyente.

Algunos astrólogos ven la placa de 1932 como una amenaza al orden de las cosas tal como habían sido. Me han dicho que la alineación celestial en el momento de su instalación favoreció la soberanía popular sobre la monarquía.

Y cuando esa placa fue remplazada en 2017, algunos murmuraron que el movimiento señalaba otra corrección, un regreso a los tiempos preconstitucionales y absolutistas. El rey Maha es el décimo monarca de la dinastía Chakri.

Los manifestantes de la actualidad conocen muy bien este lenguaje de poder y cómo tomar prestado su simbolismo.

El nueve es un número auspicioso en gran parte del sudeste asiático, que representa a los nueve planetas y a las deidades planetarias en la cosmología tradicional hindú-budista. Un día a finales de septiembre —el noveno mes— nueve líderes de la manifestación se arrodillaron en los terrenos del desfile real fuera del Gran Palacio de Bangkok. Mientras uno, con la túnica blanca de un astrólogo de la corte, cantaba oraciones, los otros colocaban otra placa en un bloque de cemento fresco en el suelo.

La placa, también redonda y hecha de latón, tenía el saludo de tres dedos de las películas de “Los juegos del hambre” y un texto que decía: “Este país pertenece al pueblo. No es propiedad del rey, como nos han dicho de manera engañosa”.

La placa desapareció esa noche. Sin embargo, aparecieron muchísimas réplicas poco después, más allá del alcance del Estado, por medio de memes y calcomanías, imanes, tatuajes, camisetas y parrillas de carbón.

Durante siglos, la propaganda oficial ha presentado el mandato de los reyes de Tailandia como divino. Ahora los manifestantes se apropian de ese simbolismo para coronarse como los legítimos soberanos del país.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company