Opinión: El Partido Republicano está inmerso en una bizarra espiral negativa

Paul Krugman
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Esto es lo que sabemos de la política estadounidense: el Partido Republicano está atrapado, quizá de manera irreversible, en una bizarra espiral negativa. Si la insurrección del Capitolio provocada por Trump no le devolvió la cordura al partido —y no fue así—, nada lo hará.

Lo que no está claro todavía es quién, exactamente, acabará enfrentándose a la perdición. ¿Será el Partido Republicano como una fuerza política importante? ¿O será Estados Unidos tal y como lo conocemos? Por desgracia, no sabemos la respuesta. Depende mucho del éxito que tengan los republicanos en la supresión de votos.

Sobre lo bizarro: incluso a mí me quedaba algo de esperanza de que la clase dominante republicana pudiera intentar acabar con el trumpismo. Pero esas esperanzas murieron esta semana.

El martes, Mitch McConnell, el líder de la minoría del Senado, que ha dicho que el papel de Donald Trump en la incitación a la insurrección daba lugar a un juicio político, votó a favor de una medida que se propone declarar inconstitucional el juicio a Trump porque ya no está en el cargo (la mayoría de los estudiosos de la Constitución no están de acuerdo).

El jueves, Kevin McCarthy, el líder de la minoría de la Cámara de Representantes —quien todavía no reconoce que Joe Biden ganó la presidencia de manera legítima, pero sí declaró que Trump “es responsable” del ataque al Congreso— visitó Mar-a-Lago, al parecer para enmendar su error.

En otras palabras, el liderazgo nacional del Partido Republicano, después de coquetear por poco tiempo con el sentido común, se ha dejado llevar por las fantasías de los extremistas. La cobardía manda.

Y los extremistas están consolidando su dominio a nivel estatal. El partido estatal de Arizona censuró al gobernador republicano por el pecado de intentar contener el coronavirus de manera tardía. El Partido Republicano de Texas adoptó el lema “Somos la tormenta”, que se asocia con QAnon, aunque el partido niega haber tenido la intención de establecer un vínculo. Los republicanos de Oregon apoyan la afirmación carente de todo fundamento, contradicha por los propios alborotadores, de que el ataque al Capitolio fue una operación de bandera falsa ejecutada por la izquierda.

¿Cómo le sucedió esto al partido de Dwight Eisenhower? Los politólogos sostienen que las fuerzas tradicionales de la moderación se han debilitado por factores como la nacionalización de la política y el auge de los medios de comunicación partidistas, en particular Fox News.

Esto ha abierto la puerta a un proceso de extremismo que se refuerza a sí mismo (algo que, por cierto, he visto que ocurre en menor proporción en algunos ámbitos académicos). A medida que los partidarios de la línea dura ganan poder adentro de un grupo, expulsan a los moderados, entonces, lo que queda del grupo es aún más extremo, lo cual saca del grupo incluso a más moderados y así sucesivamente. Un partido comienza quejándose de que los impuestos son demasiado altos; al cabo de un tiempo, empieza a afirmar que el cambio climático es un gigantesco engaño y acaba creyendo que todos los demócratas son pedófilos satánicos.

Este proceso de radicalización comenzó mucho antes de Donald Trump; se remonta al menos a la toma del poder del Congreso por parte de Newt Gingrich en 1994. No obstante, el reino de la corrupción y las mentiras de Trump, seguido por su negativa a aceptar la derrota y su intento por anular los resultados de las elecciones, lo llevó a un punto crítico. Y la cobardía de la clase dominante republicana ha acabado por reforzarlo. Uno de los dos principales partidos políticos de Estados Unidos se ha separado de los hechos, la lógica y la democracia, y no dará marcha atrás.

¿Qué pasará ahora? Se podría pensar que un partido que se va al garete en lo moral e intelectual se encontraría también en el garete político. Y eso es lo que ha ocurrido en algunos estados. Esos fantasiosos republicanos de Oregon, que llevan fuera del poder desde 2013, parecen seguir el camino de sus colegas de California, un partido antaño poderoso reducido a la impotencia frente a una supermayoría demócrata.

Pero no está nada claro que esto vaya a ocurrir a nivel nacional. Es cierto que, a medida que los republicanos se han vuelto más extremistas, han perdido un amplio apoyo; el Partido Republicano solo ha ganado el voto popular para la presidencia en una ocasión desde 1988 y la victoria de 2004 fue un caso atípico influido por los efectos duraderos del patriotismo emanado del 11 de septiembre.

Sin embargo, debido a la naturaleza poco representativa de nuestro sistema electoral, los republicanos pueden alcanzar el poder aunque pierdan el voto popular. La mayoría del electorado rechazó a Trump en 2016, pero se convirtió en presidente de todos modos y estuvo bastante cerca de conseguirlo en 2020 a pesar de un déficit de siete millones de votos. El Senado está dividido de manera uniforme a pesar de que los miembros demócratas representan a 41 millones de personas más que los republicanos.

Además, la respuesta republicana a la derrota electoral no es cambiar las políticas para convencer a los votantes, sino intentar amañar las próximas elecciones. Desde hace mucho tiempo, se sabe que en Georgia se suprime de manera sistemática a los electores negros; fue necesario un extraordinario esfuerzo de organización por parte de los demócratas, encabezados por Stacey Abrams, para vencer esa supresión y ganar los votos electorales y los escaños del Senado del estado. Así que los republicanos que controlan el estado están intensificando la privación de derechos, con la propuesta de nuevos requisitos de identificación para los electores y otras medidas para limitar el voto.

La conclusión es que no sabemos si esto es algo más que una mejora temporal. Los planes del presidente que intentó retener el poder a pesar de haber perdido las elecciones fracasaron. No obstante, un partido que se traga extrañas teorías conspirativas y niega la legitimidad de su oposición no se está volviendo más cuerdo, y todavía tiene muchas posibilidades de conseguir todo el poder dentro de cuatro años.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company