Opinión: Sé por qué los insurrectos del 6 de enero no rendirán cuentas

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El jueves pasado, cuando el presidente Joe Biden pronunció su discurso que conmemoraba el violento ataque al Capitolio de los Estados Unidos, estuvo acompañado por dos vicepresidentes. Una era su compañera de fórmula, Kamala Harris, la primera mujer, la primera persona asiático americana y la primera persona negra en ocupar ese cargo, y cuya elección los futuros insurrectos querían bloquear. El segundo fue Alexander Stephens, el exvicepresidente de la Confederación (la última vez que los estadounidenses se opusieron violentamente al gobierno), a quien Georgia eligió para honrar como uno de las dos personas destacadas del estado, como hacen todos. Stephens es quizá mejor conocido por su odioso discurso “Piedra angular”, en el que dijo que los cimientos de la Confederación “están puestos, su piedra angular descansa sobre la gran verdad de que el negro no es igual al hombre blanco; que la subordinación de la esclavitud a la raza superior es su condición natural y normal”.

Stephens era nada menos que un traidor a los Estados Unidos y la Unión lo encarceló luego de que derribaron al viejo Dixie. Pero entonces, Andrew Johnson, el sucesor de Lincoln como presidente, lo perdonó y Georgia lo eligió como gobernador, un cargo en el que se desempeñó hasta su muerte.

Los confederados no merecen más que desprecio y odio. Pero luego del fin de la Reconstrucción, Estados Unidos siguió adelante y dejó libres a los sedicionistas que intentaron destruir la República. Y la veneración a la Confederación, así como a otros racistas, esclavistas y segregacionistas, es la razón por la que las conversaciones sobre cómo la historia juzgará duramente a los insurrectos suenan bastante huecas. A lo largo de la historia, los estadounidenses han elegido la reconciliación en lugar de la restitución, y con mucha frecuencia, eso significa blanquear la historia de una forma que venera a algunas de las peores personas de nuestro pasado.

Uno solo necesita mirar a algunas de las otras personas honradas en el Capitolio.

La insurrección del Capitolio no fue la primera vez que las fuerzas del nacionalismo blanco y la política reaccionaria intentan derrocar un gobierno. En 1898, un grupo de demócratas blancos de Carolina del Norte derrocó con éxito la fusión del gobierno de Wilmington, que había sido posible gracias a una alianza entre los republicanos negros y los populistas blancos. El golpe de estado destruyó las oficinas del periódico negro de la ciudad e instaló con éxito a miembros blancos en el gobierno de Wilmington. Al igual que la maquinaria mediática de derecha que impulsó la Gran Mentira, los periódicos propiedad de blancos difundieron propaganda demócrata mientras Charles Brantley Aycock incitaba a los votantes a la agitación.

En lugar de castigarlo, Aycock fue generosamente recompensado con la gubernatura del estado. Su imagen adorna el Capitolio y por años fue recordado simplemente como el primer “gobernador de la educación” del estado, y su apoyo a la segregación se descartó como un tecnicismo. Cuando era estudiante en la Universidad de Carolina del Norte, un dormitorio incluso se nombró en su honor (fue removido recientemente). La veneración a Aycock después de incitar a un golpe fue un recordatorio poderoso para los yanquis como yo: Carolina del Norte pertenecía a los blancos y debería de permanecer así.

Carolina del Sur no es mucho mejor. Cada vez que estoy del lado del Senado del Capitolio, soy recibido por el retrato de John C. Calhoun, frunciendo el ceño perpetuamente, como si la presencia de latinos, negros y mujeres repugnara a uno de los hombres más detestables que han trabajado en el Senado. No hubo mejor defensor de la esclavitud que Calhoun, quien argumentó que “en el estado actual de la civilización, donde dos razas de diferente origen, y diferenciadas por el color y otras diferencias físicas, así como intelectuales, conviven, la relación que existe ahora en los estados esclavistas entre las dos es, en lugar de un mal, un bien, un bien positivo”. En los largos días entre votaciones, cuento cuántos lugares en el Capitolio albergan su imagen (hasta ahora he encontrado tres).

La lista de personas horrendas que cometieron atrocidades contra sus compatriotas estadounidenses y que son veneradas en los pasillos del poder en Washington es demasiado numerosa para contarla. Está el presidente esclavista Andrew Jackson, cuyo genocidio de los nativos americanos le valió la estatua de Tennessee. Mississippi encontró a Jefferson Davis, presidente de la Confederación, digno de la suya propia. Pero quizá la que más me recuerda las prioridades de Estados Unidos no es una de un supremacista blanco, un esclavista, un miembro del Klan u otro posible asesino; es la de Gerald Ford, el presidente que perdonó a Richard Nixon por sus crímenes en Watergate. La decisión de Michigan de honrar a Ford muestra cómo frecuentemente Estados Unidos valora el “avanzar” de los crímenes de las élites en nombre de la unidad, en vez de hacer responsables a esas élites en busca de una unión más perfecta.

Ford era, en todos los sentidos, un buen hombre, lo que hace lo que hace que su valiosa cortesía al perdonar a alguien que abusó de la presidencia sea aún más indignante. La negativa a responsabilizar a Nixon es exactamente el espíritu que ha permitido a los republicanos dejar escapar a Donald Trump mayormente impune luego de que amenazara las vidas de demócratas y republicanos por igual.

Lo desmoralizante de todo esto es que hay muchas grandes personas de todos estos estados que merecen la veneración. Carolina del Norte dio al mundo a Nina Simone, Dean Smith y John Coltrane. Carolina del Sur produjo a Mary McLeod Bethune; Fritz Hollings se arrepintió de sus pecados por la segregación como gobernador y apoyó los derechos civiles como senador. La otra estatua de Georgia honra ese bien en Estados Unidos: presenta a Martin Luther King. Vale la pena salvarese Estados Unidos.

Pero la decisión de celebrar a otros estadounidenses empaña mi confianza en que habrá verdadera justicia para aquellos que cometieron crímenes, o que siquiera conoceremos el alcance de la conspiración que llevó a ese terrible día del 6 de enero. Más bien, veo a los comentaristas de los medios de derecha como Tucker Carlson hacer que el senador Ted Cruz se humille después de que llamara (con razón) al 6 de enero un “ataque terrorista”. Y sé que se hace para empujar al público a la agitación otra vez.

No planeo dejar el Capitolio pronto. Por un lado, amo mi trabajo, y por otro, veo mi presencia como un dedo medio levantado contra aquellos que buscan hacer que Estados Unidos sea menos libre. Pero tristemente, sospecho que si me quedo allí hasta la vejez, podría ver una estatua de alguno de los mismos insurrectos que saquearon el Capitolio debajo de la Rotonda en 2021.

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