Opinión: Al resto del mundo le preocupa Estados Unidos

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Un reflejo del edificio del Capitolio de Estados Unidos en la piscina reflejante del Capitolio en Washington, el 26 de septiembre de 2019. (Damon Winter/The New York Times)
Un reflejo del edificio del Capitolio de Estados Unidos en la piscina reflejante del Capitolio en Washington, el 26 de septiembre de 2019. (Damon Winter/The New York Times)

Este fin de semana, los cielos estadounidenses arderán con los fuegos artificiales que celebran nuestro legado de libertad y democracia, incluso mientras una legislatura republicana tras otra constriñe el sufragio y los republicanos de todo el país han obstaculizado la extensa Ley para el Pueblo. Será un espectáculo extraño.
Es difícil ver tu propio país con objetividad. Hay demasiados cantos y mitos, demasiadas historias y rituales. Así que, durante la semana pasada, he estado preguntando a especialistas extranjeros en materia de democracia qué piensan de las tensiones en torno al sistema político estadounidense. Estas conversaciones han sido, en su mayoría, sombrías.

“Estoy seguro de que la democracia estadounidense no es lo que los estadounidenses creen que es”, me dijo David Altman, politólogo en Chile. “Hay una disonancia cognitiva entre lo que los ciudadanos estadounidenses creen que son sus instituciones y lo que realmente son”.

“Lo que me preocupa de verdad es lo parecido que resulta lo que está ocurriendo en Estados Unidos a una serie de países del mundo en los que la democracia ha pasado realmente factura y, en muchos casos, ha muerto”, opinó Staffan Lindberg, politólogo sueco que dirige el Instituto Variedades de Democracia. “Hablo de países como Hungría bajo Orbán, Turquía en los primeros días del gobierno de Erdogan, Modi en la India y puedo ir mencionando una lista”.

Tal vez de forma perversa, la lista de Lindberg me animó. Estados Unidos desafía esos ejemplos de una manera consecuente y a menudo ignorada. En la mayoría de los casos de colapso democrático, un partido dominante despliega su poder y popularidad para reforzar su control. Sin embargo, en Estados Unidos hay más posibilidades que eso. Los demócratas tienen una escasa mayoría de gobierno, al menos a nivel nacional, y no están luchando por el statu quo. Incluso la propuesta de consenso del senador Joe Manchin —prohibir la manipulación partidista de los constituyentes, aprobar el registro automático de votantes, garantizar quince días de votación anticipada, revigorizar la Ley de Derecho al Voto y hacer que el día de las elecciones sea festivo, por nombrar solo algunas disposiciones— supondría una sorprendente expansión de la democracia estadounidense, algo mucho mayor, por mucho, que todo lo aprobado desde la década de 1960.

Los expertos liberales como yo a menudo nos enfocamos en el riesgo de retroceso. Y eso es real. El Centro Brennan para la Justicia informa que entre principios de enero y mediados de mayo, al menos catorce estados promulgaron 22 leyes que restringen el acceso al voto, lo que pone a Estados Unidos “en camino de superar con creces su periodo más reciente de supresión significativa de votantes”. Un informe independiente elaborado por tres grupos de defensa del derecho al voto contabilizó 24 leyes promulgadas en catorce estados este año que permitirán a las legislaturas estatales “politizar, criminalizar e interferir en la administración electoral”.

Sin embargo, lo contrario también es cierto: el Centro Brennan descubrió que al menos 28 proyectos de ley que amplían el acceso a los votantes fueron firmados en catorce estados. La historia de esta época no es la regresión, sino la polarización. “Nos estamos convirtiendo en una sociedad de dos niveles en lo que respecta al voto, pues es realmente fácil votar en algunos lugares, concretamente en los sitios más demócratas. Y es realmente difícil o cada vez más difícil hacerlo si vives en un estado republicano”, me dijo Ari Berman, autor de “Give Us the Ballot: The Modern Struggle for Voting Rights in America”, en un episodio reciente de mi pódcast.

Una cosa que los analistas extranjeros ven claramente es que la democracia multiétnica en Estados Unidos es una flor que arraiga en un suelo delgado. A veces presumimos de ser la democracia más antigua del mundo, y eso es cierto en un sentido técnico. No obstante, si se utiliza una definición más moderna de democracia, que incluya el derecho al voto de las mujeres y las minorías como requisito previo; entonces, somos una de las democracias más jóvenes del mundo.

“Para mí, como estudioso de la democracia, es ridículo decir que Estados Unidos es la democracia más antigua del mundo”, dijo Lindberg. “Estados Unidos no se convirtió en una democracia hasta, al menos, después del movimiento a favor de los derechos civiles en la década de 1960. En ese sentido, es una especie de democracia nueva, como Portugal o España”.

Esto es evidente en nuestras instituciones. Una sociedad que valorara la democracia y la participación política no diseñaría el sistema que tenemos. “Un ejemplo es el Colegio Electoral”, comentó Altman. “Desde mi punto de vista, se trata de una institución neolítica. Sorprende a todos los estudiosos de la democracia en el mundo”. O la programación de las elecciones estadounidenses. “¿Por qué se vota en martes?”, me preguntó Altman. “No se da espacio a la gente para votar. Tienes que pedirle a tu jefe que te dé tiempo para ir a votar. Eso es raro”. Luego está el papel que desempeña el dinero. “Se parece mucho más a un régimen plutocrático de democracia”, me dijo.

Desde esta perspectiva, los actuales esfuerzos del Partido Republicano por silenciar a ciertos votantes y politizar la administración electoral no son aberraciones de un pasado brillante de contiendas justas y competitivas. Son regresiones a la tendencia promedio. Y eso hace que sea más probable que tengan éxito.

“Las democracias más jóvenes tienden a ser más débiles”, explicó Lindberg. “Es mucho más común que las democracias jóvenes fracasen que las más antiguas. Si Estados Unidos llegara a ser tan malo que ya no pudiera considerarse una democracia, sería una vuelta a la norma histórica de Estados Unidos: algunos derechos liberales para algunas personas, pero no hasta el punto de ser una verdadera democracia”.

Se trata menos de una lucha sobre la idea de democracia que sobre quién puede participar en ella y cómo se pondera su participación. “No se trata de cómo la gente elige su gobierno”, me dijo Ivan Krastev, un politólogo que preside el Centro de Estrategias Liberales de Bulgaria. “Todo tiene que ver con el tipo de personas que el gobierno quiere elegir: a quién le dará la ciudadanía, a quién le dará el voto, a quién tratará de excluir del voto”.

La teoría de Krastev, basada en la historia europea y estadounidense, es que los Estados democráticos suelen tener dos tipos de mayorías. Una es la mayoría histórica del Estado-nación. En Europa, esas mayorías tienden a ser étnicas. En Estados Unidos, están más ligadas a la raza y la religión. Pero luego está la definición más literal de mayoría democrática: la coalición de votantes que puede unirse para ganar elecciones. A diferencia de la mayoría histórica, la mayoría electoral puede cambiar, y de hecho lo hace, tras algunos años.

Ambas convergen con frecuencia. La mayoría electoral refleja la mayoría histórica. Sin embargo, en Estados Unidos entran cada vez más en conflicto. “Antes parecía que estas mayorías estaban en armonía, pero ahora se trata de hasta qué punto las mayorías electorales pueden cambiar la mayoría permanente”, señaló. Durante las guerras yugoslavas, dijo Krastev, había un famoso dicho. “¿Por qué voy a ser minoría en tu país si tú puedes ser minoría en el mío?”.

A veces, esto es asombrosamente explícito, como cuando Robin Vos, el presidente republicano de la Asamblea de Wisconsin, dijo: “Si quitaras Madison y Milwaukee de la fórmula electoral del estado, tendríamos una clara mayoría”. Para Krastev, sin embargo, el comentario de Vos no hace más que volver explícito el subtexto implícito del momento. “El mayor poder de la comunidad política es el poder de incluir y excluir”, agregó. “¿Quién decide a quién se va a excluir?”.

No quiero mostrarme indiferente ante el asalto electoral del Partido Republicano. Es temible ver cómo uno de los dos partidos políticos de Estados Unidos desarrolla la opinión de que la democracia en sí es su problema, y una agenda con la que tratar de neutralizar la amenaza. He descrito esto como “el bucle de la perdición de la democracia”: un partido que gana poder mientras pierde votos utilizará el poder que aún tiene para socavar a los votantes y las elecciones que amenazan su futuro.

No obstante, ese no es el único resultado posible en este caso. Ha sido un acontecimiento alentador ver cómo cada vez más demócratas se dan cuenta de que realmente tienen que luchar por la democracia. Y con un simple cambio a las medidas de obstrucción, podrían aprobar una legislación que haría más por mejorar las instituciones electorales de Estados Unidos que cualquier otra cosa desde la Ley de Derecho al Voto de 1965.

En ese sentido, los republicanos perciben la amenaza correctamente: un país que está mucho más cerca de ser verdaderamente democrático, en el que la poca popularidad de sus ideas los expondría a consecuencias electorales punitivas, un país que corresponde verdaderamente a lo que pregonamos sobre él.

© 2021 The New York Times Company

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