Opinión: No quiero que otra familia pierda un hijo como nos sucedió a nosotros

Pamela Morris
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Pensar en suicidarse es aterrador, pero tenemos que hacer que esta conversación sea parte de la vida cotidiana. (Sally Deng/The New York Times)
Pensar en suicidarse es aterrador, pero tenemos que hacer que esta conversación sea parte de la vida cotidiana. (Sally Deng/The New York Times)

PENSAR EN SUICIDARSE ES ATERRADOR, PERO TENEMOS QUE HACER QUE ESTA CONVERSACIÓN SEA PARTE DE LA VIDA COTIDIANA.

Siempre me sentí muy bendecida al ver a mis gemelos, un niño y una niña; incluso en la adolescencia caminaban del brazo por la calle, charlando y riendo juntos.

Sin embargo, esa sensación de bendición se desvaneció en junio de 2019, cuando perdí a mi hija, Frankie, a causa del suicidio, tres semanas antes de su graduación del bachillerato. Desde ese día, no he pensado en casi nada más, excepto en cómo podría ayudar a la siguiente adolescente con problemas, a la siguiente Frankie.

Varios días después de su muerte, abrimos nuestra casa a nuestra comunidad, incluido el numeroso grupo de amigos adolescentes de Frankie. Era un caluroso día de junio y el aire acondicionado no era suficiente para los cientos de personas que pasaron por nuestro apartamento de Nueva York.

Hubo una breve pausa en el flujo constante de personas que ofrecían abrazos y condolencias cuando uno de los padres de uno de los amigos de Frankie me puso la mano en el hombro y me dijo con dulzura:

“Qué fuerte era Frankie. Debía necesitar mucha energía para hacer lo que hacía todos los días”.

Esa era Frankie. Tenía la fuerza necesaria para participar en la escuela y en el teatro, a pesar de su ansiedad y depresión. Tenía la capacidad de conectar con los demás, de una manera emotiva y profunda, incluso cuando no estaba en su mejor momento. Sus amigos nos contaron que les sorprendían sus abrazos o sus comentarios cariñosos. En una ocasión, un profesor la describió como “la personificación de la empatía, con una fabulosa colección de aretes”.

Me gusta pensar que parte de su fuerza provenía del hogar que intentamos darle. Ya sea que esa fuerza proviniera de su hogar o de algún otro lugar, o de ambos, Frankie sabía cómo generar calidez dondequiera que iba.

A pesar de ello, al igual que muchos de los que luchan contra los pensamientos suicidas, mantuvo su propio dolor camuflado durante mucho tiempo, quizás demasiado.

Los pensamientos suicidas, ya sea que sean provocados por una enfermedad mental, estrés, traumas o pérdidas, en realidad son mucho más comunes y difíciles de ver de lo que muchos de nosotros pensamos. Una encuesta de junio de 2020 de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos reveló que uno de cada cuatro jóvenes cuyas edades oscilan entre los 18 y los 24 años dijo haber pensado seriamente en quitarse la vida en los últimos treinta días; los cálculos antes de la pandemia hallaron que casi uno de cada cinco estudiantes de preparatoria había considerado el suicidio y casi uno de cada diez había intentado suicidarse al menos en una ocasión el año anterior.

Son bastantes. Y algunos, como Frankie, son capaces de reunir la energía necesaria para hacer que su lucha sea casi imperceptible. A pesar de cincuenta años de investigación, sigue siendo casi imposible predecir la muerte por suicidio. Y dado que los pensamientos suicidas son tan comunes, el suicidio sigue siendo la segunda causa de muerte entre los jóvenes cuyas edades oscilan entre los 15 y los 24 años, después de los accidentes.

Al igual que otras personas que han perdido a un hijo a causa del suicidio, he pasado incontables horas dándole vueltas a los incesantes “y si”. Y como soy una psicóloga del desarrollo especializada en programas de prevención, mis “y si” también incluyen las maneras en que el mundo podría ser diferente para que otra familia no sufra lo mismo que nosotros.

Un día, mientras conducía por un tramo conocido de la autopista con los “y si” arremolinándose en mi cabeza, vi una señal que decía “Cinturón o multa”. Se me ocurrió algo: quizá lo que necesitamos son cinturones de seguridad para el suicidio.

El “Cinturón o multa” nació en parte debido a la preocupación en la década de los ochenta por la muerte de adolescentes en accidentes de tránsito. Al igual que ocurre con los suicidios hoy en día, los adultos no podían predecir quiénes iban a tener un accidente automovilístico y se calculaba que solo el 15 por ciento de la población usaba una de las mejores soluciones que teníamos, el cinturón de seguridad. De hecho, en la infancia, mis hermanos y yo solíamos jugar a dar vueltas en la parte trasera de nuestro auto, sin usar el cinturón de seguridad.

Treinta años después, nuestro mundo dista mucho de ser como lo imaginaba de niña. Ponerse el cinturón de seguridad es la primera lección de quienes aprenden a conducir; cada año, se inspecciona que los cinturones de seguridad funcionen; los fabricantes de autos incluyeron pitidos molestos para recordarte que te abroches el cinturón de seguridad; y por si eso fuera poco, las autopistas cuentan con letreros parpadeantes con el mensaje de “Cinturón o multa” como parte de la campaña de la Administración Nacional de Seguridad del Tránsito en las Autopistas. ¿El resultado? La mayoría de nosotros (se calcula que casi un 91 por ciento de la gente) ahora usa el cinturón de seguridad.

¿Qué pasaría hiciéramos con el suicidio lo que hicimos con el uso universal del cinturón de seguridad, comenzando desde la adolescencia?

Así como mis padres no podían predecir en los años 80 cómo el cinturón de seguridad se usa ahora, no estoy segura de cómo debería ser la prevención del suicidio en el futuro. Imagino un mundo en el que todos los profesionales de la salud y de la escuela, así como los empleadores y los líderes religiosos puedan identificar las señales del pensamiento suicida y sepan cómo preguntar, responder y ofrecer recursos a alguien que esté luchando. Así como hoy todos sabemos que hay que marcar el 911 en caso de una emergencia (un sistema que surgió a finales de la década de 1960), todos conoceríamos la línea telefónica nacional de prevención del suicidio (1-800-273-TALK, que también estará disponible en el 988 en 2022) y la línea de mensajes (envía HOME al 741741). Haríamos que nuestros hogares fueran “a prueba de suicidio” al poner bajo llave las armas de fuego, los medicamentos letales y otras cosas que los adolescentes pueden usar para hacerse daño. Y las familias les preguntarían a sus hijos con frecuencia si tienen pensamientos suicidas.

Cuando le conté al ortodoncista de Frankie sobre su suicidio, su respuesta me sorprendió: “Casi nunca nos sucede eso entre nuestros pacientes”. Aunque los ortodoncistas no preguntan esas cosas, ven a los niños durante los primeros años de la adolescencia, cuando suelen surgir los pensamientos suicidas. ¿Se imaginan un mundo en el que los niños vean los carteles de la línea telefónica de prevención y la línea de texto mientras les ajustan los aparatos de ortodoncia? ¿O uno con folletos en las salas de espera que instruyan a los padres sobre las señales de alarma del suicidio?

¿Y si la revisión pediátrica anual de los adolescentes incluyera hablar sobre envases de pastillas que solo suministran una a la vez y cajas fuertes para medicamentos letales, así como se habla de las casas a prueba de bebés cuando los niños empiezan a gatear? ¿Y si los pediatras entregaran a cada adolescente una tarjeta con el número de teléfono de prevención (o mejor aún, si las empresas preprogramaran ese número en los teléfonos móviles) y el pediatra hablara de lo que ocurre cuando un adolescente llama? ¿Y si los médicos instruyeran a los padres sobre cómo preguntar a su hijo adolescente: “¿Has pensado en suicidarte?”?

¿Y si exigiéramos y financiáramos que cada escuela pusiera en marcha uno de los programas existentes que forman a los profesores y otros profesionales escolares para que sean un recurso para los estudiantes con problemas? Varios estados ordenan que haya capacitación para prevenir el suicidio, algunos como parte de la Ley Jason Flatt. En estados como Nueva York y California (junto con otros trece más) invitan, pero no obligan, a que haya esa programación. En algunos, como Rhode Island (que sucede que tiene la tasa de suicidio más baja del país), no es obligatorio, pero se las han arreglado para combinar la capacitación de los maestros con los recursos para los estudiantes, quienes suelen ser los primeros en observar las señales de que hay pensamientos suicidas en sus amigos.

Sin embargo, ¿acaso no preguntar a los adolescentes sobre el suicidio siembra la idea en ellos? No. Los científicos de la Universidad de Columbia han demostrado que no los vuelve más suicidas y esos hallazgos se confirmaron en un metaanálisis reciente entre estudios a adolescentes y adultos. Si bien es cierto que los mensajes seguros sobre el suicidio son importantes, preguntar sobre este tema a los adolescentes no aumenta su riesgo.

Reconozco que a pesar de los avances en la identificación de programas efectivos para combatir los pensamientos suicidas, su tasa de éxito y simplicidad no se comparan con la de los cinturones de seguridad. Sin embargo, eso no significa que no debamos hacer más.

Parte de hacer más también incluye lograr que el mundo sea más justo y solidario. Por poner un ejemplo, las políticas estatales sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo que estaban en vigor antes de que la Corte Suprema legalizara esta forma de matrimonio en todo el país se han vinculado con reducciones en los intentos de suicidio entre adolescentes, en especial entre minorías sexuales. Así como las carreteras más seguras y los modelos de autos hacen que los cinturones de seguridad sean más efectivos, preguntar si hay pensamientos suicidas y actuar al respecto es solo una parte de una solución que también incluye la atención a las injusticias sociales.

Por supuesto que entiendo que da miedo preguntar si alguien tiene pensamientos suicidas. Sin embargo, si nos da miedo preguntar sobre ello, al adolescente que lo está pensando le da aún más miedo.

Nunca olvidaré estar sentada con Frankie en la sala de espera del ala de psiquiatría pediátrica la noche que la llevé a la unidad de hospitalización, tres meses antes de que se quitara la vida. Llevábamos horas allí, viendo a un grupo de médicos tras otro. Una amable enfermera nos ofreció jugo de manzana y barritas de cereales. Mientras bebíamos nuestros jugos de tamaño infantil y comíamos una de las barritas de cereales, Frankie se volvió hacia mí y me dijo, en voz baja, casi en un susurro: “Me alegro de que por fin lo sepas”. Pude percibir el alivio en su voz. Asentí con la cabeza, en señal de comprensión, pero me rompió el corazón que se aferrara a un secreto tan doloroso durante tanto tiempo.

¿Cómo podemos construir un mundo que apoye más a nuestros hijos? Me siento inspirada por los amigos de la adolescencia de Frankie, que se preocuparon tanto por ella y ahora se apoyan mutuamente tras su fallecimiento.

Durante el bachillerato, Frankie encontró calidez y sanación en la oficina del programa de teatro, ocultas tras una puerta en una bulliciosa escuela pública de la ciudad de Nueva York. En los días buenos, se sentaba en el desgastado sofá de esa oficina, se acurrucaba entre un montón de adolescentes a hablar sobre obras de teatro, trabajos escolares y su vida. En los días difíciles, se escondía en un rincón poco transitado de esa misma oficina y dejaba que la ansiedad y la depresión siguieran su curso. Y desde ese rincón, le enviaba un mensaje de texto a un amigo para que la ayudara a llegar a clase o, después de sincerarse sobre sus luchas, animaba a los demás a hacer lo mismo.

El otoño después de que Frankie nos dejó, algunos estudiantes decidieron revivir ese rincón oculto y salpicaron las paredes con notas adhesivas de colores. En una notita rosa aparecían las palabras “Tú importas”, en una amarilla se leía “Todo mejorará” y en una naranja había un número de celular para pedir ayuda. Las pequeñas notas adhesivas habían transformado aquel rincón en un espacio de consuelo, sanación y apoyo para el siguiente adolescente en apuros.

No sé si la estrategia del cinturón de seguridad hubiera salvado a Frankie. Y entiendo que la estrategia a detalle no está del todo resuelta aquí. Pero no quiero que perdamos más hijos porque no fuimos lo suficientemente valientes para enfrentarnos a algo que nos asusta, algo que no entendemos del todo, algo que es mucho más frecuente de lo que muchos de nosotros creemos.

Si los jóvenes de 17 y 18 años que han perdido a un amigo tienen la fuerza para imaginar un mundo salpicado de sanación, lo menos que podemos hacer como adultos es diseñar y construir la estructura para apoyarlos.

Si tienes pensamientos suicidas, llama a la Red Nacional de Prevención del Suicidio al 1-800-273-8255 (TALK). Puedes encontrar varios recursos adicionales en SpeakingOfSuicide.com/resources.

This article originally appeared in The New York Times.

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