Opinión: La postura de una mujer de Gaza sobre Hamás: 'No es complicado'

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TODOS LOS PALESTINOS TIENEN DERECHO A LA AUTODEFENSA CONTRA LA CONTINUA AGRESIÓN DE ISRAEL.

Cuando tenía 9 años, las Fuerzas de Defensa de Israel me dispararon. La mayoría de las personas con las que crecí en Gaza pueden contar una historia similar: algún incidente del que se salvaron de milagro, un enfrentamiento directo con un bombardeo mortal, una masacre. La mía no tiene nada de especial.

Fue en 1992, durante la primera intifada; iba camino a casa del turno vespertino de una escuela sobrepoblada para refugiados. En aquellos días, era habitual ver escenas de desafío y enfrentamiento frente a la entrada de la escuela, entre los vehículos militarizados israelíes que hacían su ronda y los niños de la escuela secundaria cercana. Para mi yo de 9 años, los enfrentamientos eran un gran inconveniente.

Mi programa favorito, la telenovela estadounidense “The Bold and the Beautiful”, empezaba diez minutos después de mi última clase, en el Canal 2 de Israel. Todo el día esperaba ese momento, para ver mi programa antes de que mi padre, a quien no le gustaba nada que lo viera, llegara de la clínica donde trabajaba.

Tenía que cruzar la calle para llegar a casa. Aquel había sido un día escolar cualquiera: los jeeps israelíes a mi derecha, los estudiantes a mi izquierda. Se habían montado barricadas, había neumáticos incendiándose, un humo negro y espeso inundaba el aire. Los disparos eran frecuentes. Esperé lo que me pareció una pausa bastante larga y luego crucé corriendo. Escuché el estallido al mismo tiempo que sentía una sensación de ardor en la pantorrilla. Me desmayé con la imagen de Ridge y Brooke, los protagonistas de la serie, reuniéndose por fin.

Un vecino me llevó al hospital. Por suerte, la herida no era grave: solo era un disparo de refilón, una simple herida superficial. Pero el dolor fue inmenso durante semanas. Nunca llegué a ver ese episodio.

Ahora es 2021, y llevo 12 años viviendo en el Reino Unido, felizmente casada y con dos hijos pequeños. Fui, y soy, afortunada. Más que afortunada. Al despertarme cada mañana durante la mayor parte de las últimas dos semanas para revisar las listas actualizadas de muertos y echar un vistazo a las fotos de mi antiguo barrio, la escuela, los edificios de la universidad y los lugares de mi infancia destruidos, me pregunté: ¿Por qué a la gente le cuesta tanto trabajo entenderlo? El hogar es un concepto universal, ¿no? Solo se tiene un hogar y es valioso. Entonces, ¿por qué hay gente que sigue diciendo de manera rotunda que la situación en Gaza es complicada o que se trata de religión? Para muchos de nosotros, no es ninguna de estas cosas.

Y tampoco tiene que ver con Hamás.

El anuncio del presidente Biden del cese al fuego del viernes hizo énfasis en los esfuerzos diplomáticos que se llevaron a cabo con Israel, la Autoridad Palestina en Cisjordania y Egipto, como mediador. Dijo que Gaza tenía que reconstruirse con ayuda internacional y que “haremos esto en plena colaboración con la Autoridad Palestina —no con Hamás, con la Autoridad— de tal manera que Hamás no pueda reabastecer su arsenal”. Sin embargo, al excluir de manera tajante a Hamás, el gobierno de Biden solo perpetúa el mito de que Hamás es el principal problema.

Hamás fue electo de manera democrática —en las elecciones que el gobierno de Bush le impuso a Gaza en 2006 con la ingenua suposición de que el partido secular dominante, Fatah, ganaría, con el liderazgo del autócrata nombrado por Estados Unidos allí, Mohammed Dahlan. Años de corrupción —por no hablar de tortura y vejaciones a los derechos humanos— hicieron que muchos habitantes de Gaza perdieran la fe en Fatah para entonces y no estuvieran dispuestos a votar como quería Washington. Hamás había sido un movimiento de resistencia islámica militante, que emanó, a finales de la década de 1980, en parte de la ocupación israelí de Gaza, y como era un partido muy religioso, muchos supusimos que al menos sería menos corrupto.

Por desgracia, en Gaza no hay elecciones cada cuatro años y la victoria de Hamás fue algo que los residentes de Gaza pronto aprendieron a lamentar. Quienes critican al gobierno suelen ser golpeados, a veces casi hasta la muerte, ylas libertades se restringen. Sin embargo, no hemos tenido la posibilidad de votar para sacar a Hamás del poder; la última elección que tuvimos se celebró en 2006.

A los israelís les cayó como anillo al dedo. Hamás, con su mano de hierro y ataques con misiles, es el culpable idóneo. Su popularidad ha disminuido desde 2006, aunque en tiempos recientes ha aumentado, pero, de hecho, también eso es irrelevante. Lo que los palestinos piensen de Hamás no tiene nada que ver con lo que piensan del derecho a una resistencia legítima. Y la mayoría de nosotros creemos en esto último. ¿Quién en nuestra situación no lo haría?

Sabíamos que los desvencijados cohetes que se dispararon desde Gaza eran todo lo que las Fuerzas de Defensa de Israel y el primer ministro Benjamín Netanyahu necesitaban para desviar la atención pública hacia la autodefensa israelí y alejarla de los daños infligidos a los palestinos. Hamás no nació ayer. Y la provocación que desató todo esto, la expulsión de palestinos de sus hogares en Jerusalén Este, no fue solo una provocación. Fue un ataque a lo último que quedaba de todo aquello por lo que los palestinos hemos luchado: nuestro hogar.

Cientos de miles de palestinos viven en campamentos de refugiados, muchos de ellos en otros lugares del Medio Oriente, donde con frecuencia renuncian a los derechos de ciudadanía en ese segundo país y transmiten su condición de apátridas a sus hijos y nietos en nombre de una cosa: el hogar. Ningún gobierno palestino elegido en este momento va a olvidar eso y a doblar las manos solo porque un aspirante a pacifista internacional quiere que lo haga, para que haya una oportunidad fotográfica de éxito en el Jardín de las Rosas. Eso ya se hizo.

Si otro partido que no fuera Hamás estuviera en el poder en Gaza, podría haber presionado con el fin de conseguir apoyo internacional para los palestinos de Jerusalén Este, unos días o semanas antes de lanzar cohetes contra Israel. Pero, en última instancia, al ver que sus compatriotas se quedaban sin hogar, una y otra vez, ese partido se habría visto forzado a unirse a la lucha o se habría vuelto tan impopular por no involucrarse que tendría que dejar el poder. Por eso, centrarse en Hamás es no entender nada y reforzar el mito de que el conflicto es, de alguna manera, sobre ese grupo. El conflicto tiene que ver con la ocupación israelí.

Centrarse en Hamás es también suavizar el conflicto y, de ese modo, convertirse en cómplice. Permite que la gente manifieste su simpatía por los ciudadanos palestinos mientras culpa a unos cuantos de la cúpula del gobierno palestino. Pero todos los palestinos tienen derecho a la autodefensa frente a la continua agresión de Israel; la resistencia legítima no puede ser un derecho exclusivo para los palestinos que solo creen en la autodefensa no violenta, no frente a la violencia que soportamos. Nosotros, los palestinos, estamos juntos en esto.

Que otros finjan que Israel está librando una guerra contra Hamás, en lugar de contra todos los palestinos, es lo que permite que el tipo de ataques y crímenes de los últimos días se repitan cada cierto tiempo.

Y ahora, si el cese al fuego se mantiene, la espectacular violencia de las dos últimas semanas desaparecerá del ciclo de noticias mientras los palestinos vuelven a sufrir, en su mayoría fuera de los reflectores, la violencia en cámara lenta de la continua opresión de Israel: su bloqueo de Gaza, su militarización de Cisjordania, más desalojos de palestinos.

En la infancia, uno de nuestros juegos favoritos era “shuhada’a”. Era parecido a jugar a los “doctores y enfermeros”: había un niño que no tenía que hacer nada. Pero “shuhada’a” significa “mártires”, y en nuestro juego, uno de nosotros se quedaba acostado sin moverse como si estuviera en un ataúd mientras los demás lo cargaban en hombros y cantaban “Filistin Hurra” (Liberen Palestina).

¿Qué se puede esperar de un pueblo al que se le dispara de niño y al que solo se le da una prisión, o un campamento, para vivir de adulto, en lugar de su hogar? No es complicado.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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