Empresas tecnológicas se están mudando de Silicon Valley ¿será su fin?

Margaret O'Mara
·8  min de lectura
Mountain View, California, USA - March 28, 2018: Google sign at Google's headquarters in Silicon Valley. Google is an American technology company.
Otras ciudades de EEUU como Dallas y Miami están empezando a cautivar a las grandes empresas de Silicon Valley. (Foto: Getty Images).

EL OBITUARIO DE LA INDUSTRIA TECNOLÓGICA EN CALIFORNIA YA SE HA ESCRITO ANTES, Y SE REESCRIBIRÁ UNA Y OTRA VEZ.

¿Texas es el nuevo Silicon Valley? Este mes Oracle dijo que llevaría sus oficinas principales a Austin tras estar más de 40 años en California. Hewlett Packard Enterprise, descendiente de la empresa emergente del garaje original en el Valle, se va a Houston. Elon Musk también se mudó a Texas y ha dado señales de que Tesla, la compañía de autos que cofundó y dirige, también podría reubicarse.

¿O acaso Miami podría ser el próximo Silicon Valley? Eso es lo que Keith Rabois, un destacado inversionista del área de la bahía, ha venido proclamando desde su reciente mudanza a este sitio desde San Francisco. En contraste con el desdén por la industria de la tecnología que se está dando en San Francisco —cuyo Consejo de Supervisores hace poco aprobó una resolución que condenaba el cambio de nombre del hospital general de la ciudad por el del director ejecutivo de Facebook, Mark Zuckerberg—, el alcalde de Miami Francis Suarez no para de publicar en su Twitter mensajes para atraer a los emprendedores y los inversionistas tecnológicos a fin de que se muden a su ciudad.

La noticia llega al final de un año de grandes afectaciones en la geografía de la industria tecnológica. Con los grandes campus de las empresas vacíos, los ricos de Silicon Valley se trasladaron a sus refugios en montañas e islas y los trabajadores de industria tecnológica cambiaron sus apartamentos caros de San Francisco por propiedades más espaciosas y baratas por todo el país.

Puede que muchos no vuelvan. Google, cuya cultura de prestaciones al por mayor marcó la tendencia que otras empresas siguieron, está considerando una “semana laboral flexible” que logre lo que muchos empleados de tecnología han codiciado desde hace mucho tiempo: tres días en la oficina y dos para trabajar desde casa.

El control que tiene Silicon Valley sobre la manera en que las empresas emergentes encuentran inversionistas también se acabó en la era de la COVID-19. Durante mucho tiempo, los inversionistas de riesgo en la región creyeron en la “regla de los 20 minutos”: cualquier empresa a la que respaldaran necesitaba estar a corta distancia en auto de sus oficinas. Esa máxima parece obsoleta ahora que los inversionistas han pasado diez meses haciendo acuerdos iniciales a través de Zoom.

Después de pasar un verano en una atmósfera asfixiante por el humo de los incendios forestales y con una nueva legislación en San Francisco que impone más impuestos a las ganancias de las corporaciones, los capitalistas de riesgo se quejan ahora de que California se ha vuelto poco hospitalaria tanto con las personas como con las empresas.

El obituario de Silicon Valley ya se había escrito de manera prematura antes; los ciclos de auge y caída han definido la economía de la región desde hace décadas. A principios de los años setenta, los recortes al gasto militar ocasionaron innumerables despidos en las principales empresas californianas y el financiamiento del capital de riesgo se acabó. Mientras que la industria de semiconductores del estado luchó por competir con las empresas electrónicas japonesas a principios de los años ochenta, esa época también vio la llegada del mercado de las computadoras personales y el surgimiento de superestrellas tecnológicas orientadas al consumidor como Apple y Atari.

El panorama se nubló a principios de los años noventa, cuando terminó la Guerra Fría, el mercado de las computadoras de escritorio se estancó y Estados Unidos cayó en una espiral de recesión. Entonces, la comercialización del internet desató en el valle un auge más grande que cualquiera de los anteriores y convirtió a compañías como Netscape, eBay y Yahoo en nombres conocidos. En 2001, la quiebra de las puntocom convirtió al valle en un paisaje desolado de cubículos vacíos y eventos para ayudar a los empleados a vincularse.

Las quejas sobre el costo de vida en el área de la bahía también han sido continuas. Los precios de vivienda impulsaron a algunas empresas tecnológicas a trasladarse a ciudades más pequeñas, entre ellas Austin, a principios de los años ochenta (“Silicon Valley en California pierde ante el Cinturón del Sol”, escribió The Washington Post en 1982). Los líderes empresariales se han quejado de los impuestos elevados de California, y amenazan con irse, desde hace mucho más tiempo.

La clave de Silicon Valley para mantenerse en el tope

Silicon Valley siempre regresa, cada vez con mayor impulso. Uno de los secretos de su resiliencia: el dinero. La riqueza generada por cada época de bonanza —que principalmente ha ido a parar a manos de inversionistas de riesgo y fundadores con suerte— duraba más que cada caída. Ninguna otra región de tecnología ha generado tanta riqueza y pericia específica de la industria, razón por la cual tiene tal resiliencia.

Ese sigue siendo el caso hoy en día. En el área de la bahía se han inyectado más de 220.000 millones de dólares en inversiones de capital de riesgo desde 2015 y las monstruosas ofertas públicas han hecho que los auges anteriores palidezcan en comparación. Netscape, la compañía de navegadores que inició la burbuja de las puntocom, terminó su primer día de operaciones en Wall Street con una valoración equivalente a unos 3700 millones en dólares de hoy. En contraste, Airbnb llegó a los 100.000 millones de dólares en su primer día de cotización en la bolsa este mes.

No obstante, la pandemia ha alterado patrones familiares. El cambio al trabajo a distancia les ofreció una salida de emergencia a los trabajadores de la zona metropolitana de San Francisco y a las compañías que buscaban desesperadamente lugares más baratos y fáciles para vivir, puesto que se sumaron al 16 por ciento de los empleados de la industria de la información estadounidense que ya trabajaban a distancia.

La industria tecnológica también se estaba mudando. Algunas de las empresas emergentes más exitosas de la última década ya no se fundaron en Silicon Valley. Un número cada vez mayor tiene su sede fuera del país.

Lo que nos lleva de vuelta a Austin y Miami. La falta de impuestos estatales sobre la renta en ambos lugares es un señuelo para los ricos del sector tecnológico, pero no solo se trata de impuestos.

Texas ha sido un estado de alta tecnología desde hace más de medio siglo, ahí se encuentra el Control de Misiones de la NASA, algunas de las principales compañías de electrónica y de computación y los centros de investigación. Tal como la Universidad de Stanford y la Universidad de California en Berkeley lo hicieron en Silicon Valley, la Universidad de Texas ha pasado décadas invirtiendo en programas de ciencia e ingeniería en Austin. Esa ciudad, sede de Dell Computer y decenas de otras empresas, es una historia de éxito de la noche a la mañana, que requirió más de cincuenta años en hacerse realidad.

Miami no tiene una larga historia como centro tecnológico. No obstante, ya es la sede de las oficinas centrales latinoamericanas de las principales compañías tecnológicas y ha atraído a empresarios nacidos en el extranjero que buscan construir una base de clientes globales. Esto subraya otro punto fundamental: la mayor amenaza al dominio de Silicon Valley no viene del interior de Estados Unidos, sino del resto del mundo. El año de la pandemia aceleró tendencias que ya estaban en marcha: la globalización de las inversiones en tecnología; el poder de mercado de las superestrellas chinas como Alibaba, Huawei y ByteDance, así como el florecimiento de empresas tecnológicas emergentes en todos los continentes.

Estas tendencias revelan una importante lección para aquellos a quienes les preocupa dónde y cómo crece la tecnología. Los magnates de la tecnología quizá se quejen de que el gobierno los asfixia, pero, para empezar, Silicon Valley floreció en gran parte gracias a las enormes inversiones del gobierno en educación superior e investigación, así como a las políticas migratorias que animaron a la gente a venir a Estados Unidos a estudiar, trabajar, criar familias y construir vidas a modo.

Estados Unidos ya no invierte como antes y las restricciones a la inmigración han ocasionado la disminución de reclutamiento de talento extranjero, una cuestión que será difícil de resolver a pesar de los cambios de gobierno. En consecuencia, las empresas con sede en Estados Unidos tienen que esperar que los sistemas escolares estadounidenses produzcan el próximo Jack Ma o estar dispuestas a permitir que los talentos prometedores trabajen desde donde quieran vivir.

Después de todo, las personas especializadas y emprendedoras no necesitan estar en Silicon Valley para tener éxito en el sector tecnológico. Ni siquiera necesitan venir a Estados Unidos. Este es el mayor reto de la región, no la migración de unas cuantas empresas a Texas.

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This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company