Opinión: El peligro de que blancos moderados dicten la agenda de Biden

Tressie McMillan Cottom
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Los contornos completos del paisaje postelectoral son, hasta ahora, desconocidos, pero ya hemos aprendido muchas lecciones importantes. La principal de ellas es que los republicanos blancos votarán por el partido sin importar cualquier otra cuestión económica y social, y que esto hará casi imposible gobernar.

Un presidente Donald Trump en un segundo mandato ni siquiera habría intentado gobernar, pero un presidente Biden debe hacerlo. Y el impulso centrista que motivó la campaña de Joe Biden tendrá en cuenta el “identitarismo” blanco y vocal de los republicanos como una advertencia para no hacer demasiado, con demasiada rapidez para los estadounidenses más vulnerables. Eso sería justo lo incorrecto.

El momento exige una respuesta estatal directa y radical a la crisis pública: grandes proyectos de gobierno, ayuda directa, retórica creciente. El impulso moderado/centrista será hacer menos, pero para gobernar, el gobierno de Biden tendrá que hacer más.

Para empezar, un gobierno de Biden con la voluntad de gobernar primero debe demostrar que tiene la voluntad de pedir cuentas a su predecesor por la anarquía indignante que ostentó. Una verdadera rendición de cuentas se consideraría un castigo rápido y transparente para aquellos que erosionaron la confianza pública, incluido Donald Trump.

La capacidad del gobierno de Trump para crear engaños compartidos por millones de votantes se vio instigada y secundada por su flagrante ataque a las instituciones sociales que permiten la cohesión de una sociedad plural. Aquellos en el clan Trump no mintieron para encubrir su saqueo. Fueron capaces de saquear porque fueron los primeros en crear la mentira.

Lo admitan o no, muchos votantes republicanos eligen aceptar las mentiras porque la idea de que nuestras instituciones sociales fueron socavadas tan fácilmente es más aterradora. Restablecer la confianza básica en la capacidad de supervivencia de las instituciones sociales, y no necesariamente su imparcialidad, es fundamental para la integridad de la gobernanza. Biden, como presidente, debe buscar todas las posibilidades de castigo disponibles. Solo un recuento transparente de lo que ha ocurrido exactamente durante los últimos cuatro años nos permitiría dar un giro hacia una respuesta radical. La respuesta radical significa simplemente reaccionar al mundo tal como es, a diferencia de cómo ha simulado que son las cosas la maquinaria republicana y de derecha. Más de 200.000 estadounidenses han muerto por un virus que esta nación debió haber sido capaz de contener. El 31 de diciembre vence una moratoria nacional de desalojo y es casi seguro que no habrá ayuda por parte de un presidente o de un Congreso que van de salida. No podemos iniciar el invierno con tanta necesidad y esperar que el pueblo estadounidense acepte a un gobierno pasivo el 20 de enero.

La resistencia radical presionaría para que haya un estímulo económico para millones de estadounidenses, reduciría los límites burocráticos para el acceso a la atención médica durante una crisis de salud pública sin control, apuntalaría los sistemas escolares deficientes y les garantizaría a los ciudadanos que no pasarán hambre ni perderán sus casas mientras limpiamos el desorden que dejaron los últimos residentes de la Casa Blanca. Una resistencia multirracial tendrá que presionar al Congreso y al nuevo gobierno para que aboguen por este trabajo necesario. Pero si el gobierno no comienza con una rendición de cuentas transparente, podría no darse un componente crítico de la resistencia: los blancos moderados recién radicalizados.

Joe Biden y Kamala Harris no hicieron campaña con una respuesta calculadora ni radical; más bien prometieron un cambio que aumentará muy gradualmente. Incluso si los republicanos mantienen el control del Senado, lo que sin duda sería un obstáculo para aprobar políticas sustanciales, la Casa Blanca de Biden debería establecer una expectativa temprana de que responderá a la crisis económica inmediata que enfrenta el país.

La facilidad política del incrementalismo, y su promesa de normalidad, será la verdadera prueba para los moderados blancos. En una nación racista y dividida, se necesitan coaliciones multirraciales para provocar la empatía del Estado y hacer que las políticas se aprueben. Nuestro bienestar colectivo depende de cuán visibles se harán los blancos moderados cuando haya pasado la amenaza más inmediata para sus intereses personales. Con el presidente Trump, la cuestión era si la resistencia moderada blanca podía sobrevivir a la represión violenta. Con el presidente Biden, la cuestión es si la resistencia blanca puede resistir su propia inercia egoísta.

Los riesgos son altos para todos nosotros.

Conforme el coronavirus entra a la que algunos científicos dicen que podría ser su ola más mortal hasta ahora, todas nuestras instituciones sociales están dándose por vencidas ante la presión. Esta pandemia no sólo desató una hábil amenaza biológica para la salud pública, sino que además politizó las medidas de salud pública de sentido común.

No tenemos la estrategia de pruebas que todo científico de renombre nos dice que necesitaremos para volver a un sectarismo político apenas normal. La derecha perdió la fe en la ciencia cuando esta se resistió a las declaraciones racistas. La izquierda perdió la fe en los científicos cuando la derecha los convirtió en lacayos políticos. Ni siquiera podemos confiar en los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, cuyos tropiezos para proporcionar una buena orientación al público reforzaron las teorías conspirativas y facilitaron el camino para su deslegitimación por parte del gobierno actual.

El gobierno de Trump llevó a cabo esa deslegitimación principalmente para esconder la corrupción descarada del presidente y el acaparamiento de oportunidades de los republicanos. No solo llenaron de jueces afines los tribunales, sino que socavaron la confianza en la idea misma de que la gobernanza democrática es posible.

A raíz de ello, se ha generalizado la violencia racista de los blancos. Grupos organizados y de identitarios blancos ad hoc han matado a estudiantes universitarios, atropellado a manifestantes pacíficos, ejecutado a feligreses y realizado rituales de intimidación pública. Mientras tanto, el FBI advierte que los partidarios y simpatizantes del nacionalismo blanco se infiltraron en todos los niveles de la aplicación de la ley.

Con la misma frecuencia que enmarcamos las decisiones de los electores negros, hispanos y asiático-estadounidenses como “política de identidad”, la política de identidad blanca del tipo que motivó a algunos a votar por Trump esta semana merece la misma atención. Mientras que el partidismo ha aumentado por todas partes, a los republicanos blancos que apoyan a Trump los motiva más el odio hacia los demás que la afinidad con otros republicanos. Esta clase de política de identidad floreció bajo las sombras de la desconfianza, la precariedad económica y la vulnerabilidad que Trump fomentó y que la pandemia empeora.

Este nuevo extremismo es todo menos benigno. La consolidación del identitarismo republicano también endureció el tejido de la vida pública estadounidense y conjuró al fantasma de la violencia. Los camiones que “atropellan con carbono” a los manifestantes se unen al adolescente armado que viste ropa militar y que se propone “vigilar” las calles. Los clientes les gritan a los mismos trabajadores esenciales de las tiendas a los que agradecemos con gran algarabía porque se les exige llevar cubrebocas. Esta burla se extendió a la contienda presidencial, alentada por el presidente Trump y los republicanos de la clase dominante como el senador Marco Rubio.

Sin nadie capaz de confiar en los expertos o dispuesto a confiar en lo que ven sus ojos, la pandemia se propaga y nadie está trabajando ahora para amortiguar las consecuencias económicas que seguramente durarán más que la crisis sanitaria en el país. Las mujeres han sido expulsadas de la fuerza laboral formal. Los trabajadores pertenecientes a minorías abundan en los trabajos que no solo son los menos seguros, sino que de manera inesperada se han vuelto los más peligrosos también. Los hombres blancos, por mucho, sienten la misma angustia, pero no son tan vulnerables.

“A los hombres blancos les está yendo bien en general sin más ayuda económica de Washington, pero casi todos los demás están sufriendo”, comentó Olugbenga Ajilore, economista principal del Centro para el Progreso Estadounidense.

Aunque este Congreso tuvo tiempo para llenar la Corte Suprema de jueces conservadores, no lo tuvo para negociar más apoyo para los inquilinos, los propietarios de casas, los dueños de pequeñas empresas, los trabajadores desempleados, los ancianos o los discapacitados. Sin una respuesta radical a las condiciones materiales a las que se enfrentan los trabajadores estadounidenses, no se debería permitir a nadie gobernar sin enfrentarse a una protesta sostenida y a una resistencia organizada.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company