Opinión: Este Patrimonio Mundial está en ruinas y no es por casualidad

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LA UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA, QUE ALGUNA VEZ FUE UN EPICENTRO VIBRANTE DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR DEL PAÍS, HA SIDO VÍCTIMA DE LOS REGÍMENES DE HUGO CHÁVEZ Y NICOLÁS MADURO.

Cuando la Ciudad Universitaria de Caracas, el campus principal de la Universidad Central de Venezuela (UCV), fue declarada Patrimonio Mundial en el año 2000, la UNESCO consideró que era “una obra maestra de planificación urbanística, de arquitectura y de arte”, así como “un ejemplo destacado de realización coherente de los ideales artísticos, arquitectónicos y urbanísticos de principios del siglo XX”.

Dos décadas después, este paradigma del arte —un emblema de Caracas y el orgullo del sistema de educación pública de Venezuela— está en ruinas y su desaparición puede pasar inadvertida en un país que ha sufrido tantas pérdidas.

El año pasado, una parte del techo que cubre el pasillo que conecta las vastas facultades de la universidad se derrumbó por falta de mantenimiento. En ausencia de recursos para arreglar el drenaje, las columnas que sostenían el techo se fracturaron por el peso del agua de lluvia que se acumulaba en la superficie ondulada de la estructura. Y ese es solo el ejemplo más flagrante del deterioro de la UCV. El 30 de junio, el edificio que alberga la Escuela de Estudios Políticos se incendió. El cuerpo de bomberos de la universidad y los bomberos locales tuvieron dificultades para extinguir las llamas debido a la escasez de agua.

Es como si el honor concedido por la UNESCO fuera una condena y no una distinción de excelencia. Sin embargo, la universidad dista de ser la única institución del país en problemas. Un informe de 2018 reveló que el 95 por ciento de los centros educativos están en el abandono. Los salones se están quedando vacíos y los índices de deserción escolar media alcanzaron un 50 por ciento en 2020, en gran medida debido al éxodo de más de cinco millones de venezolanos y al impacto de la pandemia. Se estima que el país ha perdido casi a la mitad de sus profesores desde 2015 y muchos niños se quedan en casa en lugar de ir a la escuela debido a que los centros educativos carecen de la infraestructura básica y los recursos para ofrecerles alimentos.

El deterioro de nuestro sistema educativo es una tragedia más silenciosa y gradual que pesa en el alma. Pero sus implicaciones —el declive de uno de los símbolos culturales e intelectuales más importantes de Venezuela y la posible pérdida de un monumento de la arquitectura moderna— deberían inquietar a toda la humanidad. Si la civilización puede celebrar sus mayores creaciones, también tiene el deber de protegerlas. La UNESCO debería llamar la atención sobre la desaparición de la Ciudad Universitaria de Caracas haciendo algo más que declaraciones genéricas de apoyo y notificar que este Patrimonio Mundial está en peligro. Pero el gobierno venezolano debe hacer su parte: la UNESCO proporcionará los recursos financieros necesarios para los esfuerzos de conservación solo si Venezuela los solicita.

Como nací en los años cincuenta, la UCV era para mí el epicentro vibrante de la educación superior venezolana. Tras la dictadura de Juan Vicente Gómez, que acabó en 1935, la educación era considerada fundamental para crear una democracia próspera. Yo daba esto por hecho en medio de la vertiginosa modernización que supuso el auge petrolero.

Cuando inicié mis estudios de Arquitectura en la universidad en 1968, me parecía como si la UCV siempre hubiera existido y pensaba que sería eterna. No entendía su excepcionalidad.

La realidad es que la UCV es una maravilla moderna tan insólita como frágil y que su desintegración no es casual. La universidad es víctima de un régimen cuya noción de continuidad es mantener los símbolos culturales bajo la lápida de un absoluto abandono, en particular las instituciones que ve como una amenaza.

La Universidad Central de Venezuela siempre ha sido un bastión contra el autoritarismo y estado a la vanguardia de las nuevas ideas. Las políticas de Hugo Chávez, quien llegó al poder en 1999, y de sus seguidores eran impopulares entre el alumnado de la UCV. Los estudiantes salieron a las calles en 2007 para protestar por las medidas del presidente Chávez para restringir la libertad de expresión. Como parte de su estrategia a largo plazo para debilitar su influencia, negó a la universidad y (a otras instituciones públicas) recursos financieros esenciales.

Las continuas restricciones presupuestarias y la represión de profesores y estudiantes que han manifestado su descontento durante el gobierno del presidente Nicolás Maduro ayudaron a que lo inconcebible ocurriera: la Ciudad Universitaria se ha convertido una ruina arqueológica. El estado del sitio es un reflejo de las condiciones del país: revela que el tiempo en Venezuela parece marchar hacia atrás. Hay una sensación de que la corriente de la historia, confusa y devastadora, fluye en reversa. Nuestro futuro parece existir solo en las obras de un pasado que se desvanece.

La Ciudad Universitaria se construyó entre 1940 y 1960 con los ingresos por el petróleo, en una época en la cual Venezuela era un país rural que se modernizaba. Fue concebida y diseñada por el influyente arquitecto venezolano Carlos Raúl Villanueva, cuyos proyectos de renombre mundial inspiraron a generaciones de venezolanos.

El desarrollo del proyecto de la UCV ofreció sorpresas incluso para Villanueva. Al principio, organizó los elementos arquitectónicos siguiendo un eje clásico que integrara la educación y la vida urbana, típico de su formación en la École des Beaux-Arts de París, pero luego su visión dio un giro radical. A su idea original añadió otra dimensión: el arte público en forma de esculturas, murales, mosaicos y vitrales. Su objetivo era mostrar el arte no como se expone en un museo, sino como protagonista activo.

Las obras se convirtieron en parte de las vías de acceso a nuevas perspectivas de espacio que encontraba la gente al recorrer las rampas, marquesinas, arcos y patios de la universidad, que van desde la Plaza Cubierta hasta el Aula Magna (un auditorio lleno de luz y color), donde el escultor Alexander Calder dio forma de nubes a las pantallas acústicas de la sala.

El Aula Magna, epicentro de la UCV, se conecta con el resto de la Ciudad Universitaria a través de pasillos entrelazados cuyas sensuales curvas generan experiencias espaciales mientras dan sombra y protegen a los peatones.

Pero, dado el estado de deterioro de la UCV, es fácil imaginar un futuro distópico en el que la escuela quede en el total abandono, sea despojada de sus obras de arte y las nubes de Calder se vendan una por una. No sería tan fácil llevarse los murales de Víctor Vasarely y Alejandro Otero, pero temo por el vitral gigante de Fernand Léger en la Biblioteca Central.

La UCV no está sola ante estas amenazas. Las demás universidades públicas y privadas de Venezuela también luchan contra el deterioro. La Universidad de Oriente ha sufrido un declive constante, que incluye los habituales recortes presupuestarios, así como actos de vandalismo.

Cuento con muchos amigos entre los estudiantes y profesores de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela. Admiro sus intentos por mantenerla viva. Aunque la universidad ha empezado a reparar el techo derrumbado, me temo que no será suficiente.

El futuro de la UCV es incierto. Si en el año 2000 la designación de la UNESCO fue motivo de orgullo y celebración, veintiún años después debe convertirse en un instrumento de guía y sobrevivencia. La UNESCO no puede limitarse a ponderar las obras del pasado. Su principal labor debe ser integrarlas a la cultura viva y la civilización en el presente.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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