Opinión: ¿Quieres salvar la Tierra? Necesitamos muchos más como Elon Musk

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Si soy honesto, de un modo rotundo, solo hay un lema que le daría al movimiento para frenar el cambio climático tras la cumbre de Glasgow, Escocia: “Todo el mundo quiere ir al cielo, pero nadie quiere morir”.

Por un lado, los ecologistas liberales te dirán que el mundo se acaba, pero que no debemos utilizar la energía nuclear, una fuente abundante de energía limpia, para evitarlo. Por otro lado, los ecologistas conservadores te dirán que el mundo se está acabando, pero que no podemos imponer a la gente un impuesto sobre el carbono o sobre la gasolina para frenar el calentamiento global.

Por otro lado, los ecologistas de los suburbios te dirán que el mundo se está acabando, pero que no quieren molinos de viento, granjas solares ni líneas de tren de alta velocidad en sus patios.

Por otro lado, la mayoría de los líderes actuales te dirán que el mundo se está acabando, así que en Glasgow todos han decidido jugársela y comprometer a sus sucesores a suministrar electricidad sin emisiones de carbono para 2030, 2040 o 2050, cualquier fecha que no les obligue a pedir a sus ciudadanos que hagan algo desagradable hoy.

Esto no es serio, no cuando se habla de revertir todas las maneras en que hemos desestabilizado los sistemas de la Tierra, desde las capas de hielo y las corrientes oceánicas hasta los arrecifes de coral y los bosques tropicales, pasando por la densidad del dióxido de carbono en la atmósfera. Todo esto es algo fingido.

La respuesta a la COVID-19 si fue seria, cuando de verdad parecía que la economía mundial se estaba acabando. Nos defendimos con las únicas herramientas que tenemos tan grandes y poderosas como la Madre Naturaleza: el Padre Ganancias y la Nueva Tecnología.

Combinamos las empresas biotecnológicas innovadoras —como Pfizer-BioNTech, Moderna y algunas pequeñas empresas emergentes— con la enorme potencia informática actual y una gigantesca señal de demanda al mercado, ¿y qué obtuvimos? En poco más de un año después de haber quedado en confinamiento a causa del virus, tenía una vacuna eficaz de ARNm contra la COVID-19 en mi cuerpo, ¡seguida de un refuerzo!

Eso fue una hazaña asombrosa de la biotecnología y la logística informatizada para desarrollar y suministrar vacunas. Y espero que los científicos, los empleados y los accionistas de esos innovadores de las vacunas ganen mucho dinero, porque eso incentivará a otros a aplicar una fórmula similar para frenar el cambio climático.

No tengo nada en contra de Glasgow. Admiro a los líderes que intentan inspirar al mundo para reducir las emisiones de CO2, preservar la biodiversidad y exigir el cumplimiento de responsabilidades entre sí. Pero no vamos a descarbonizar la economía mundial con un plan de acción del mínimo común denominador de 195 países. No es posible.

Solo lo conseguiremos cuando el Padre Ganancias y los emprendedores que asumen riesgos produzcan tecnologías transformadoras que permitan a la gente corriente tener un impacto extraordinario en nuestro clima sin sacrificar mucho, al ser solo buenos consumidores de estas nuevas tecnologías.

En resumen: necesitamos unas cuantas personas más como Greta Thunberg y a muchos otros como Elon Musk. Es decir, más innovadores arriesgados que conviertan la ciencia básica en herramientas aún no imaginadas para proteger el planeta con el fin de heredarlo a una generación que aún no ha nacido.

La buena noticia es que está ocurriendo. Dos ejemplos:

El primero es Planet.com, al que aludí por un momento en la columna de la semana pasada que escribí desde Glasgow. Con sede en San Francisco y fundada en 2010 por tres antiguos científicos de la NASA, Planet tiene en órbita casi 200 satélites de imagen de la Tierra, la mayoría del tamaño de una barra de pan, para observar toda la masa terrestre mundial cada 24 horas en alta resolución, con el fin de que los cambios que se producen sobre el terreno sean “visibles, accesibles y prácticos”. Ningún gobierno del mundo tiene esta capacidad.

Con estas nuevas herramientas de transparencia profunda podemos empezar a remodelar el capitalismo. Durante años, las normas e incentivos del capitalismo permitieron a las empresas petroleras y del carbón extraer combustibles fósiles —y a las industrias utilizarlos— sin pagar el verdadero costo de los daños que causaban. Eso era fácil de hacer porque la naturaleza era difícil de valorar; la destrucción era a menudo difícil de ver en tiempo real; y los consumidores no tenían herramientas para reaccionar. Tenían que esperar a los tribunales.

“El capitalismo ha producido una enorme riqueza, pero en parte eso se debe a que ha podido tratar a la naturaleza como autorreparadora, hiperabundante y gratuita”, explicó Andrew Zolli, director de impacto de Planet.

Eso ya no será tan fácil. Los satélites “nos permiten ahora incluir el capital natural en el balance de todas las empresas y países”, de modo que no solo se tendrán en cuenta los beneficios y las pérdidas de las empresas, “sino también todos sus impactos” en el medioambiente, me dijo Will Marshall, uno de los tres cofundadores de Planet y su director general.

Marshall explicó que los satélites de Planet, junto con la inteligencia artificial, pueden rastrear los árboles, las tierras de cultivo, los arrecifes de coral, los manglares costeros y las emisiones de las chimeneas de un país con una precisión increíble —de hasta tres metros— y proporcionar transparencia para mostrar qué árboles están siendo talados de manera ilegal, por quién y qué fábricas están violando sus promesas de emisiones de dióxido de carbono.

Esos datos pueden utilizarse —en teoría— para desencadenar boicots de los consumidores, difundidos a través de las redes sociales, contra el gobierno o la empresa alimentaria o minera que está haciendo el daño, o pueden estimular la ayuda o la inversión extranjera en el país o la comunidad que protege sus recursos naturales.

La otra empresa que estoy observando es Helion Energy, con sede en Redmond, Washington, que está trabajando en “la primera central eléctrica de fusión del mundo”. La energía de fusión ha sido durante mucho tiempo el santo grial de la generación de energía limpia, y siempre parece estar a veinte años de distancia. Como lo señala el Organismo Internacional de Energía Atómica en su página web:El sol, junto con todas las demás estrellas, se alimenta de una reacción llamada fusión nuclear. Si la fusión nuclear puede reproducirse en la Tierra, podría proporcionar energía limpia, segura, asequible y en esencia ilimitada.

El pasado mes de junio, como lo informó el sitio web New Atlas, Helion publicó los resultados que confirmaban que su último sistema había conseguido calentar un plasma de fusión a una temperatura superior a los 100 millones de grados Celsius, “lo cual es significativo, ya que se encuentra alrededor del punto en el que hay suficiente energía térmica para crear grandes cantidades de fusión”.

La generación actual del sistema de Helion, según informó Techcrunch.com, “no podría sustituir el Tesla Powerwall ni los paneles solares ya que el tamaño del generador es similar al de un contenedor de transporte. Pero con 50 megavatios, los generadores podrían dar energía a cerca de 40.000 hogares”. Como señaló New Atlas, “Helion prevé que generará electricidad a precios mínimos de alrededor de 10 dólares por megavatio hora, menos de un tercio del precio de la energía de carbón o de las instalaciones solares fotovoltaicas actuales”.

¿Es Helion el santo grial? No lo sé. Hay otras empresas con enfoques prometedores, como Commonwealth Fusion Systems, que compiten por el mismo objetivo. Solo sé esto: Nos hemos metido en este agujero gracias a lo peor del capitalismo: dejar que las empresas privaticen sus ganancias al saquear el medioambiente y calentar el clima, mientras socializan las pérdidas entre todos nosotros.

Podemos salir adelante, en parte, acelerando lo mejor del capitalismo estadounidense. Tenemos que revitalizar nuestro ecosistema de innovación para que el gobierno financie la investigación básica que supere los límites de la física, la química y la biología y, a continuación, combine esa innovación con políticas de inmigración que reúnan a los mejores talentos de la ingeniería del mundo y, después, dé rienda suelta a ese talento —impulsado por los que asumen riesgos— para inventar nuevas tecnologías limpias que frenen el calentamiento global a la velocidad y a la escala que necesitamos.

© 2021 The New York Times Company

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