Opinión: Protegiendo a las mariposas monarca

Alexis Okeowo and Katie Orlinsky
Mariposas monarca en el Santuario El Rosario de la Reserva de la Biósfera de la Mariposa Monarca en Michoacán, México, en febrero de 2020. (Katie Orlinsky/The New York Times)
Mariposas monarca en el Santuario El Rosario de la Reserva de la Biósfera de la Mariposa Monarca en Michoacán, México, en febrero de 2020. (Katie Orlinsky/The New York Times)

EL CAMBIO CLIMÁTICO Y LA VIOLENCIA EN MICHOACÁN PONEN EN PELIGRO LA RESERVA DE LA BIÓSFERA DE LA MARIPOSA MONARCA EN MÉXICO.

Subir a la Reserva de la Biósfera de la Mariposa Monarca, entre Michoacán y el Estado de México, a una altitud de alrededor de 3000 metros sobre el nivel del mar, puede ser abrumador. Los destellos anaranjados alcanzan el rabillo de tu ojo, revolotean por tus hombros y se dispersan hacia el cielo; de repente te iluminan el rostro y te agitan el cabello y las pestañas; entonces te das cuenta de que estás rodeado.

Las mariposas colman el horizonte, recubren el sendero y hacen vibrar las hojas verdes de los árboles en donde se anidan. Vuelan en círculos y chocan con los visitantes, a quienes se les pide permanecer lo más tranquilos que puedan para no perturbar a los frágiles insectos.

Cada noviembre, la reserva comienza a recibir a cientos de millones de mariposas monarca, que hacen una travesía de varios miles de kilómetros desde los Estados Unidos y Canadá para escapar de los meses más fríos del año. Sin embargo, estas mariposas y su espectacular migración están en riesgo de extinguirse debido al aumento de las temperaturas y las sequías causadas por el cambio climático; la pérdida de su hábitat y la erradicación de las asclepias, las plantas que nutren y albergan sus huevos; y los pesticidas tóxicos.

La reserva es percibida por los conservacionistas y los guías que trabajan allí como un refugio tanto para las mariposas como para las comunidades vecinas. A pesar de que Michoacán es uno de los estados más violentos del país por la presencia de carteles del crimen organizado, los residentes de los pueblos dentro del área de la reserva dijeron que, por lo general, siempre se habían sentido seguros.

Pero la ilusión de paz ha sido destruida. Este año, Raúl Hernández Romero, un guía de santuarios de mariposas monarca, y Homero Gómez González, un político local y administrador de uno de los santuarios, fueron encontrados muertos con pocas semanas de diferencia. Los hombres habían dedicado sus vidas a la protección de las mariposas monarca.

Los defensores ambientales en México y en todas partes de América Latina cada vez sufren más amenazas o ataques de grupos criminales, en especial cuando obstaculizan los intereses comerciales de esos grupos en la explotación forestal y agrícola.

De acuerdo con el Centro Mexicano de Derecho Ambiental, 21 activistas ambientales fueron asesinados en 2018. Otra evaluación de la Red Nacional de Organismos Civiles de Derechos Humanos “Todos los Derechos para Todas y Todos” reveló que otros 21 fueron asesinados el año pasado. Los asesinatos han arrojado luz sobre las dificultades que viven principalmente las comunidades indígenas pobres para conservar sus entornos.

Gran parte de la reserva de mariposas está dividida en varias secciones, cada una gestionada por una comunidad llamada ejido, un tipo de propiedad colectiva de la tierra en la legislación mexicana.

“Lo que nos interesa es ocuparnos de nosotros mismos, ser autónomos”, afirmó Paulino Guzmán González, un guía del Santuario El Rosario de la Mariposa Monarca, una de las secciones. El Rosario es un ejido de alrededor de mil personas ubicado en las montañas de Michoacán. Los miembros del ejido se desempeñan como guías y realizan otros trabajos en el santuario.

Una vez que culmina la migración de las mariposas y la afluencia de turistas se detiene (llegan hasta 150.000 en una temporada), los residentes realizan trabajos de reforestación para el gobierno por unos 200 pesos (8 dólares) al día, así como trabajos ocasionales de tala aprobada por el Estado, igual de mal remunerados. Muy a menudo, migran a Ciudad de México o a los Estados Unidos en busca de empleos.

El gobierno mexicano y organizaciones internacionales como el Fondo Mundial para la Naturaleza apoyan y presionan a los ejidos para que protejan su hábitat, y los residentes lo hacen de buena gana, sembrando árboles nuevos y atendiendo a los más viejos y enfermos. Como bien lo expresó un miembro del ejido: “Necesitamos al bosque para sobrevivir”.

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This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company