Opinión: La pregunta que Michael K. Williams me hizo antes de todas las temporadas de 'The Wire'

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AL IGUAL QUE OMAR LITTLE, EL ACTOR PUSO SU HERMOSA MENTE AL SERVICIO DE UNA TAREA QUE HASTA LOS MEJORES GUIONISTAS Y CREADORES DE PROGRAMAS SUELEN EVITAR.

La segunda temporada de nuestro incipiente drama de HBO ambientado en Baltimore no había filmado su primer fotograma cuando uno de los miembros principales del reparto apareció en las oficinas de los guionistas, con los libretos en la mano, para manifestar su decepción.

“¿Por qué estamos haciendo esto?”, preguntó Michael K. Williams.

La primera temporada de “The Wire”, en la que Mike había hecho su primera y magnífica interpretación de Omar Little, un ladrón independiente y guerrero de la calle, se había desarrollado casi en su totalidad en los barrios negros más pobres de Baltimore. Ahora, en la nueva temporada, la historia se había trasladado al mundo de la clase trabajadora, en el que predominan las personas blancas, del puerto de Baltimore. Mike no era el único actor de color angustiado por los nuevos guiones, pero sí fue el único que tuvo el valor de entrar a la oficina del creador, escritor y productor de la serie.

Al principio, malinterpreté la profundidad de la queja de Mike, asumiendo, como suele ocurrir, que un actor se limitaba a decir los diálogos de su personaje y a esperar que se le diera más tiempo en pantalla.

No era la primera vez que no estaba a la altura de Michael K. Williams, el hombre cuya repentina muerte a los 54 años el 6 de septiembre nos privó de uno de los actores más cuidadosos y comprometidos de nuestra época. Para ser honesto, interpreté mal al hombre desde el principio, mi colega guionista, Ed Burns, fue el primero que notó la interpretación que Mike hizo de Omar en una cinta de entre dos decenas de audiciones en Nueva York un año antes.

“Hay un tipo ahí que tiene una increíble cicatriz en toda la cara, y su presencia es sencillamente extraordinaria”, insistió Ed. “Tienes que verlo”.

Con la esperanza de utilizar el arco narrativo de Omar para atraer a un actor conocido y de popularidad consolidada, revisé sus trabajos previos y fruncí el ceño: no había hecho gran cosa. Pero cuando Ed no cedió, vi la cinta de la audición con cuidado y Mike se quedó con el papel.

Ahora, en la oficina de los guionistas, volví a subestimar al hombre, dando por hecho que la queja era por ambición profesional. Empecé a explicar que, sí, Omar perdería algo de tiempo en pantalla esta temporada, pero que a medida que la historia se desarrollara...

Mike me interrumpió. “No estoy aquí por mi tiempo en pantalla. Solo quiero saber por qué estamos haciendo esto. ¿Por qué está cambiando el programa?”.

Insistió en su argumento: “Me refiero a que hay tantos programas de televisión y decidimos hacer uno sobre personajes negros y escrito para un público negro. Y ahora, es como si nos alejáramos de eso”.

Para Mike, en ese momento, éramos los guardianes blancos de un drama pocas veces visto en el que la mayoría del reparto eran personas de color en el mundo de la televisión estadounidense, en su mayoría compuesto por gente blanca, y sentía que nos estábamos apartando de esa responsabilidad única.

Estaba haciendo una pregunta importante. Para responder, tuve que hacer una pausa y replantear mis ideas, para darle una respuesta honesta, la que menos posibilidades tenía de complacer a un actor con hambre de triunfar. Le dije que nunca habíamos concebido “The Wire” como un drama para audiencias afroestadounidenses, ni siquiera como un drama cuya temática central fuera la raza. Queríamos hablar de cómo el poder y el dinero se canalizan en una ciudad estadounidense, y siendo de Baltimore, una metrópolis mayoritariamente negra, solo habíamos plasmado la ciudad en la que está ambientada la historia.

Y una verdad mayor, argumenté, es que, si ahora no ampliamos el campo de visión de la serie más allá de lo que ocurre en las calles del oeste de Baltimore, seguiremos siendo un drama de policías y ladrones, de procedimientos policiales. Pero si exploramos el resto de la ciudad (con su frágil clase trabajadora, su mundo político, sus escuelas, su cultura mediática) entonces tendremos la oportunidad de decir algo más”.

“Queremos tener un argumento más amplio sobre lo que ha salido mal. No solo en Baltimore, sino también en otros lugares”.

Mike pensó en esto durante un largo momento. Mientras esperaba su respuesta, me seguía preocupando que todo se redujera al trabajo de su personaje. Había hecho cosas maravillosas con Omar —la primera temporada había terminado con su sonrisa y el cañón cavernoso de una pistola de gran potencia— y quizá se encontraba a un buen arco argumental de elevar a su personaje a la categoría de estrella. Con la ventaja que ya había adquirido, Mike podría haberse sentado ahí e insistir en que los guionistas embellecieran cada uno de sus arcos narrativos.

En cambio, se levantó, enroscó los primeros guiones de la segunda temporada en su mano, asintió e hizo una última pregunta:

“¿Qué es todo eso del puerto? ¿Qué vamos a decir?”.

Tiene que ver con la muerte del trabajo, le dije. Cuando el trabajo legítimo muere en una ciudad estadounidense, argumenté, y la última fábrica que queda en pie son las esquinas de la droga, entonces todo el mundo se va a una esquina.

“Si hacemos esta temporada, también dejaremos claro en el futuro que la cultura de la droga no es una patología racial, sino que tiene que ver con la economía y el colapso de la clase trabajadora, tanto entre las personas de color como entre las blancas”.

Mike salió de la oficina de los guionistas ese día y se puso a trabajar, tejiendo más profundidad y matices en un personaje que acabó por ser icónico y atemporal. Y a partir de ese momento, sus preguntas sobre nuestro drama y sus propósitos fueron las de alguien que comparte todo el viaje. Se convirtió en una especie de ritual para nosotros: al comienzo de cada temporada, Michael K. Williams entraba a la oficina de los guionistas y se sentaba en el sofá.

“Entonces”, preguntaba, “¿qué vamos a decir este año?”.

Nos hizo un regalo asombroso: un acto de fe de un magnífico actor que podría haber hecho las cosas de una manera muy distinta. La televisión suele perseguir a su audiencia: si les gusta Omar, les das más Omar. Si no pueden dejar de mirar a Stringer, escribes más sobre Stringer. No importa la historia ni el tema.

En cambio, Mike puso su hermosa mente al servicio de una tarea que incluso los mejores guionistas y creadores de programas suelen evitar. Pensó en toda la historia, en la obra en su totalidad.

Tal vez más que cualquier otra persona de ese talentoso reparto, llegué a confiar en Mike para que fuera el portavoz de nuestro drama y de sus propósitos, para que se sintiera orgulloso en lo personal de todo lo que estábamos intentando hacer, por improbable que fuera. A medida que pasaba el tiempo y se sumaban más temporadas, Mike se volvía cada vez más político, y en las entrevistas abordaba cuestiones sociales y políticas, con argumentos que iban mucho más allá del arco narrativo de Omar.

“Empecé a darme cuenta de que no se trataba de mí”, dijo una vez Williams en una entrevista, en la que recordó su trayectoria. “Tenía todo que ver con... simplemente un gran tapiz, esta gran narrativa de temas sociales... cosas que están mal en nuestro país”.

Ver a Mike reflexionar sobre nuestro trabajo de esa manera me dejó el más profundo orgullo por nuestra colaboración, por las promesas cumplidas y los propósitos compartidos. “The Wire”, le dijo al entrevistador, “fue una carta de amor a nuestra nación. Como un plan de acción que mostraba dónde estamos rotos”.

Sí, había algunos demonios. Sí, entregarse tan completamente a un personaje tan vibrante como Omar y luego tener que alejarse de esa exquisita creación después de cinco años tuvo su precio. Todos nosotros percibimos atisbos de su dolor.

En una ocasión, años después, estaba dirigiendo otra serie en Nueva Orleans y se me ocurrió la idea de patrocinar una batalla de bandas con fines benéficos en la que músicos de Nueva Orleans y Baltimore (bandas de música, conjuntos funk, agrupaciones go-go) intentarían conquistar el escenario del auditorio Tipitina’s. Wendell Pierce, un actor originario de Nueva Orleans, se encargaría de presentar cada número del programa en su personaje de “Treme”. Le pedí a Mike que tomara un avión, casi sin previo aviso, y presentara a las bandas de Baltimore como Omar Little. Y él estuvo allí cuando se lo pedí.

Durante unas horas, le vi encarnar ese personaje por última vez. Cuando terminó, nos quedamos de pie fuera del club, y vi cómo descendía un peso mientras volvía a convertirse en Michael de Flatbush, el profesional amable, autosuficiente y totalmente comprometido que nunca desperdiciaba su tiempo frente a una cámara, pero que, de alguna manera, nunca quedaba satisfecho con esa gran habilidad que, como entendí con el tiempo, siempre buscaba que significara más.

“¿Era eso lo que querías?”, preguntó. “¿Salió bien?”.

Me sentí apenado de haberle pedido un último favor desinteresado a mi amigo. Pero él me apoyaba. Siempre. Junto con el talento, el encanto y la honestidad, también echaré de menos esa parte.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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