Opinión: Un poblado ignorado por el coronavirus

Corinne Maier

LEJOS DE LOS PUNTOS DE ALTO CONTAGIO DE COVID-19, MIS VECINOS Y YO TOLERAMOS LAS ESTRICTAS REGLAS DEL CONFINAMIENTO DE FRANCIA. NO ESTÁBAMOS TAN SEGUROS DE QUE VALIERA LA PENA.

VIALAS, Francia — He pasado el confinamiento por el coronavirus en esta pequeña población del sur de Francia. Vialas, con solo 400 residentes, pertenece a Lozère, el departamento menos poblado del país. Los parisinos, a casi 650 kilómetros al norte, por lo general ni siquiera saben dónde está Lozère.

Lo cual ha sido para bien, porque la gente aquí ve con algo de recelo a los visitantes de la capital. Cuando aparecieron algunos para refugiarse en sus casas vacacionales o en las ciudades de nacimiento que dejaron hace mucho tiempo, a mis vecinos les preocupó que trajeran consigo el virus. Sin embargo, eso no sucedió.

Resulta que, en gran medida, el virus ha estado ausente en Lozère. En Vialas, no ha muerto ni enfermado nadie, ni siquiera en los asilos de ancianos. En un país donde la COVID-19 ha matado a más de 28.000 personas y que ocupa el cuarto lugar a nivel mundial, en Lozère solo ha habido una muerte y unas cuantas infecciones.

¿Se debe a que el virus, tan implacable en otras partes del país, se olvidó de esta zona remota? O tal vez se debe a que como Gianni, un diseñador de jardines de la zona, me dijo: “Esto no es Francia”, una frase dicha con orgullo, que significa que somos especiales.

Tal vez seamos especiales, pero a pesar de ello hemos soportado las mismas reglas del confinamiento que todos los demás. Francia es un país centralizado y todo se decide en París. Además, esas reglas han sido estrictas: por ejemplo, hasta hace un par de semanas, la cantidad de veces y mandados por los que era posible salir de casa era limitada y tenías que llevar una forma firmada y con fecha que enunciaba la hora y la razón por la que te habías aventurado a salir. Para mediados de mayo, las autoridades habían detenido e interrogado a las personas 20,7 millones de veces y emitido 1,1 millones de multas por violar las reglas.

En contraste con Suiza y Bélgica (donde la gente no necesitaba llevar formas firmadas) y Alemania (donde cada gobierno local emitió sus reglas), el cierre en Francia ha sido estricto, burocrático y condescendiente. La obediencia de los franceses, que desmiente su reputación de indisciplinados y desafiantes, me ha sorprendido.

Una vez que el cierre se impuso a nivel nacional en marzo, la vida se detuvo en el centro de Vialas. Dominique, propietario de una librería, dijo que la población se asemejaba más a un pueblo fantasma del Medio Oeste estadounidense. El gobierno local recibió llamadas de pobladores en las que delataban a sus vecinos por no cumplir las reglas al pie de la letra.

La gran mayoría de las personas se quedó en casa por temor. Claro, como muchos de ellos vivían lejos de todos los demás, no hubo mucho cambio. La panadería permaneció abierta, al igual que el “superette” (nuestra pequeña tienda de alimentos) y la tabaquería, todos negocios esenciales.

Aunque, transcurridos algunos días, aparecieron nuevas formas de vida social. Un puñado de clientes habituales de nuestra única cafetería, Chez Teuffy, se reunían, aplicando el distanciamiento social, a la misma hora todas las mañanas en la plaza. Fabienne Ambs-Szafarczyk, la pastora de la población, estableció servicios por teléfono los sábados y todas las tardes a las 17:30, la gente entonaba salmos desde las ventanas abiertas o sus terrazas. Las personas charlaban mientras esperaban en fila para ingresar a las tiendas que permanecían abiertas (solo se permitía el ingreso a dos clientes a la vez).

¿Por qué esta población, y tantas otras en Lozère, fue ignorada por la pandemia? El distanciamiento social natural ocasionado por la baja densidad poblacional sin duda tuvo mucho que ver. Además, las autoridades estaban bien organizadas aquí. La administración local creó una línea de ayuda y un equipo de crisis para asegurarse de que los residentes vulnerables se mantuvieran sanos. El gobierno del departamento distribuyó cubrebocas de tela cosidos por voluntarios y los residentes se aseguraron de que sus vecinos que no podían salir de sus hogares contaran con alimentos y medicamentos. Esa asistencia mutua es algo real aquí.

Sin embargo, en medio de toda esta cooperación, en un apenas audible eco de las protestas contra la pandemia en algunas partes de Estados Unidos, ha habido descontento. Algunos pobladores no estuvieron contentos con que las mismas reglas estrictas que aplican para centros importantes de contagio como París aplicaran a Vialas. Escuché a un residente de la tercera edad quejarse: “Están exagerando con este virus. Las cosas eran mucho peores durante la guerra”. Manifestantes anónimos han pegado letreros que dicen: “Deshagámonos de ellos” —en referencia a los políticos— “junto con el virus”.

De hecho, el cierre estricto no tiene sentido en una región tan vacía. Como dijo mi vecina jubilada: “Nosotrosvivimos distanciados socialmente. El estado no tiene que imponernos eso”.

Al igual que muchos otros operadores de negocios, Dominique, el propietario de la librería, se queja de las reglas que provienen de las altas esferas del gobierno que limitan, de manera kafkiana, su capacidad de encargarse de sus asuntos. Un gendarme lo detuvo en la puerta de su casa hace unas semanas —iba a la tienda de alimentos ubicada a 9 metros de su casa— y le impuso una multa de 135 euros (unos 150 dólares) porque no había llenado su formato del viaje correctamente.

El alcalde, Michel Reydon, es más moderado. “Esta centralización es excesiva, pero sin el cierre, podríamos haber tenido un influjo de fuereños que vinieran aquí de regiones con reglas más estrictas”, afirmó.

Ahora Francia ha comenzado a relajar el cierre, con la reapertura de tiendas y escuelas, pero casi todo sigue cerrado. Los pequeños festivales de blues y jazz de Vialas, que se realizan en el verano, se cancelaron. En la oficina de correos y en la farmacia más cercana a 6,4 kilómetros (en el poblado de Genolhac) se instalaron barreras de plexiglás sobre los mostradores para bloquear los gérmenes.

En Vialas, aun cuando las personas todavía no se besan al saludarse, han comenzado a invitar a sus casas a amigos y familiares. Una mañana reciente me encontré con Isabelle, la cartera, quien nos mantuvo conectados a lo largo del cierre. Me dijo: “¡Ayer vi a amigos por primera vez en dos meses y fue como una fiesta!”.

Sin embargo, la vida solo regresará por completo a la normalidad cuando Chez Teuffy reabra sus puertas, lo cual, a decir de París, puede suceder el martes. Cuando eso ocurra, todo el pueblo estará ahí.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company