Opinión: El plan económico republicano es un insulto

Paul Krugman
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Así que diez senadores republicanos proponen un paquete económico que se supone que es una alternativa al Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden. Se dice que la propuesta solo sería de una fracción del tamaño del plan de Biden y, en aspectos importantes, le quitaría toda la sustancia al alivio económico.

Sin embargo, los republicanos quieren que Biden ceda a sus deseos en nombre del bipartidismo. ¿Debería hacerlo?

No, no, 1,9 billones de veces no.

No es solo que lo que sabemos de la propuesta del Partido Republicano indique que es bastante inadecuada para una nación que sigue asolada por la pandemia de coronavirus. Más allá de eso, por su conducta ―no solo en los últimos meses, sino desde hace doce años― los republicanos perdieron todo derecho a pedir bipartidismo, o incluso a que se les conceda cualquier presunción de buena fe.

Empecemos por el fondo.

Desde cualquier punto de vista, enero fue el peor mes de la pandemia hasta ahora. Más de 95.000 estadounidenses murieron de COVID-19; las hospitalizaciones siguen siendo mucho más altas que en los picos anteriores.

Es cierto que por fin se vislumbra el final de la pesadilla. Si todo va bien, en algún momento de este año la cantidad de personas vacunadas será suficiente para alcanzar la inmunidad de grupo, la pandemia se desvanecerá y se podrá reanudar la vida normal. Pero es poco probable que eso ocurra antes de fines del verano o principios del otoño.

Y mientras tanto, vamos a tener que seguir con un cierre parcial. Por ejemplo, sería una locura reabrir los restaurantes para comer en espacios cerrados a gran escala. Y la continuación del cierre impondrá muchas dificultades financieras. El desempleo seguirá siendo muy alto; millones de empresas lucharán para mantenerse a flote; los gobiernos estatales y locales, a los que no se les permite tener déficits, se encontrarán en una situación fiscal desesperada.

Por ende, lo que necesitamos es una ayuda para el desastre que les permita a los estadounidenses afectados superar los duros meses que se avecinan. Y eso es lo que haría el plan de Biden.

No obstante, los republicanos quieren destripar este plan. Se proponen disminuir la asistencia adicional para los desempleados y, lo que es más importante, cortar esa ayuda en junio, mucho antes de que podamos volver al pleno empleo. Se proponen eliminar cientos de miles de millones en asistencia para los gobiernos estatales y locales. Quieren eliminar la asistencia para los menores. Y así sucesivamente.

No se trata de una oferta para hacer concesiones, sino de una exigencia de rendición casi total. Y las consecuencias serían demoledoras si los demócratas cedieran.

¿Pero qué pasa con el bipartidismo? Como diría Biden: “Hombre, por favor”.

En primer lugar, un partido no puede exigir bipartidismo cuando muchos de sus representantes siguen sin reconocer que Biden ganó de manera legítima e incluso los que al fin reconocieron la victoria de Biden se pasaron semanas siguiéndole la corriente a afirmaciones infundadas de una elección robada.

Las quejas de que sería “divisorio” por parte de los demócratas aprobar un proyecto de ley de alivio en una votación de línea de partido, utilizando la reconciliación para evitar el filibusterismo, también son bastante irrisorias viniendo de un partido que hizo exactamente lo mismo en 2017, cuando promulgó un gran recorte de impuestos, una legislación que, a diferencia del alivio de la pandemia, no era una respuesta a ninguna crisis evidente, sino que solo era parte de una lista de deseos conservadora.

Ah, y ese recorte de impuestos se aprobó a toda prisa ante una amplia oposición pública: solo el 29 por ciento de los estadounidenses aprobó ese proyecto de ley, mientras que el 56 por ciento lo desaprobó. En cambio, las principales disposiciones del plan de Biden son muy populares: el 79 por ciento de la gente aprueba los nuevos cheques de estímulo y el 69 por ciento está a favor tanto de la extensión de las prestaciones por desempleo como de la ayuda a los gobiernos estatales y locales.

Así pues, cuando un partido intenta aplicar políticas con un apoyo público abrumador mientras el otro se opone a ellas, ¿quién es con exactitud el que divide?

Esperen, hay más.

Todo el mundo sabía que los republicanos, a quienes de la noche a la mañana dejaron de preocuparles los déficits cuando Donald Trump asumió el cargo, redescubrirían de repente los horrores de la deuda pública cuando Joe Biden llegara al poder. Lo que ni siquiera yo esperaba era verlos quejarse de que el plan de Biden da demasiada ayuda a las familias relativamente acomodadas.

De nuevo, consideren el recorte de impuestos de 2017. Según el Centro de Política Fiscal, que es apartidista, ese proyecto de ley les daba el 79 por ciento de sus beneficios a las personas que ganan más de 100.000 dólares al año. Dio más a los estadounidenses con ingresos superiores al millón de dólares, apenas el 0,4 por ciento de los contribuyentes, que la exención fiscal total para quienes viven con menos de 75.000 dólares al año, es decir, la mayoría de la población. ¿Y ahora los republicanos dicen preocuparse por la equidad?

En resumen, todo en esta contraoferta republicana apesta a mala fe, el mismo tipo de mala fe que el Partido Republicano mostró en 2009 cuando intentó bloquear los esfuerzos del presidente Barack Obama para rescatar la economía tras la crisis financiera de 2008.

Por desgracia, Obama no supo captar la naturaleza de su oposición y suavizó sus políticas en un vano intento de ganarse el apoyo del partido opositor. Esta vez, parece que los demócratas entienden que es una trampa y no se dejarán engañar de nuevo.

Así que está bien que Biden hable con los republicanos y los escuche. Pero, ¿debería hacer alguna concesión sustancial para intentar ganárselos? ¿Debería dejar que las negociaciones con los republicanos retrasen la aprobación de su plan de rescate? En absoluto. Solo tiene que lograr su aprobación.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company