La segunda pandemia que se espera: las enfermedades sin diagnosticar

Wayne A.I. Frederick
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Personas esperan en la fila para hacerse pruebas de coronavirus en el Centro Hospitalario de Harlem, en Nueva York. (Hiroko Masuike/The New York Times).
Personas esperan en la fila para hacerse pruebas de coronavirus en el Centro Hospitalario de Harlem, en Nueva York. (Hiroko Masuike/The New York Times).

UN AÑO DE FALTA DE ATENCIÓN MÉDICA PREVENTIVA ESTÁ PONIENDO EN PELIGRO A LAS COMUNIDADES MINORITARIAS.

Aún no termina la pandemia de coronavirus, pero ya comenzamos a sentir sus secuelas. Mientras miles de estadounidenses siguen muriendo de COVID-19 todos los días, muchas personas están sufriendo de problemas graves de salud que no tienen nada que ver con el virus, ya que su acceso a la atención médica se ha interrumpido. Puesto que muchos estadounidenses siguen con temor de acudir a hospitales y consultorios médicos, se vislumbra una segunda pandemia más sutil provocada por las enfermedades que no se han tratado ni diagnosticado desde marzo de 2020.

Un estudio publicado en la revista Journal of the National Medical Association en diciembre informó que un 43 por ciento de los estadounidenses ha faltado a sus consultas médicas preventivas durante la pandemia. En los tres meses después de que se impusiera el primer confinamiento, Epic Health Research Network encontró que se habían realizado un 66,67 por ciento menos de revisiones de cáncer de seno, colon y cervical.

Cuando comenzó la pandemia, los recursos sanitarios se desviaron de las operaciones de atención primaria y preventiva para combatir el coronavirus. Desafortunadamente, ya estamos viendo los efectos cuantificables de no acudir a las citas médicas: esta semana los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) informaron que en las primeras seis semanas de 2020, la expectativa de vida en Estados Unidos disminuyó un año en promedio. Los CDC estimaron que desde marzo han fallecido aproximadamente 512.000 personas más de lo que las estadísticas de mortalidad en Estados Unidos habrían predicho en general si no hubiera una pandemia.

Aunque esa cifra de exceso de muertes incluye y sugiere que hay un recuento insuficiente de los decesos por COVID-19, también es una señal de que hay más personas que mueren por otras causas, y las personas de color se ven afectadas de forma desproporcionada. El año pasado, el exceso de muertes aumentó un 14,7 por ciento para la población blanca, pero un 44,9 por ciento para la población latina y un 28,1 por ciento para la población negra, según los CDC. Así como la pandemia ha afectado de forma desproporcionada a las comunidades de color, esta crisis oculta que se avecina causará estragos en estas mismas poblaciones minoritarias, que tienen tasas más altas de enfermedades como hipertensión y diabetes, así como menos acceso a una atención sanitaria de calidad.

En el hospital de la Universidad Howard, una institución que atiende principalmente a gente de color, ya he sido testigo de cómo mis pacientes se están enfrentando a un mayor sufrimiento. En enero, operé a un paciente con cáncer de páncreas con los niveles de ictericia más altos que he visto. Me dijo que no acudió al médico antes porque se sentía nervioso de ir al hospital durante la pandemia. Como consecuencia, su condición se volvió peor de lo normal y estuvo más tiempo en el hospital.

Si no actuamos ahora, la pandemia podría dejar a su paso muchas muertes evitables incluso después de que los casos de COVID-19 disminuyan. Se ha demostrado que las medidas de salud preventivas reducen la incidencia y letalidad de las enfermedades, así como los costos de la atención médica. Pero incluso antes de la pandemia, la industria de la salud no le daba suficiente prioridad a estos esfuerzos.

La ampliación de la atención primaria y preventiva es urgente y está pendiente desde hace tiempo. Debemos formar a más profesionales de la salud para que tengan contacto habitual con los pacientes y ofrezcan servicios de atención primaria. Imagínate ir al dentista o a la farmacia y que te hagan una mamografía o una prueba de diabetes, además de hacerte una limpieza dental o comprar medicamentos recetados. Con más profesionales formados que se ocupen de los pacientes, podemos evitar que los problemas iniciales se conviertan en urgencias.

El sector sanitario también debería invertir más en la atención, la comunicación y la educación del paciente. No hay que exigir a los pacientes que conozcan a fondo sus riesgos sanitarios ni que naveguen sistemas complicados a fin de recibir la atención que necesitan. Tampoco deberían tener que viajar lejos para recibirla. Debemos crear oportunidades más convenientes para que los pacientes reciban atención médica, especialmente aquellos que no pueden ausentarse del trabajo o costear el transporte. Deberíamos ampliar los servicios de telemedicina, que siguen siendo inaccesibles para muchas comunidades minoritarias que carecen de acceso constante a internet. También deberíamos llevar los servicios sanitarios móviles a las comunidades de bajos ingresos, del mismo modo que hemos establecido centros de pruebas y vacunación contra el coronavirus en nuestras ciudades.

Este tipo de cambio no es tanto una transformación total sino un regreso a las raíces de la medicina organizada. Con demasiada frecuencia, cuando hablamos de mejorar la atención sanitaria, hablamos de problemas y soluciones a nivel de la industria: tenemos que formar a más médicos. Tenemos que controlar los costos de los medicamentos recetados. Tenemos que reformar los seguros de salud. Tenemos que aplanar la curva.

Por supuesto que todo esto es importante. Pero no hablamos de las necesidades de los pacientes individuales tanto como deberíamos. Por eso, incluso en medio de una pandemia que ha hecho que nuestra atención colectiva se centre en los servicios de salud, los pacientes que necesitan ayuda siguen pasando desapercibidos y mueren por causas prevenibles.

Con demasiada frecuencia, los pacientes negros y morenos se quedan atrás. Durante los primeros días de la pandemia, cuando estábamos reconfigurando nuestro sistema de atención sanitaria para hacer frente al COVID-19, descuidamos la tarea de proteger a muchas de las personas que trabajan en nuestros centros de atención sanitaria, tiendas de comestibles, plantas empacadoras de carne y sistemas de transporte público. Pasamos por alto al personal de mantenimiento que se seguía asegurando de que nuestras empresas y consultorios médicos estuvieran limpios, fueran higiénicos y seguros. Cuando cancelamos las citas y cerramos los centros de análisis de detección, nos olvidamos de aquellos que se enfrentaban a otras enfermedades que amenazan la vida.

Si ahora volvemos a centrarnos en todo el espectro de necesidades de los pacientes, podremos evitar más muertes y proteger a las comunidades de color, las cuales han padecido una parte indebida de nuestra devastación nacional.

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This article originally appeared in The New York Times.

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