Opinión: Pavorreales y buitres están rondando el déficit

Paul Krugman

Ha pasado casi una década desde que publiqué la columna “Mitos de la austeridad”, en la que advertí que el alarmismo sobre el déficit iba a demorar la recuperación de la Gran Recesión, y eso fue lo que pasó. Por desgracia, ese tipo de alarmismo parece estar de vuelta.

Ese regreso se puede ver en el aumento paulatino de análisis noticiosos que enfatizan la gran cantidad de deuda que tendremos por haber enfrentado la crisis de COVID-19. También se puede ver en la retórica de políticos como Mitch McConnell, el líder de la mayoría republicana en el Senado, quien está bloqueando la ayuda para los gobiernos estatales y locales más atribulados porque, según él, costará demasiado.

Por lo tanto, parece que es un buen momento para poner el énfasis en dos factores clave. Uno es el económico: aunque tendremos enormes déficits presupuestarios durante los próximos años, provocarán un daño mínimo, si acaso. El otro es que, sin importar lo que digan, muy pocas figuras prominentes de la política o los medios son genuinos halcones del déficit que realmente están preocupados por las consecuencias de aumentar la deuda gubernamental. En cambio, lo que en esencia tenemos son pavorreales y buitres del déficit.

El término “pavorreal del déficit” lo acuñó el Centro para el Progreso Americano para representar a la gente que se pavonea y adopta una pose sobre el combate a los déficits sin ofrecer propuestas políticas realistas. Me atrevería a ampliar el término para incluir a quienes suelo llamar la Gente Muy Seria: personas que vituperan contra los demonios de la deuda, no porque hayan hecho un análisis meticuloso, sino porque se imaginan que eso los hace sonar serios y firmes.

Los días de gloria de los pavorreales del déficit fueron los primeros años de la década que acaba de concluir, una época en la que la gente como Alan Simpson y Erskine Bowles fueron idolatrados por los medios informativos. Como lo hizo notar en esos días Ezra Klein de Vox, por alguna razón “las reglas usuales de la neutralidad periodística no se aplican cuando se trata del déficit”; simplemente se dio por sentado que los guerreros del déficit eran sensatos y virtuosos.

En años recientes, no hemos sabido mucho de los pavorreales del déficit aunque el déficit presupuestario, el cual disminuyó drásticamente durante la era de Obama, se disparó de nuevo con Donald Trump. Qué curioso, ¿no? Sin embargo, no cabe duda de que los veremos activos de nuevo si Joe Biden gana este noviembre.

¿Y los buitres del déficit? Es un término que uso para los políticos que explotan la angustia por las finanzas públicas, verdadera o imaginaria, para apoyar una agenda política reaccionaria.

Después de la última crisis, los conservadores usaron los déficits como excusa para recortar programas sociales: por ejemplo, varios estados dificultaron mucho más el pago de los beneficios por desempleo. En estos momentos, McConnell y Trump están intentando explotar los temores en torno al déficit para obligar a los gobiernos estatales a hacer recortes, socavar (y posiblemente privatizar) el servicio postal y más.

Casi no hace falta decir que los buitres del déficit son hipócritas. Después de todo, en 2017, Trump y McConnell forzaron la aprobación de un recorte fiscal de dos billones de dólares, sin ninguna preocupación aparente por los efectos sobre el déficit. Tampoco he escuchado a ningún republicano quejarse sobre los inmensos rescates que Trump ha dado a los productores agropecuarios, cuya aflicción es básicamente el resultado de las propias políticas del presidente.

Un comentario al margen: la cantidad desproporcionada de información que circula sobre estos asuntos implica un fenómeno que el economista Dean Baker llama “lectura de mente”. Esto se refiere a que en los análisis de las noticias se hacen declaraciones como “los republicanos están preocupados por el aumento de los déficits”, cuando de hecho lo único que sabemos es que los republicanos aseveran estar preocupados por los aumentos de los déficits, y hay muy buenas razones para dudar de esa aseveración. Después de todo, ¿acaso alguna vez los republicanos modernos han considerado los déficits una restricción para llevar a cabo su agenda de recortes fiscales? ¿Aunque sea una sola vez?

Sin embargo, si dejamos la hipocresía de lado, ¿deberían preocuparnos los efectos de la COVID-19 en la deuda? No.

Es verdad que nos dirigimos hacia unas cifras exorbitantes. La semana pasada, la Oficina de Presupuesto del Congreso difundió proyecciones presupuestales y económicas preliminares para los próximos dos años que resultaron impactantes y poco sorprendentes al mismo tiempo.

Es decir, los números fueron desalentadores pero más o menos coherentes con las predicciones de muchos economistas independientes. En particular, la oficina del presupuesto espera que la crisis por la COVID-19 lleve la tasa de desempleo a un dieciséis por ciento en unos cuantos meses, un cálculo que incluso podría quedarse corto.

El aumento dramático del desempleo hará que se desplomen los ingresos federales y también provocará un incremento radical en el gasto destinado a los programas de seguridad social, como el seguro de desempleo, Medicaid y los cupones para alimentos. Si agregamos los enormes paquetes de rescate que ha aprobado el Congreso, la oficina del presupuesto proyecta un déficit que aumentará de forma temporal a niveles que no habíamos visto desde la Segunda Guerra Mundial, y espera que la deuda federal aumente del 79 por ciento al 108 por ciento del PIB, lo cual suena aterrador.

No obstante, el gobierno podrá pedir prestado ese dinero a tasas de interés increíblemente bajas. De hecho, las tasas de interés reales —medidas sobre los bonos del tesoro protegidos contra la inflación— son negativas. Por lo tanto, la carga de la deuda adicional, medida según el aumento en los pagos de interés a nivel federal, será insignificante. Y no, no debemos preocuparnos por el pago de la deuda; nunca la pagaremos, y eso está bien.

La conclusión es que, en este preciso momento, lo único que debemos temer de los déficits es el temor mismo a los déficits. No les prestes atención a los pavorreales ni a los buitres: en estos días de pandemia, podemos y debemos gastar todo lo que sea necesario para limitar el daño.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company