Opinión: El papa Francisco, la homosexualidad y la hipocresía de la Iglesia

Guillermo Osorno
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La iglesia de Roma pierde terreno frente a la secularización, el ateísmo y el avance de otras religiones. Para sobrevivir y actualizarse necesita mostrar compasión.

CIUDAD DE MÉXICO — Hace unos días se dio a conocer Francesco un documental donde el papa Francisco da un abierto apoyo a las uniones del mismo sexo levantando el polvo acumulado de años de condena de la Iglesia católica a la comunidad LGBT. El papa Francisco dijo: “Los homosexuales tienen derecho a estar en una familia. Son hijos de Dios y tienen derecho a una familia”.

Algunos religiosos piensan que se trata de la declaración más contundente del papa sobre el asunto de las uniones del mismo sexo. Cuando Jorge Bergoglio fue arzobispo de Buenos Aires, apoyó las uniones civiles en Argentina, como una alternativa a los matrimonios del mismo sexo y, como papa, se ha referido varias veces a temas LGBT. Uno de los momentos decisivos, cuando todo el mundo lo volteó a ver, sucedió en julio de 2013. La prensa le preguntó sobre los sacerdotes gay en un intercambio informal. Francisco dijo: “Si aceptan al Señor y tienen buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlos?”.

El papa ha intentado suavizar la postura de la Iglesia hacia la homosexualidad, aun a costa de contradicciones, empezando porque el Vaticano es una organización con una doble moral. Pero a menos que la Iglesia no haga un examen de la homosexualidad en su interior y del dolor al que ha condenado a los homosexuales que nacieron católicos, las declaraciones del sumo pontífice no pasarán de un escándalo suscitado por el documental de moda.

Crecí en una familia católica y me eduqué en escuelas católicas. Comparto con muchos homosexuales latinoamericanos o de países católicos la confusión inicial de salir del clóset, que significa un tortuoso proceso de desmontar un cuerpo de creencias y valores para adoptar otros, y entender que familia y religión, como yo las conocía, quedaban vetados.

Cuando a los 18 años asumí que era gay, me pareció que lo más honesto sería llevar el tema al confesionario. También quería tenderle un puente a mis padres, quienes estaban terriblemente angustiados y, como yo, no tenían ningún asidero. Me metí a un retiro espiritual que duró un fin de semana, y, casi al final del mismo, me confesé con un padre en busca de consejo y alivio. El sacerdote me dio dos opciones. O me arrepentía y renunciaba a una vida sexual, o me condenaba al infierno. No solo me estaba empujando a una vida clandestina, sino que también me escatimaba la posibilidad de trascendencia si aceptaba mi homosexualidad. No había cabida para mí en la Iglesia.

Visto de otra manera, las opciones eran: llevar una vida infeliz sin sexo en espera del Cielo o apostar por una vida plena en la Tierra pero sin religión.

También, por estar inmerso en una cultura católica, uno se da cuenta del doble rasero de la Iglesia con respecto a la homosexualidad. El director del bachillerato donde yo estudiaba, una escuela únicamente para varones, mandaba llamar a los alumnos por altavoz para que fueran a su oficina. Allí les preguntaba sobre sus experiencias sexuales, no en el ámbito de la confesión, tampoco en el del consejo experto, sino en el de una extraña atmósfera enrarecida. Solo Dios sabe qué satisfacciones obtenía con esos relatos.

Todavía experimento confusión con respecto a ese y otros comportamientos del colegio del que todos participaban pero nadie hablaba. Sin embargo, para los estándares de la Iglesia católica, esas entrevistas son lo de menos. Mi escuela estaba muy lejos de los escándalos sexuales de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, una penosa congregación que dio el catolicismo mexicano al mundo. El comportamiento criminal de Maciel fue largamente ocultado por el Vaticano y acallado por las clases altas de España y varios países latinoamericanos.

El año pasado, el sociólogo francés Frédéric Martel publicó
Sodoma
, un exhaustivo trabajo de investigación sobre la homosexualidad dentro del Vaticano. Martel apunta hacia un gran fraude. Dice que durante los últimos papados, cuando se promovió la idea de que el sida era un castigo divino, condenaban la distribución de condones o señalaban que la teoría de género era una abominación, la vida sexual en el Vaticano era incontrovertiblemente homosexual y las estrategias para mantenerla en secreto solo se pueden comparar a las de la mafia italiana. En medio se describen fiestas, drogas, relaciones con prostitutos y nombres secretos en femenino.

En este contexto, Francisco sería un liberal que nada en aguas estancadas de un sacerdocio en crisis por años de negación y silencio. No es difícil apreciar su intento por tener un acercamiento menos hostil a la comunidad LGBT, pero se necesitan acciones concretas para acabar con la hipocresía de la Iglesia y para restaurar el daño que sus enseñanzas causan a los homosexuales, especialmente a los que nacimos católicos y a quienes nos señala como el monstruo en el cuarto.

En primer lugar, la Iglesia debería mostrar más compasión por los sacerdotes homosexuales. Un interesante estudio sobre el estado del sacerdocio en Estados Unidos (
The Changing Face of the Priesthood
), conducido por el padre Donald B. Cozzens y publicado en 2000, calcula que el número de sacerdotes homosexuales en este país oscila entre el 23 y el 58 por ciento, con los más altos porcentajes entre los sacerdotes más jóvenes. ¿Qué le dice a la Iglesia esa cifra dada por uno de sus propios miembros? ¿Cómo debe reaccionar ante la orientación sexual de sus sacerdotes? ¿Cómo se supone que un sacerdote condenado por sus preferencias pueda al mismo tiempo llevar a cabo su ministerio?

En segundo, la Iglesia debería de abandonar desde ya la postura de que la orientación homosexual es un desorden y promover que la gente sea capaz de aceptar su sexualidad como un aspecto positivo de su personalidad.

No es fácil ser optimista sobre estos cambios. Es probable que tarden mucho en llegar mientras la crisis dentro de la iglesia se profundiza y el mundo sigue caminando hacia un mayor ateísmo y secularización. Sin embargo, si la Iglesia quiere sobrevivir debe actualizarse y abrirse a quienes aceptan sus enseñanzas y actúan de buena voluntad. No le queda mucho tiempo para hacerlo.

Guillermo Osorno es periodista y editor. Ha publicado Tengo que morir todas las noches: Una crónica de los ochenta, el underground y la cultura gay.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company