Opinión: Cómo salvar una película de clérigos que no la vieron

Mohammed Hanif
·9  min de lectura

ESTA ES LA HISTORIA DE UNA ALIANZA PROFANA, AL ESTILO DE PAKISTÁN.

En 2019, más de 80 jóvenes artistas paquistaníes se unieron para trabajar en una película independiente de bajo presupuesto sobre un hombre y su hija, “Zindagi Tamasha”. Desde entonces, se ha autorizado el estreno de la película en Pakistán en varias ocasiones, fue seleccionada para que representara al país en los Premios Oscar del año 2020 en la categoría de película en idioma extranjero y ha ganado premios en festivales internacionales. Sin embargo, todavía no puede proyectarse en Pakistán, no es debido a la pandemia, sino porque ofende a algunas personas que ni siquiera la han visto.

Una noche a finales de enero pasado, el cineasta paquistaní Sarmad Khoosat, amigo mío, apareció en un escenario de la biblioteca del Consejo Británico en Karachi para presentar “Zindagi Tamasha”. Durante la charla, recibió una notificación de Twitter en la que se acusaba a su película de faltarle el respeto al islam y al profeta Mahoma (que la paz sea con él).

En breve, las cuentas en las redes sociales de Sarmad se llenaron de amenazas de muerte. Pasó el resto del año tratando de salvar su vida y la película que hizo con amor y su propio dinero.

“Zindagi Tamasha” (El circo de la vida) no tenía nada que se asemejara a un insulto al profeta. En ella, solo se hace referencia al profeta en “los naats”, una poesía escrita en específico para alabar al profeta y evocar amor hacia su persona. Sin embargo, poco después de su estreno, la propia vida de Sarmad se convirtió en un circo atemorizante.

Nueve años antes, dirigió una serie de televisión muy exitosa llamada “Humsafar” (Compañero de vida), que le dio renombre. Luego, hizo una película biográfica de uno de los escritores en urdu más famosos, Saadat Hasan Manto. Tal vez fue la única vez en la historia cinematográfica paquistaní que una película sobre la vida y muerte de un escritor se proyectó con las salas de cine abarrotadas.

Manto” contaba con el respaldo de la principal red de medios de Pakistán, pero en el caso de “Zindagi Tamasha”, Sarmad decidió tomar la vía independiente. A fin de asegurarse de que tendría control creativo absoluto, vendió una de las dos propiedades que había comprado como su red de seguridad en vida. Evitó a las estrellas más taquilleras, muchas de las cuales habían hecho cameos en “Manto” por un precio simbólico solo para participar en una película de Sarmad.

Un video de tomas de “Zindagi Tamasha” se difundió en YouTube como avance, musicalizado por un tema compuesto e interpretado por una banda joven llamada Saakin. La banda reinterpretó uno de los “naat” más icónicos en la historia de los “naats”:

El anhelo por el amado profeta es especialmente fuerte hoy en día

¿Por qué mi corazón está más triste que nunca?

Gloria a Alá

No hay nadie más bello que tú.

¿Acaso esas palabras suenan como las de alguien que blasfema o que ama al profeta?

La película aborda el conflicto entre un padre y su hija, pero se escenificó y filmó en Lahore durante las celebraciones por el nacimiento del profeta Mahoma. Hay luces, luces por todas partes. La gente pinta murales y trata de recrear La Meca y Medina en sus calles estrechas con pequeñas colinas arenosas; se visten con atuendos árabes y dan paseos en camello. Los niños sacan sus juguetes para decorar estos paisajes de la península árabe, que salpican Tierra Santa soñada con dinosauros de plástico y carritos de juguete.

El pueblo de Lahore organizó un aniversario ruidoso para su profeta y Sarmad capturó su ciudad natal con embeleso.

Tres consejos de censura le dieron el visto bueno a la película para su estreno en los cines de diversas regiones.

La guionista, Nirmal Bano, me dijo en septiembre: “Sentí una dicha indescriptible al escribir a un personaje masculino que hacía todos los quehaceres del hogar sin pintarlo como una especie de héroe”. Se trata de un hombre cariñoso que se encarga de su casa y que lucha por conservarla, según Sarmad, es un musulmán lo suficientemente bueno, que enfrenta la ira de su comunidad después de que un video en el que se le ve bailando se hace viral. Esto, a pesar de que los videos de de barbudos hombres mayores que bailan en bodas son casi un subgénero en el YouTube paquistaní.

Aquí aparece Khadim Hussain Rizvi, un clérigo de la vida real, que se autoproclamó como el guardián del honor del profeta.

Si un personaje como Rizvi apareciera en un largometraje, tal vez se pensaría que es exagerado. Rizvi, quien murió en noviembre, aparecía en mítines en una silla de ruedas ataviado con inmaculadas túnicas blancas almidonadas y un turbante negro. Era temerario y gracioso, ya que mezclaba en sus sermones poesía y maldiciones con citas de los textos sagrados.

Rizvi también creía ver blasfemias por todas partes, incluida la película de Sarmad.

En Pakistán, una acusación de blasfemia es una cuestión delicada: una persona que acusa a otra de blasfemia no puede decir cuál fue el insulto porque con solo repetirlo también incurriría en una blasfemia. También es algo peligroso.

En 2010, Salman Taseer, gobernador de la provincia de Punjab, se pronunció en defensa de Asia Bibi, una mujer cristiana acusada de insultar al profeta. La visitó en prisión, incluso se tomó una fotografía con ella e hizo un llamado para que se enmendaran las leyes de blasfemia. El guardaespaldas de Taseer, el agente de policía Malik Mumtaz Hussain Qadri, le disparó en enero de 2011, veintisiete veces.

Qadri fue sentenciado a muerte conforme a las leyes terrenales y así nació un culto: un policía cualquiera había asesinado a un gobernador poderoso, no debido a una animadversión personal, sino porque no podía soportar un insulto en contra del profeta. Rizvi fundó el partido religioso Tehreek-e-Labaik Pakistan (TLP) en parte en torno a la causa de que se liberara a Qadri.

Qadri fue ahorcado en 2016, pero el TLP siguió a la caza de blasfemos. Rizvi se fijó en una breve discusión entre dos personajes con barba en el tráiler de “Zindagi Tamasha”, durante la cual uno amenaza con acusar al otro de blasfemia. El clérigo afirmó que era un insulto para los estudiosos islámicos y por ende un insulto al islam. Dijo que la película se estrenaría “sobre mi cadáver”.

Al igual que todas las demás personas que hemos visto la película, estaba seguro de que en “Zindagi Tamasha” no había ninguna blasfemia. También sabía que el liderazgo del TLP habría cometido lo que, en Pakistán, se considera la blasfemia máxima. Y tenía un video para probarlo.

Con el permiso de Sarmad, en enero pasado, me acerqué a una de las agencias de inteligencia de Pakistán, los máximos árbitros de nuestra existencia. No puedo nombrar a la agencia ni a sus funcionarios porque se ofenden con facilidad; de hecho, en los medios urdus suele llamárseles “hassas adaray”, las instituciones susceptibles.

Sabía cómo contactarlos porque me habían contactado a mí por otro asunto un tanto menos delicado, ocurrido apenas una semana antes del ataque a la película de Sarmad. Los agentes de inteligencia habían ingresado a las oficinas de mi editorial paquistaní en Karachi y habían confiscado la traducción al urdu de una de mis novelas. No estaban muy seguros de por qué se les había ordenado hacerlo y dijeron que querían reunirse conmigo para aclarar las cosas. Yo me había negado de manera respetuosa.

Uno se pasa la vida evitando a estos tipos que se ofenden con facilidad y de repente un día los anda buscando.

Nuestra reunión en sus oficinas fue cálida; en ella se sirvió café y cuatro tipos de bocadillos. El coronel con el que nos reunimos quería un resumen de la película; ya tenía un archivo sobre las amenazas de TLP en su contra. El coronel sugirió que tal vez debería haber un “naat” en la película. Dije que había un “naat” hermoso en ella. Luego saqué el video de mi teléfono.

Es un video escalofriante, de fines de 2018, puede escucharse a otro líder del TLP, Pir Mohamad Afzal Qadri (quien no tiene ninguna relación con Mumtaz) exhortando a los generales del Ejército a rebelarse contra sus jefes y principales jueces y matarlos porque se liberó a Bibi y se le permitió salir del país. Haciendo alusión al destino de Taseer, Qadri exhorta a los guardias de alto mando y cocineros a matar a sus jefes.

Huelga decir que el coronel respondió que había visto el video y que, por supuesto, yo debía saber qué le sucedió a esa gente.

Las represalias no se hicieron esperar. Cientos de activistas del TLP fueron detenidos tras el llamamiento al motín y muchos fueron sentenciados a 55 años en prisión . Se obligó a Qadri a leer una disculpa pública y se le forzó a retirarse de la política. Rizvi, a quien se ve en el video casi todo el tiempo sentado y con una mirada de aprobación, fue puesto en libertad tras pagar una fianza. TLP disminuyó de tamaño en cuestión de semanas. “Son una fuerza desgastada”, dijo el coronel. Luego, nos llevó a ver a su brigadier.

Estaba ascendiendo rápido en el mundo.

El brigadier también me trató con amabilidad, pero me hizo una advertencia. Cuando Mumtaz Qadri estaba sentenciado a muerte en Lahore, el brigadier había ido a conocerlo, “para entender su manera de pensar”, dijo. Qadri tenía una suite de tres habitaciones en la cárcel, repleta de canastas de flores, dulces y frutos secos, recordó el brigadier, y Qadri le había dicho que tenía que pedirles a los custodios que se llevaran los regalos porque luego de unas horas llegaban nuevos. “Había gente como ustedes y yo que lo apoyaban”, nos dijo el brigadier.

Prometió que haría que el TLP dejara en paz la película de Sarmad.

Un día antes de que la película estuviera programada para su estreno en las salas de cine, a fines de enero pasado, los tres consejos de censura anularon su aprobación anterior y dijeron que la película tenía que analizarse más. El ministro de Información anunció que se remitiría al Consejo de Ideología Islámica. TLP canceló sus protestas contra la película y llenó las redes sociales de mensajes de victoria.

Mis amigos en la agencia susceptible me habían prometido proteger a la película del TLP. Hicieron justo eso: sin película, no hay protestas.

En julio, un Comité de Derechos Humanos del Senado paquistaní aprobó “Zindagi Tamasha” para su proyección; tampoco encontró nada reprochable en la película. Pero para entonces, los cines estaban cerrados debido a la COVID-19.

Rizvi murió de manera repentina en noviembre después de que, una vez más, había vuelto a sitiar Islamabad, la capital, con protestas. Se dice que su funeral fue uno de los más concurridos en la historia de Lahore. Sarmad y los productores de “Zindagi Tamasha” ni siquiera contemplaron estrenar la película en ese momento.

Seis meses, y más premios, después, aún no es posible proyectar la película para el pueblo paquistaní.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company