Opinión: El problema que comparten Europa y Estados Unidos

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El presidente Biden, al centro, con otros líderes del Grupo de los 7 en Elmau, Alemania, el domingo. (Kenny Holston para The New York Times)
El presidente Biden, al centro, con otros líderes del Grupo de los 7 en Elmau, Alemania, el domingo. (Kenny Holston para The New York Times)

DEPENDER DE ESTADOS UNIDOS AL FINAL ES UNA PROPUESTA PERDEDORA.

BRUSELAS — El presidente Biden está en Europa y en todos lados se habla de unidad. En la reunión del Grupo de los 7 en Baviera, Alemania, los líderes se felicitaron por sus decisiones de los últimos meses y reiteraron su apoyo a Ucrania. Incluso se dieron el tiempo de tomarse una “foto familiar”, la fotografía grupal —a menudo incómoda— de los líderes mundiales. En la cumbre de la OTAN en Madrid, que comenzó el martes, podemos esperar más de lo mismo.

Esa atmósfera de autocomplacencia es bastante nueva. Hace tan solo tres años, el presidente francés, Emmanuel Macron, declaró que la OTAN, desgastada por intervenciones fallidas en Libia e Irak, dividida internamente sobre su futuro y azotada por las burlas de Donald Trump, sufría “un coma cerebral”. Ahora el panorama es completamente distinto. Cuatro meses después de la invasión rusa de Ucrania, la OTAN se erige como un baluarte revitalizado contra la agresión rusa. Los líderes europeos de todo el continente, decididos a unirse, hablan con confianza de un propósito común.

Sin embargo, a pesar de toda la conversación sobre la determinación europea, los últimos meses han subrayado algo más: que el continente depende de Estados Unidos para resolver sus problemas de seguridad. Eso no es nada nuevo, por supuesto. En muchos sentidos, es el papel que ha desempeñado Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, puesto que se ha encargado de asegurar que Europa opere tras el escudo militar de Estados Unidos, aun después del colapso de la Unión Soviética en 1991.

Pero, si bien este enfoque puede salvar a los líderes de tener que tomar decisiones políticamente difíciles a corto plazo, al final es una propuesta perdedora. Estados Unidos, enfrascado en problemas internos y cada vez más concentrado en el reto que le supone China, no puede supervisar a Europa para siempre. Además, Europa, frente a una Rusia hostil y revisionista, necesita cuidarse sola.

Esas críticas podrían sonar contradictorias. Después de todo, Europa ha hecho grandes avances en materia de defensa en los últimos meses. Esto es más visible en Alemania, donde el gobierno se comprometió a invertir 100.000 millones de euros, o 106.000 millones de dólares, más en defensa durante los próximos años, un cambio tan profundo que la prensa alemana ha adoptado el término que usa el canciller Olaf Scholz para describirlo: “Zeitenwende”, o punto de inflexión. Otros países, entre ellos Italia, Rumania y Noruega, también se han comprometido a aumentar ese tipo de gasto considerablemente. Estos cambios echan abajo la queja común de que los Estados europeos, pusilánimes y tacaños, son “oportunistas” que dependen de la generosidad militar de Estados Unidos para garantizar su protección.

Sin embargo, si los Estados europeos están aliviando su problema de oportunismo, padecen algo quizá más intratable: un problema de acción colectiva. En pocas palabras, los intereses e inclinaciones individuales de los 27 miembros de la Unión Europea, cuyos países abarcan varios miles de kilómetros de territorio, dificultan que se forje un plan de acción común. Eso sucede en muchos temas, como la reforma económica y el papel del poder judicial, pero tal vez sea especialmente grave en lo referente a la política militar y de defensa.

Esto se puede aplicar tanto a la OTAN, de la cual todos los integrantes de la Unión Europea, excepto seis, son miembros, como a la Política Común de Seguridad y Defensa de la misma Unión Europea. En efecto, un desacuerdo central gira en torno a si la expansión de las capacidades de defensa de la UE en realidad socavaría a la OTAN en lugar de fortalecerla. Para evitar esas preocupaciones, muchos abogan por una división de labores, ya sea de acuerdo con la geografía o con base en capacidades militares específicas. Sin embargo, la relación precisa entre ambas sigue siendo una pregunta sin respuesta.

De manera más profunda, existen grandes diferencias en la percepción y priorización de las amenazas. Los Estados de Europa Central y del Este más cercanos a Rusia lógicamente ven a ese país como la mayor amenaza. En sitios más lejanos, otros problemas cobran mayor importancia. Alemania y los países del norte de Europa se preocupan por el terrorismo; Francia se concentra en el extremismo y los disturbios en las antiguas colonias africanas como Malí; a Grecia e Italia les preocupan la política de refugiados y la seguridad marítima en el Mediterráneo.

Se podría pensar que una gran conmoción geopolítica como la guerra en Ucrania habría hecho que surgiera un “Zeitenwende” en toda Europa: un momento para considerar estas cuestiones difíciles y negociar concesiones que permitieran lograr avances. Y en las primeras semanas de la guerra en Ucrania, muchas de esas divisiones se borraron debido a la conmoción y el horror, y los países se unieron en gran medida en su respuesta a la guerra.

No obstante, en los meses posteriores, estas divisiones han resurgido y se han manifestado en nuevas maneras. Algunos países, sobre todo Francia, Italia y Alemania, están hablando de formas de llegar a un acuerdo de paz en Ucrania, aun cuando continúan enviando armas y fondos. Sin embargo, las encuestas en Polonia sugieren que no apoyará la paz hasta que Rusia sea debidamente castigada. A la Unión Europea, frenada por la necesidad de llegar a un consenso, le ha costado seguir el ritmo. Su muy esperada Brújula Estratégica, un documento estratégico publicado después del inicio de la guerra, es un texto lleno de palabras de moda que promete un “avance cuántico” en materia de defensa, pero hace poco por acabar con esas divisiones en la práctica.

En ausencia de un consenso continental, el pegamento que mantiene unida la seguridad europea es Estados Unidos. Desde febrero, la relación transatlántica ha vuelto a una postura cómoda: Estados Unidos proporciona personal fundamental y armamento de alta tecnología, lo que evita que otros miembros de la OTAN tengan que comprometer recursos sustanciales o tomar decisiones difíciles sobre defensa conjunta.

En el aspecto político, la presencia de Estados Unidos tranquiliza a los miembros de la OTAN en Europa del Este, ya que estos se han dado cuenta desde febrero de que las naciones de Europa Occidental no están tan dispuestas a adoptar una línea dura con Rusia, al tiempo que permite que Alemania lidere Europa sin asumir un costo financiero y militar demasiado alto. Los desacuerdos subyacentes no han desaparecido, pero mientras haya soldados y armamento estadounidenses en el continente, los Estados europeos podrán gozar de todos los beneficios sin ninguna de las responsabilidades.

Es comprensible que los líderes europeos no quieran involucrarse en luchas políticas punitivas en un momento difícil. Además, quizá sea fácil asumir, con 100.000 soldados estadounidenses en Europa, que el compromiso de Estados Unidos con la seguridad europea es inviolable. Sin embargo, no debemos olvidar tan fácilmente los años del gobierno de Trump. El compromiso de Estados Unidos con la defensa de Europa, supervisado por Biden, puede parecer seguro hoy. Pero con las crecientes amenazas en Asia y la agitación en la política interna de Estados Unidos, lo más probable es que sea solo cuestión de tiempo que eso cambie.

Si regresa a la presidencia, es posible que Trump cumpla con sus amenazas de retirar a Estados Unidos de la OTAN. Incluso algunos de sus compatriotas menos extremistas cuestionan el papel de Estados Unidos en la defensa europea; en mayo, once senadores republicanos votaron en contra de enviar más ayuda militar a Ucrania. También hay un consenso creciente en Washington de que se necesita urgentemente a Estados Unidos en el Indo-Pacífico para lidiar con la amenaza que supone China. Hasta en el mejor de los casos, con un gobierno en Washington que siga comprometido con Europa, existe el riesgo de que una crisis en otro lugar dé como resultado una retirada apresurada, lo que dejaría a los Estados europeos en una encrucijada.

Es posible que los líderes estadounidenses y europeos pasen los próximos días alabando la recuperación milagrosa de la alianza transatlántica. No obstante, lejos de ser una panacea, el apoyo de Estados Unidos equivale a una venda adhesiva que intenta cubrir los mayores desacuerdos de Europa en materia de defensa. Para estar realmente unidos, los líderes europeos deben empezar a trabajar arduamente para resolver estas diferencias y poder arrancarse la venda adhesiva.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times a>.

© 2022 The New York Times Company

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