Opinión: Lo que puedes aprender de un soñador en Arizona

Fernanda Santos
Ángel Palazuelos con su toga y birrete. (Ash Ponders/The New York Times)
Ángel Palazuelos con su toga y birrete. (Ash Ponders/The New York Times)

PHOENIX — En una tarde reciente, Ángel Palazuelos se puso una toga y un birrete marrones, uno de los dos colores de su “alma mater”, Metro Tech High School, donde casi todos los estudiantes son inmigrantes o provienen de una familia de inmigrantes. La escuela es parte del Distrito Escolar de Preparatorias Phoenix Union, uno de los más grandes del país y uno cuyos alumnos reflejan el inminente destino demográfico de Arizona como un estado mayoritariamente latino.

Ángel, un adolescente reflexivo y ambicioso, aceptó la afinidad instantánea que le brindaba la historia compartida con sus compañeros de clase, pero se negó a conformarse con las bajas expectativas que se les habían impuesto. “Cuando vienen representantes de las universidades, son principalmente de universidades comunitarias”, comentó Ángel. “Nunca son de Columbia, Princeton, Harvard”.

Ese fin de semana por la tarde, se sentó frente a una computadora portátil conectada a su celular, su único acceso a internet en casa. Luego se aclaró la garganta e inhaló profundamente, dejando de lado la ansiedad y la incertidumbre que han definido su vida en este país –no solo las últimas ocho semanas de su último año, o la lucha racial, las protestas y el toque de queda nocturno que le siguió– para hablar en una ceremonia de graduación virtual en honor a personas como él: los estudiantes indocumentados de la clase de 2020.

Su historia es similar a la de muchos otros jóvenes inmigrantes llevados a Estados Unidos cuando en la infancia. Nacido en Culiacán, México, una ciudad plagada de violencia por drogas y corrupción, entró en el país con su madre y su hermano con un visado de turista en 2006, cuando una desagradable batalla contra la inmigración ilegal se libraba en Arizona y más allá.

Joe Arpaio, entonces el alguacil del extenso condado de Maricopa, que tiene su sede en Phoenix, envió un grupo de voluntarios a recorrer el desierto en busca de migrantes y de los guías que los habían llevado a escondidas a través de la frontera. Los votantes, que ya habían declarado el inglés como idioma oficial del estado, declararon ilegal la matrícula estatal en los colegios y universidades de Arizona para los inmigrantes indocumentados. En el Congreso, los legisladores debatieron un proyecto de ley que habría convertido en delito el ingreso ilegal de inmigrantes en el país.

El mensaje era claro: no pertenecían.

Pero a la madre de Ángel le gustó lo que encontró: escuelas amenas, calles limpias, vecindarios seguros y una cantidad de posibilidades y esperanza que ni siquiera sabía que existía.

Ángel tenía 4 años cuando llegó a Arizona. Creció con miedo.

“Una vez, mi madre tuvo un accidente de auto”, me dijo Ángel cuando nos conocimos, días antes de la ceremonia de graduación organizada por Aliento, una organización de liderazgo y desarrollo emocional dirigida por jóvenes inmigrantes para jóvenes inmigrantes, donde él era un becario. “Cada vez que veo a la policía, incluso ahora, mi corazón se salta un latido, de verdad, cada vez, porque en mis ojos, siento que su propósito es solo atraparme”.

Era un estudiante de sexto grado en ascenso cuando el presidente Barack Obama creó el Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, o DACA por su sigla en inglés, en 2012, que les daba a ciertos jóvenes inmigrantes indocumentados permiso temporal para vivir y trabajar en Estados Unidos. Pasó por la primaria esperando el día en que pudiera solicitar su ingreso al programa, pero el gobierno de Donald Trump rescindió el programa antes de que eso pudiera suceder.

Su madre le dijo: “No vayas a la universidad. Es un desperdicio de dinero. No podrás trabajar después”.

Ángel tenía todas las razones para darse por vencido, pero no lo hizo, ni siquiera después de que una pandemia global le robara a la clase de 2020 las tradiciones de una graduación de bachillerato en persona, y no después de que la muerte de otro hombre negro en manos de la policía magnificara ese peso inextricable en las vidas de los graduados indocumentados: el miedo.

Se espera que casi 100.000 estudiantes indocumentados se gradúen de bachillerato en Estados Unidos este año, unos 2.000 de ellos en Arizona. “Inspiradores y resistentes” es como Reyna Montoya, la fundadora de Aliento y beneficiada de DACA, los describió. “A pesar de que se les han cerrado tantas puertas en su cara”, dijo, “están descubriendo nuevos caminos, nuevas soluciones, nuevas formas de ser ellos mismos. Eso, para mí, es la esencia del espíritu humano”.

Contacté a Ángel porque ante tanta ira y desesperación, necesitaba sentirme inspirada. También quería entender de dónde viene su resistencia. Ambos somos inmigrantes. Nuestras pieles tienen el color del caramelo. Nuestros nombres tienen un toque de alteridad, aunque es un signo que también puede representar el sonido del futuro en un Estados Unidos que cambia rápidamente.

“¿Qué te hace seguir adelante?”, le pregunté cuando nos conocimos en la misma aula virtual donde había enseñado las últimas semanas del semestre de primavera.

Ángel se encogió de hombros, como si ir fuera su única opción. “Mi objetivo es ir a la universidad. Por eso estoy aquí. Por eso estoy en Estados Unidos. Estoy en Estados Unidos para ser mejor”, dijo. “Sé que la financiación del gobierno y el hecho de ser de escasos recursos no bastarán. Así que me dije a mí mismo, voy a dar la mejor impresión con mi historial. Voy a unirme a todos los clubes. Voy a ocupar posiciones de liderazgo. Voy a unirme a todas las clases de honor, a todas las clases de nivel avanzado, a ser el mejor estudiante que pueda ser”.

Hizo todo eso y más, un poco antes de que las clases se hicieran en línea y un poco después. El cambio, dijo, no parece haberle golpeado a él y a sus compañeros indocumentados tan fuerte como a los ciudadanos estadounidenses, “tal vez porque hemos estado luchando contra esa incertidumbre toda nuestra vida”.

La adversidad tiene muchas caras, lo sé. Puede ser que hayas perdido un trabajo o que hayas perdido la casa en la que vivías. Puede ser que hayas perdido un padre, como mi hija hace dos años, cuando mi marido murió de cáncer de páncreas. Tan tristes como estábamos (todavía lo estamos), nos aferrábamos (todavía nos aferramos) a la posibilidad muy real de que las cosas mejoren algún día. Por difícil que sea a veces, nunca se ha sentido tan permanente como el predicamento de millones de jóvenes inmigrantes como Ángel, que no tienen permisos oficiales, y de los que se aferran al escudo provisional que es DACA, cuyo destino deberá decidir la Corte Suprema en cualquier momento.

El día que Ángel y yo hablamos, escribí frases al azar en un bloc de notas amarillo mientras me contaba sobre el fondo de becas que comenzó en su tercer año de bachillerato para ayudar a los estudiantes indocumentados que temía que se quedaran atrás, como sucede a menudo; el programa que dirigió para retirar a los agentes de seguridad del campus de Metro Tech y, con ello, la amenaza de deportación como castigo por mal comportamiento; y las 40 becas a las que se postuló, lo que resultó en suficientes premios para cubrir sus costos en la Universidad Estatal de Arizona, donde estudiará Ingeniería Biomédica en el otoño.

Después de nuestra reunión, miré el cuaderno de notas. Las frases aleatorias que había escrito equivalían a una lista de consejos prácticos.

Número 1: No te obsesiones con la negatividad.

Número 2: Concentra tus energías en algo que te interese profundamente.

Número 3: Sé estratégico.

Número 4: Cree.

Escribí el número 5 mientras lo veía hablar en la ceremonia de graduación virtual desde mi casa en el lado opuesto de Phoenix, una zona que es más blanca, aunque no menos estadounidense que el lado en el que él vive: “Acepta quién eres”.

Esto es lo que dijo: “A pesar de lo difícil que sea creerlo, tú no eres tus dificultades, tú no eres tus expectativas y, ciertamente, no eres tu estatus indocumentado. Lo que eres es un tesoro de potencial: nunca se ha tratado de las circunstancias en las que naces, sino de las oportunidades que te das a ti mismo. Por lo tanto, tenemos que ser los que demos un paso adelante, no solo para ver que nuestras familias y comunidades estén a salvo, sino para asegurarnos de que las brechas se cierren”.

Es un mensaje que se siente especialmente significativo en estos días.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company