Opinión: ¿Por qué los republicanos no pueden ser populistas?

Paul Krugman
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Una corbata con motivos de elefantes republicanos en Bettendorf, Iowa, el 14 de noviembre de 2011. (Daniel Acker/The New York Times).
Una corbata con motivos de elefantes republicanos en Bettendorf, Iowa, el 14 de noviembre de 2011. (Daniel Acker/The New York Times).

El Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden es tremendamente popular, incluso entre los electores republicanos. Todavía no tenemos la información exacta sobre la próxima iniciativa demócrata, pero es posible que tenga buenos resultados en las encuestas porque sabemos que combinará una inversión importante en infraestructura y aumentos en los impuestos para las corporaciones y los ricos. Ambos temas son muy populares.

Sin embargo, al igual que el plan de rescate, lo más probable es que el próximo plan tampoco obtenga un solo voto republicano en el Congreso. ¿Por qué los republicanos electos siguen tan comprometidos con las políticas económicas de la derecha que ayudan a los ricos mientras timan a la clase trabajadora?

Advertencia: no voy a dar una buena respuesta a esta pregunta. El propósito del artículo de hoy es, más bien, presentar un argumento a favor de la importancia de la pregunta.

Pregunto por qué los republicanos “siguen” comprometidos con la economía de la derecha porque en el pasado su postura no suponía ningún misterio.

Al igual que muchos observadores, solía pensar en un modelo del Partido Republicano parecido al que se presenta en “What’s the matter with Kansas?”. Es decir que, al igual que Thomas Frank, autor del libro de 2004 que lleva ese título yo en esencia veía al Partido Republicano como una empresa dirigida por y para plutócratas, gestionada para ganar elecciones al aprovecharse de las quejas culturales y la hostilidad racial de los blancos de la clase trabajadora. Sin embargo, la intolerancia solía ser un espectáculo para la plebe; el partido regresaba a sus prioridades a favor de los ricos inmediatamente después de que terminaban las elecciones.

El ejemplo clásico fue cuando George W. Bush ganó la reelección haciéndose pasar por alguien que defendería a Estados Unidos de los terroristas defensores del matrimonio homosexual, y luego de su victoria anunció que había ordenado privatizar la Seguridad Social (no lo hizo).

No obstante, nos parece que eso sucedió hace mucho tiempo.

Puede que los multimillonarios hayan puesto al Partido Republicano en la vía del extremismo, pero es evidente que perdieron el control de las fuerzas que conjuraron. El Partido Republicano ya no puede guardar la intolerancia en un cajón, después de cada elección, para enfocarse en sus asuntos importantes como el recorte de impuestos y la desregulación. En cambio, ahora los extremistas son los que mandan. A pesar de una derrota electoral y una insurrección violenta, lo que queda de la vieja clase dominante republicana se ha degradado en el altar del trumpismo.

Sin embargo, aunque el poder en el Partido Republicano se ha alejado casi por completo de la clase dirigente conservadora, el partido sigue comprometido con una ideología económica de recortes de impuestos y gasto. Y no resulta evidente por qué.

Cuando Donald Trump avasalló a los candidatos de la clase dirigente en 2016, parecía posible que llevara a su partido hacia lo que algunos políticos denominaron “democracia de Herrenvolk”, en la que las políticas públicas son realmente populistas e incluso igualitarias, pero solo para los miembros de los grupos raciales y étnicos adecuados.

Durante el apartheid, Sudáfrica funcionaba así. Había gestos limitados orientados hacia el populismo de solo blancos en el sur estadounidense de Jim Crow. En Europa, el Frente Nacional de Francia combina la hostilidad hacia los inmigrantes con llamados a la expansión del estado de bienestar nacional ya de por sí generoso.

Como candidato, Trump a menudo sonaba como si quisiera ir en esa dirección y prometía no disminuir las prestaciones sociales, así como comenzar un enorme programa de infraestructura. De haber cumplido esas promesas y mostrado una pizca de populismo verdadero, tal vez seguiría siendo presidente. Sin embargo, en la práctica su recorte de impuestos y su intento fallido de revocar Obamacare se apegaron por completo al manual de estrategias conservadoras de siempre.

La excepción que confirma la regla fue la política agrícola de Trump, que incluyó enormes subsidios para los agricultores a los que afectó su guerra comercial, pero se las ingenió para entregárselos casi todos a los blancos. La cuestión es que no había nada como esto a un nivel más extenso.

¿Acaso la continuación de políticas económicas impopulares que hizo Trump fue solo un reflejo de su ignorancia personal y falta de interés en el trasfondo de las políticas? Los acontecimientos ocurridos desde las elecciones sugieren que no.

Ya mencioné la alineación de la oposición republicana contra el paquete de asistencia de Biden. El rechazo al populismo económico también se ve a nivel estatal. Piensen en Misuri. Uno de sus senadores, Josh Hawley, declaró que los republicanos deberían ser “un partido de la clase trabajadora, no un partido de Wall Street”. Sin embargo, los republicanos en la legislatura estatal acaban de bloquear el financiamiento para expandir Medicaid que tendría un costo muy bajo para el estado y que ya había aprobado la mayoría de los electores.

O piensen en Virginia Occidental, donde otra promesa no cumplida de Trump, revivir la industria del carbón, hizo eco entre los electores. El carbón no va a regresar; así que el gobernador republicano estatal propone impulsar la economía con… la eliminación del impuesto sobre la renta. Esto se parece al experimento fallido del recorte de impuestos de Kansas de hace unos años. ¿Por qué se imaginan que funcionará mejor en la región de los montes Apalaches?

¿Qué está pasando? Sospecho que la ausencia de populismo verdadero en la derecha tiene mucho que ver con la cerrazón de mente de la derecha: puede que la clase dirigente conservadora haya perdido poder, pero sus esbirros siguen siendo los únicos en el Partido Republicano que saben algo sobre políticas públicas. Y es posible que los grandes capitales todavía compren influencia incluso en un partido cuya fuerza proviene en su mayoría de la intolerancia y el odio.

En todo caso, por ahora los políticos republicanos les están haciendo un gran favor a los demócratas, al aferrarse a ideas económicas desacreditadas que ni sus propios seguidores aprueban.

This article originally appeared in The New York Times.

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