Opinión: ¿Quieren restaurar la confianza en la vacuna de AstraZeneca? Empiecen por aquí

Heidi J. Larson
·7  min de lectura

LOS PAÍSES DEBEN SABER QUE UN DESPLIEGUE EXITOSO NO SOLO SE TRATA DEL SUMINISTRO.

La Agencia Europea de Medicamentos (EMA, por su sigla en inglés), el máximo organismo regulador de los medicamentos en Europa, confirmó el jueves pasado que la vacuna contra la COVID-19 de Oxford-AstraZeneca es segura. Y el lunes, los resultados de un ensayo clínico de gran escala realizado en Estados Unidos revelaron que la vacuna es un 79 por ciento eficaz y no tiene efectos secundarios graves. De cierto modo, eso no debería ser noticia: ya había recibido la aprobación de la EMA y casi veinte millones de personas en Europa ya han recibido dosis, en su mayoría sin problemas. Sin embargo, a principios de esta semana, varios países europeos suspendieron temporalmente las inoculaciones por la preocupación de que causara coágulos en la sangre.

Ahora que los organismos reguladores han reafirmado la seguridad de la vacuna de AstraZeneca, tenemos que abordar el siguiente reto clave: la confianza en ella. Aunque la vacuna ha sido validada oficialmente, los riesgos notificados y las suspensiones temporales han aumentado la ansiedad y las dudas.

De entre los veinte millones de personas que han recibido la vacuna de AstraZeneca en Europa, 25 personas desarrollaron coágulos de sangre tras la vacunación. La tasa de coágulos sanguíneos que se produciría normalmente entre las personas no vacunadas de hecho es mucho mayor. Pero dada la novedad de la vacuna, cada efecto secundario reportado está siendo considerado con extremo cuidado. Esto es algo bueno. En lugar de asustarnos, deberíamos estar tranquilos de que el sistema de seguridad está funcionando.

Sin embargo, los acontecimientos de la semana pasada no se recibieron así.

Cuando varios países europeos suspendieron temporalmente la distribución, se desató la ansiedad en todo el mundo. Una encuesta publicada la semana pasada reveló que solo el veinte por ciento de los habitantes de Francia —un país con un alto índice de dudas sobre la vacuna— confía en la vacuna de AstraZeneca. Tailandia e Indonesia suspendieron temporalmente su uso mientras la EMA investigaba los efectos secundarios notificados. La República Democrática del Congo pospuso el despliegue de la vacuna de AstraZeneca debido a la preocupación por los coágulos sanguíneos notificados. Camerún también suspendió su intención de utilizar la vacuna de AstraZeneca, incluso después de que la EMA avalara su seguridad.

Estas son malas noticias. La vacuna de AstraZeneca será crucial para poner a Europa, que ahora enfrenta una tercera ola de infecciones por coronavirus, en el camino hacia la recuperación. También es crucial para Covax, el centro mundial que pretende garantizar el acceso a las vacunas contra la COVID-19 para los países de ingresos bajos y medios. AstraZeneca y su socio, el Instituto del Suero de India, son los principales proveedores de vacunas para el despliegue inicial de Covax, que pretende llegar a 142 países. No obstante, la entrega no será suficiente si no se confía en estas vacunas.

Apenas estamos al principio de múltiples despliegues destinados a millones de personas. Es casi inevitable que entre esos millones surjan nuevos riesgos. En nuestro mundo hiperconectado, ansioso e incierto, un riesgo percibido en un lugar puede amplificarse fácilmente con consecuencias potencialmente fatales en medio mundo. Esto es lo que está ocurriendo ahora.

¿Qué hay que hacer?

La verdad es que no hay un camino fácil. La confianza en las vacunas tiene muchas capas. Los que tienen poca confianza en las vacunas tienen sus razones. Algunos casos provienen de la desconfianza histórica, basada en la falta de transparencia o en los procesos poco éticos en ensayos médicos anteriores. (Véase, por ejemplo, el caso Trovan en Nigeria o el conocido estudio Tuskegee en Alabama). Mientras tanto, algunas personas simplemente se han sentido juzgadas o maltratadas en las visitas a las clínicas o han oído hablar de una reacción a la vacuna que los ha llevado a ser cautelosos. A veces, la desconfianza ni siquiera está directamente relacionada con la vacuna, sino que es causada por la falta de fe en las autoridades locales o en las instituciones mundiales. Los titulares sobre los efectos secundarios y las suspensiones de las inoculaciones no hacen más que aumentar las dudas de los escépticos.

Cuando el mundo se enfrenta a vacunas totalmente nuevas, es inevitable que surjan problemas de confianza como los que han surgido la semana pasada. No obstante, debemos estar preparados para asegurarle a la gente que puede tener fe en el proceso.

El informe de la EMA sobre sus hallazgos ha sido transparente y las razones para continuar con la vacunación son claras. Lo que se necesita es un control de seguridad igualmente atento a nivel mundial, con respuestas rápidas para asegurarle a la gente que cada nueva vacuna contra la COVID-19 se trata con seriedad y que no hay atajos en la seguridad.

Pero la confianza del público no solo se refiere a la seguridad de las vacunas, sino también a la confianza en quienes las financian, producen y suministran, así como en los gobiernos y organismos internacionales que las regulan, aprueban y recomiendan. La confianza suele definirse por dos factores: la confianza en la capacidad o la aptitud de una persona o institución para hacer lo que promete y la confianza en sus motivos. Tenemos que fomentar la confianza del público en ambos aspectos.

Este mes, el Banco Mundial publicó un informe sobre el nivel de preparación de los países con respecto a la vacuna contra la COVID-19. Los resultados son preocupantes en cuanto al aspecto humano de la vacunación: en los 128 países examinados, solo el 30 por ciento tenía planes para capacitar a los vacunadores necesarios con el fin de administrar las nuevas vacunas y solo el 27 por ciento había desarrollado estrategias de compromiso público y movilización social para motivar a la gente a vacunarse.

Se trata de un hallazgo sorprendente, teniendo en cuenta que hace tiempo que sabemos que estas nuevas vacunas están en camino. La planificación y la inversión en comunicación y compromiso deberían haber comenzado el día en que los gobiernos empezaron a hacer compras anticipadas.

Es esencial capacitar a los vacunadores y fortalecer su confianza. Ellos son los que interactúan directamente con el público, calman la ansiedad y responden preguntas. Su formación debe ir más allá de la logística de cómo administrar la vacuna y prepararlos para las preguntas, incluso las relativas a la seguridad de las vacunas.

Si bien se necesita una mayor coherencia para obtener los datos actualizados sobre las vacunas contra la COVID-19, es necesario que haya oportunidades para que la gente haga preguntas y obtenga respuestas rápidas. La oportunidad de hablar con alguien —aunque sea en línea— es crucial. No podemos olvidar el aislamiento que muchos han sentido y la oportunidad de simplemente hablar con alguien sobre las preguntas relacionadas con la vacuna y sentirse tranquilos puede ser inestimable, sobre todo a la luz de incertidumbres como las que surgieron la semana pasada.

Pocos países tienen estrategias nacionales coherentes, pero son necesarias. Estas estrategias deben involucrar al público, no solo como receptor de la vacuna, sino como participante del proceso. Las vacunas contra la COVID no pueden verse como algo que se acepta porque el gobierno lo dice, sino porque tienen un significado en la vida de las personas.

Las estrategias de comunicación y compromiso deben tener en cuenta los antecedentes locales a fin de involucrar a los grupos en los que se sabe que hay dudas y apoyar a los líderes locales y a las figuras fiables en esas comunidades para generar confianza. Los medios de comunicación creativos —tanto en internet como afuera— que son atractivos, empáticos y tocan las emociones sociales y personales, al tiempo que transmiten datos sobre las vacunas, son importantes, pero deben formar parte de un esfuerzo más amplio que no solo tenga como objetivo conseguir que todo el mundo se vacune, sino abrir a la sociedad.

En nuestra prisa científica por desarrollar, fabricar y suministrar vacunas con más rapidez que nunca en la historia, los países de todo el mundo no han conseguido involucrar al público. Tenemos que volver a empezar inmediatamente y hacer de la confianza en las vacunas el centro de nuestros esfuerzos de recuperación global de la pandemia de COVID-19. Esta es una crisis global de múltiples niveles.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company