Opinión: El Reino Unido es 'libre'… y un caos absoluto

·5  min de lectura

NO TENEMOS NINGÚN PLAN.

El Reino Unido, nos dicen, es libre. El lunes 19 de julio el gobierno levantó las últimas restricciones por el COVID-19 en el país —el distanciamiento social, el uso de cubrebocas, los límites en la cantidad de personas en reuniones y todo lo demás—, con lo que se deja toda la protección contra el coronavirus en manos de las vacunas y de la diosa de la fortuna (Escocia, Gales e Irlanda del Norte, las naciones delegadas, han optado de manera sensata por mantener algunas restricciones).

La decisión llegó en un momento impecable: la semana pasada, 332.170 personas dieron positivo por coronavirus —la mayor cantidad desde enero— mientras la variante delta recorre todo el país. Se cree que los nuevos casos de COVID-19 aumentarán hasta quizá llegar a la vertiginosa cantidad de 100.000 diarios más adelante en el verano. El número de personas hospitalizadas, mucho menor que en oleadas anteriores de infecciones debido al programa de vacunación, está creciendo a un ritmo constante. Las muertes también se están incrementando gradualmente.

Detalles, detalles. Estamos hablando del Día de la Libertad, como insistentemente nos lo recordaron el gobierno y la prensa de derecha. El momento en que los británicos, después de más de un año de sacrificios, podrían desatarse: beber en recintos atestados, ir discotecas, invitar a todos a la casa. Sin necesidad de usar cubrebocas. Sin embargo, en realidad esto fue el Día de la Confusión, un monumento al caos, la ansiedad y la incertidumbre. No tenemos ningún plan.

De manera oportuna, el primer ministro Boris Johnson, amante de la libertad (en especial de la suya) y arquitecto del “plan”, no pudo celebrar: estaba en cuarentena autoimpuesta. Había estado en contacto con el secretario de Salud, Sajid Javid, quien ya se había puesto las dos dosis de la vacuna, pero dio positivo en coronavirus el sábado (los británicos están descubriendo, alarmados, que las vacunas no son invencibles). Javid es nuevo en el cargo: fue nombrado el mes pasado luego de que el anterior secretario de Salud, Matt Hancock, fue fotografiado besando a una asesora en su oficina. Hancock tuvo que renunciar por violar los lineamientos del distanciamiento social con la lengua.

Confinado a su residencia en el campo, Johnson transmitió la chiflada bonhomía y ofuscación vacilante que ya forman parte de su sello. El acto, exitoso durante una temporada, se está agotando. En la primera semana de julio, más de 500.000 personas fueron contactadas por el servicio de rastreo de la nación para que se autoaislaran durante 10 días, lo que generó un caos tanto para las empresas como para los ciudadanos (la situación ha sido bautizada como “pingdemia” por el sonido de la alerta en los teléfonos). La respuesta de Johnson fue exonerar alegremente a algunos trabajadores clave del confinamiento. Sin embargo, afirmó que “tenemos que ceñirnos al sistema tal como está”, ignorando el hecho de que el día anterior él mismo había intentado evitar la cuarentena autoimpuesta. Total, en el Reino Unido de Johnson, “ayer” es historia antigua.

Tal vez esta sea una estrategia para lograr una inmunidad híbrida, en la que la gran mayoría de la población esté vacunada o se haya infectado de COVID recientemente (o ambas opciones) para el invierno, es decir, una versión más actualizada de lo que parecía ser el plan inicial del gobierno, mucho más infame, para la pandemia. Pero el gobierno lo niega. En cambio, los ministros insisten en que una tercera ola de casos es inevitable, así que ¿por qué no tomar algo de sol y ser felices mientras tanto?

O quizás esto es lo que sucede cuando se elige a una persona carismática con cabello llamativo y buena para el espectáculo, pero ninguna idea más allá de ganar el cargo más alto. Solía pensar que su cabello fluctuaba según el mercado de valores. Ahora creo que responde a las encuestas. En la actualidad tiene un peinado frondoso que, en el contexto de una campaña de vacunación exitosa y una oposición ineficaz, coincide con la ventaja de los conservadores en las encuestas por nueve puntos porcentuales. Sea cual sea el significado del cabello —y es aterrador pensar que todavía no lo hemos descifrado—, lo más probable es que tengamos algunos años más para analizarlo.

Sin importar lo que diga Johnson, nada puede disipar la sensación de que somos un país en declive pasando por una crisis. Esto es evidente no solo por los indicadores obvios de malestar —como el hecho de que el 30 por ciento de los niños británicos, en la quinta economía más grande del mundo, vive en la pobreza—, sino también por cosas pequeñas. La semana pasada, por ejemplo, Londres se inundó repentinamente durante una tormenta; algunas personas nadaron felices en el agua de lluvia a pesar de que posiblemente estaba mezclada con aguas residuales. En Cornualles, en el suroeste de Inglaterra, se reportó que un hombre, al que tal vez el calor se le había subido a la cabeza, mató a golpes a una gaviota con una pala de plástico. Si te gustan las metáforas, el Reino Unido solía ser la pala. Ahora es la gaviota.

Todos los presagios son malos. Casi ganamos, pero terminamos perdiendo de manera aplastante la Eurocopa, una fábula sobre el carácter nacional británico, que todavía no nos atrevemos a descifrar por lo que podría significar. Y esa derrota ni siquiera fue el hecho más estridente del día. Ese estuvo a cargo de un hombre que le contó a un periódico que ese día despertó, consumió tres gramos de cocaína —¿quién dice que no podemos comerciar globalmente?—, se bebió 20 sidras, encendió una bengala en su trasero y luego procedió a invadir el estadio de Wembley sin tener boleto, en una especie de Día D al revés. “No hubo reglas ese día”, dijo el hombre. “Estuve completamente drogado y borracho, y amé cada minuto”.

El “hombre de la bengala en el trasero”, como inevitablemente se le conoce ahora, es interesante porque es un arquetipo: un sujeto típico del experimento de Johnson con la libertad. No sabemos qué sucederá a continuación. Pero seguro será espantoso.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.