Opinión: Estamos perdiendo una batalla que podemos ganar para salvar los bosques del mundo

·6  min de lectura
Tala de bosques en Brasil, 15 de octubre de 2019. (Victor Moriyama/The New York Times)
Tala de bosques en Brasil, 15 de octubre de 2019. (Victor Moriyama/The New York Times)

LOS LÍDERES MUNDIALES SE HAN COMPROMETIDO DE NUEVO A ACABAR CON LA DEFORESTACIÓN. ESTA VEZ, TIENEN QUE HACERLO EN SERIO.

El Acuerdo de Paris de 2015 instó a las naciones del mundo a conservar los bosques y otros ecosistemas que almacenan carbono. Sin embargo, los bosques siguen desapareciendo, talados, quemados y fragmentados en parcelas cada vez más pequeñas. Este fracaso pone en entredicho todos los demás esfuerzos por combatir el cambio climático, ya que, a menos que los bosques sigan en pie, el mundo nunca podrá frenar el calentamiento global.

Esta semana, en una de sus primeras acciones importantes, los delegados de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebra en Glasgow se comprometieron a acabar con la deforestación y prometieron destinar 12.000 millones de dólares a ese fin, con 7000 millones de dólares adicionales del sector privado. Pero no es la primera vez que se hace una promesa de este tipo y, sin embargo, la deforestación continúa.

Hay medidas que el mundo puede adoptar ya para detenerla. Hay que reconocer los derechos territoriales de los pueblos indígenas, ampliar las zonas forestales protegidas y evitar las carreteras y la industria en los bosques aún intactos. Estas medidas pueden sentar las bases de unas economías forestales más sustentables.

Este es un resumen de la crisis: el año pasado la pérdida del antiguo bosque tropical primario aumentó un 12 por ciento más que en 2019, según el Instituto de Recursos Mundiales. Esa pérdida añadió a la atmósfera alrededor del doble de la cantidad de dióxido de carbono emitido cada año por los autos en Estados Unidos, según estimaciones del instituto.

Y lo que es más inquietante, los bosques boreales del norte, a menudo ignorados, crecen en suelos que contienen un carbono equivalente a 190 veces las emisiones globales de carbono del año pasado y están siendo cortados y quemados sin cesar. Esto está acelerando el deshielo del permafrost a medida que el planeta se calienta, lo cual libera gases de efecto invernadero.

Estamos perdiendo una batalla que podemos ganar, pero solo si mantenemos los árboles de nuestro lado.

Es una cuestión de simple biología. Mediante la fotosíntesis, los árboles y las plantas absorben el dióxido de carbono de la atmósfera, y el carbono pasa a formar parte de las plantas y el suelo. Los grandes bosques tienden a ser sanos desde el punto de vista ecológico y esta biología saludable da como resultado el almacenamiento de carbono a una escala gigantesca.

Los bosques intactos de todo el mundo absorbieron alrededor del 28 por ciento de todas las emisiones de dióxido de carbono de 2007 a 2016, lo cual constituye una enorme reducción de los gases que calientan el planeta acumulados en la atmósfera. En los trópicos, los bosques intactos almacenan en promedio el doble del carbono que los bosques divididos por carreteras o perturbados por el desarrollo.

Por eso debemos dejar que los grandes bosques se mantengan.

Los países más ricos en paisajes forestales intactos (definidos como bosques intactos de algo más de 492 kilómetros cuadrados) son Canadá, Rusia, Brasil, la República Democrática del Congo, Perú y Estados Unidos. Dos de esos países, Brasil y la República Democrática del Congo, encabezaban la pérdida de bosques primarios a nivel mundial en 2020, y Perú estaba en el quinto lugar de la lista.

En todo el mundo, el diez por ciento de los paisajes de bosques intactos se fragmentaron o eliminaron en los primeros dieciséis años de este siglo y los gobiernos están destinando la mitad de los bosques restantes para actividades como la tala, la minería y la extracción de petróleo y gas.

La protección de los bosques tropicales puede asegurar de siete a diez veces más carbono hasta 2050 que la reforestación de bosques. Salvar los árboles también puede aliviar la crisis de la extinción de especies. Y la protección de estos bosques es fundamental para mantener los hogares y los modos de vida de miles de culturas forestales, personas que hablan hasta una cuarta parte de las lenguas de la Tierra.

Estas comunidades no están exentas de presiones económicas y aspiraciones de desarrollo. Pero esas fuerzas están moderadas por las relaciones que las tribus mantienen con los ecosistemas que son parte integral de sus lenguas, identidades, espiritualidad y supervivencia.

Los líderes decididos a salvar los bosques que enfrían el clima pueden apoyar a estos guardianes de los bosques al promulgar, y mantener, políticas agrarias que garanticen los derechos inalienables de los pueblos indígenas a la totalidad de sus territorios.

Brasil, a menudo en bajo lupa de la opinión pública por la deforestación y los incendios forestales, estaría en una situación mucho peor sin su ejemplar reconocimiento de los territorios indígenas, consagrado en la Constitución del país de 1988. Desde entonces, las tribus han asegurado de manera formal poco más de 105.218.266 de hectáreas de la Amazonia (cinco veces la superficie de todas las reservas indígenas de Estados Unidos), lo que supone una medida de protección contra el problemático gobierno brasileño y las incursiones de las industrias de extracción.

Sin embargo, la mayoría de los bosques intactos de todo el mundo se encuentran fuera de las tierras indígenas y requieren una mayor protección. Una buena noticia es que la superficie de los parques y reservas se ha cuadruplicado, hasta alcanzar el 17 por ciento de la superficie terrestre, entre 1990 y 2020, lo que significa un éxito asombroso. En el marco del Convenio sobre la Diversidad Biológica, la mayoría de los países acordaron aumentar la protección de hasta el 30 por ciento de su territorio para 2030. Con base en un estudio de áreas protegidas en la Amazonia andina, calculamos que los bosques intactos no protegidos en tierras públicas de todo el mundo podrían ayudar a proteger 0,4 hectáreas a un costo anual de solo 1 a 2 dólares.

En muchos de estos bosques intactos viven personas, con medios de existencia sustentables que pueden perpetuarse mediante la protección. Y esta protección tiene un beneficio indirecto: proporciona un incentivo para restaurar y gestionar con mayor cuidado las tierras ya degradadas para obtener alimentos, madera y otros productos.

Como ha quedado claro, el ser humano tiene los medios para destruir la biosfera en la que vivimos. Evitar ese resultado no solo implica ajustar la configuración de nuestras tecnologías y combustibles. Para superar la crisis climática es necesario recordar cómo funciona nuestro planeta: como un sistema biológico y físico interconectado con un corazón de bosques silvestres que late, fotosintetiza y genera lluvias.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.