Opinión: Cuando la política de la identidad se vuelve mortal

Paul Krugman
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Cubrebocas cuelgan de la manija de una puerta en una casa de Valley Stream, Nueva York, el 20 de mayo de 2020. (Jonah Markowitz/The New York Times).
Cubrebocas cuelgan de la manija de una puerta en una casa de Valley Stream, Nueva York, el 20 de mayo de 2020. (Jonah Markowitz/The New York Times).

Orinar en público es ilegal en todos los estados. Supongo que a pocos lectores les sorprende leer esto; también supongo que muchos se preguntan por qué siento la necesidad de hacer alusión a este tema tan desagradable. Les pido que tengan paciencia: hay una moraleja aquí y es una que tiene implicaciones inquietantes para el futuro de nuestra nación.

Aunque damos por sentadas estas restricciones, a veces pueden resultar incómodas, como puede atestiguar cualquiera que haya salido a la calle después de haber tomado demasiadas tazas de café. Sin embargo, los inconvenientes son triviales y los argumentos a favor de estas normas son convincentes, tanto en términos de protección de la salud pública como para evitar que se ofenda el público. Y que yo sepa, no hay activistas políticos enfadados, ni mucho menos manifestantes armados, que exijan el derecho a hacer sus necesidades donde quieran.

Lo que me lleva al tema que en verdad quiero abordar: el mandato de usar cubrebocas durante una pandemia.

Usar cubrebocas en público, así como aguantarse unos minutos para ir al baño, es algo incómodo, pero no es una carga importante. Y los argumentos para imponer esa leve carga en una pandemia son abrumadores. Las variantes de coronavirus que causan la COVID-19 se propagan principalmente por gotículas presentes en el aire y el uso de cubrebocas reduce la propagación de las variantes de manera considerable.

Por lo tanto, no usar cubrebocas es un acto de peligro imprudente, no tanto para uno mismo (aunque parece que los cubrebocas brindan cierta protección al portador) sino para los demás. Cubrirse el rostro mientras dure la pandemia pareciera un simple acto de buena ciudadanía, por no hablar de un acto de decencia humana básica.

Sin embargo, Texas y Misisipi acaban de poner fin a sus mandatos estatales sobre el uso de cubrebocas.

El presidente Joe Biden ha criticado estas medidas, y ha acusado a los gobernantes republicanos de esos estados de tener un “pensamiento neandertal”. No obstante, quizá está siendo injusto... con los neandertales. No sabemos mucho sobre nuestros extintos parientes homínidos, pero no tenemos motivos para creer que su escena política, de haberla tenido, estuviera dominada por la mezcla de rencor y mezquindad que ahora rige el conservadurismo estadounidense.

Empecemos por las realidades objetivas.

Hemos avanzado mucho en nuestro combate a la pandemia en los últimos dos meses. Sin embargo, el peligro dista mucho de haber terminado. Todavía hay muchos más estadounidenses hospitalizados con COVID-19 que, por ejemplo, en junio pasado, cuando muchos estados se apresuraban a reabrir y Mike Pence, vicepresidente en ese momento, nos aseguraba que no habría una segunda ola. Alrededor de 400.000 muertes después, ya sabemos cómo resultó aquello.

Es cierto que ahora hay una luz brillante al final del túnel: se han desarrollado vacunas eficaces con milagrosa rapidez y el ritmo real de las vacunaciones se está agilizando. Pero esta buena noticia debería hacernos estar más, no menos, dispuestos a soportar los inconvenientes actuales: en este momento estamos hablando de que faltan solo unos cuantos meses más de estar alerta, no de un periodo interminable.

Y mantener bajos los contagios durante los próximos meses también ayudará a descartar una posible pesadilla de salud pública en la que se desarrollen nuevas variantes resistentes a las vacunas antes de que tengamos las variantes existentes bajo control.

Entonces, ¿qué motiva la prisa por dejar de usar cubrebocas? La economía no lo hace. Como he dicho, el precio del uso del cubrebocas es trivial. Y los conocimientos básicos de economía nos dicen que las personas deberían tener incentivos para tomar en cuenta el costo que les imponen a los demás; si exponer a quienes conoces a una enfermedad mortal no es una “externalidad”, no sé qué lo es.

Además, una pandemia resurgente perjudicaría más el crecimiento y la creación de empleos, en Texas y en otros lugares, que casi cualquier otra cosa que se me ocurra.

Por supuesto que ya sabemos cuál es la respuesta a esta pregunta: la política. Negarse a usar cubrebocas se ha convertido en una bandera de identidad política, una declaración descarada de que se rechazan valores liberales como la responsabilidad cívica y la creencia en la ciencia (esos no solían ser valores liberales, pero eso es lo que son en el Estados Unidos del año 2021).

Esta versión médica de la política de identidad parece estar por encima de todo, incluso de la creencia en los derechos sagrados de los propietarios. Cuando los organizadores de la reciente Conferencia de Acción Política Conservadora pidieron a los asistentes usar cubrebocas ―no por una cuestión de política, sino solo para respetar las normas del hotel donde se celebró el encuentro― fueron recibidos con abucheos y gritos de “¡Libertad!”. ¿Acaso hay gente que clama por sus derechos cuando ve el cartel de una tienda que dice: “Sin zapatos, sin camisa, no hay servicio”?

Sin embargo, podría decirse que esto no debería extrañarnos. Hoy en día, a los conservadores no parece importarles nada a excepción de la política de identidad, que a menudo se manifiesta en las cuestiones más insignificantes. Los demócratas parecen estar a punto de promulgar un enorme proyecto de ley de ayuda que incluye muchas prioridades políticas progresistas. Pero la respuesta de los republicanos ha sido muy poco enérgica y los medios de comunicación de derecha están obsesionados con el supuesto complot (falso) para hacer que el Señor Cara de Papa tenga un género neutro.

Por desgracia, la política de identidad puede hacer mucho daño cuando se interpone en el camino de los problemas reales. No sé cuántas personas morirán de manera innecesaria porque el gobernador de Texas ha decidido que ignorar la ciencia y acabar con el mandato de usar cubrebocas es una buena medida para someter a los liberales. Pero esa cifra no será de cero.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company