Opinión: ¿La política puede rescatar al cristianismo?

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Esta ha sido una temporada de Adviento turbulenta en nuestra parroquia católica. Mi familia y yo asistimos a una iglesia en New Haven, Connecticut, St. Mary’s, que estuvo al cuidado de los frailes dominicos durante 135 años. Pero ese ya no es el caso porque la Arquidiócesis de Hartford decidió que para sus planes de consolidar las parroquias de New Haven —una serie de iglesias encantadoras cada vez menos concurridas en barrios que ya no son muy católicos— era necesario utilizar St. Mary’s y su residencia adjunta como centro para los sacerdotes de la arquidiócesis, por lo que también era necesario cambiar a los dominicos a otra parte.

Esa orden, para la que nuestra iglesia ha sido un hogar durante generaciones, prefería no ser desplazada a otro lugar. Así que después de una negociación llevada a cabo con un estilo muy católico —lo que significa que a los feligreses casi no se les informó lo que ocurría—, recibimos el anuncio de los altos mandos de que nuestros sacerdotes simplemente se irían.

Fue una experiencia bastante brutal, pero espero que nuestra iglesia sobreviva al trauma y prospere con sus nuevos pastores. Sin embargo, el resultado parece un disparate para la arquidiócesis. La dolorosa consolidación de parroquias refleja, entre otras cosas, la creciente escasez de sacerdotes. No obstante, la orden de los dominicos en el este de Estados Unidos está floreciendo con muchos sacerdotes y vocaciones. Entonces, como parece probable, si la mayoría de los dominicos se van de Connecticut, haberse quedado con una iglesia particularmente encantadora y bien situada le costará a la arquidiócesis exactamente lo que más necesita: ministros de los sacramentos y predicadores del evangelio.

Esta experiencia personal ha venido a confirmar mi sensación general de que los líderes de mi fe no tienen —¿cómo decirlo compasivamente?— una idea clara de lo que están haciendo. Están en una posición difícil, lidiando con el declive y la transformación, pero, aun si se les juzga con benevolencia, están fracasando.

Y creo que la situación está empeorando. Incluso en comparación con hace diez años, el liderazgo cristiano oficial de la actualidad parece más desorientado, más subsumido en las identidades partidistas —la “derecha cristiana” como compañera de viaje de las paranoias populistas, la “izquierda cristiana” como servidora del revivalismo secular del progresismo— y más desconcertado sobre cómo manejar la continua realidad de la desafiliación cristiana, las versiones más amplias de nuestros dilemas de Connecticut.

En el cristianismo evangélico, las figuras que yo habría identificado como líderes emergentes han quedado atrapadas en los pelotones de fusilamiento circulares de la era de Trump. El papa Francisco fue, por un breve momento, más grande que la división entre liberales y conservadores de la Iglesia, pero por ahora su pontificado ha sucumbido ante el espíritu de perder el tiempo en cosas inútiles de las burocracias eclesiásticas con la realización de un “sínodo sobre la sinodalidad” mortífero mientras libra una guerra inútil contra los tradicionalistas de la iglesia. Que Dios nos ayude, incluso de Jerry Falwell a Jerry Falwell Jr. es un ejemplo de decadencia.

Este déficit de liderazgo ha enfocado a algunos intelectuales cristianos —especialmente de la “nueva derecha” sobre la que escribí la semana pasada— en la idea de que la ayuda puede venir de fuera, de que la energía de la política culturalmente conservadora puede utilizarse para salvar a la Iglesia (por ejemplo: si la jerarquía católica de Francia está impulsando una modernización banal de Notre-Dame, ¿por qué no debería el pueblo francés mejor elegir un presidente de derecha que intervenga?). Además, consideran que el reciente ascenso de la ideología progresista es un modelo que los cristianos deben estudiar, como una visión del mundo con una clara energía religiosa y fuertes creencias dogmáticas que se ha convertido en dominante luego de ganar poder en la élite y no a través de una oleada de conversión masiva.

Parte de su visión es correcta. Una política más plenamente cristiana sería un poderoso testimonio de la fe. El poder político puede sentar las bases sociales para el crecimiento religioso, y una Iglesia sana genera inevitablemente un “cristianismo cultural” que atrae tanto a personajes cínicos y tibios como a verdaderos creyentes.

Sin embargo, cuando la propia Iglesia no está sana o está mal dirigida, un plan para empezar su revitalización con actores políticos seculares y cristianismo cultural —con Donald Trump y Eric Zemmour presumiblemente— parece destinado a la decepción.

Y es aquí donde creo que más falla la analogía con el nuevo progresismo. Lo que se denomina “wokeness” es particularmente poderoso en las élites, sí, pero el cambio de actitud respecto al racismo, por ejemplo, es más amplio que eso; si un número similar de estadounidenses previamente seculares de repente apoyaran la doctrina cristiana, lo llamaríamos con razón un renacimiento. Mucho antes de que empezara a imponerse a los dudosos y reacios, el nuevo progresismo ascendió —primero dentro de las estructuras del mundo académico, tan parecidas a las eclesiásticas, y luego en la cultura liberal de manera más general— precisamente porque tenía la convicción de su lado, frente a los aspectos más arribistas y desalmados de la meritocracia liberal.

En otras palabras, los activistas de la justicia social no triunfaron por conseguir primero que una política convenientemente “woke” fuera elegida presidenta e impusiera sus doctrinas por decreto. Su avance cultural ha contado con ayuda política, pero comenzó con el poder más antiguo: el poder de la creencia.

Por lo regular, de esa misma forma se ha dado la renovación cristiana en el pasado. Los que tienen poder político desempeñan un papel, los medio creyentes siguen la corriente, pero fueron los dominicos y los franciscanos quienes conformaron la Alta Edad Media, los jesuitas quienes impulsaron la Contrarreforma, los apóstoles y los mártires quienes difundieron la fe antes de que los emperadores romanos la adoptaran.

Ha sido así desde el principio. Los reyes acabaron inclinándose ante el crucifijo, pero, en palabras del dominico más sabio, Tomás de Aquino, “el argumento más eficaz” a favor de la divinidad de Cristo es que “sin el apoyo del poder secular ha cambiado el mundo entero”.

Por lo tanto, esta Navidad, en nuestra parroquia y en todas las iglesias del mundo, empezamos de nuevo. Cualquiera que sea el poder para cambiar el mundo que busquemos, cualquiera que sea la influencia que esperemos ejercer, debe comenzar con la antigua oración: Creo, Señor, pero ayúdame en mi incredulidad.

Feliz Navidad.

© 2021 The New York Times Company

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