Opinión: Cuando los pantalones deportivos son una epifanía

Frank Bruni
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Un año después del inicio de la pandemia, por fin es posible imaginar un retorno a algo parecido a nuestras vidas anteriores. Si bien es cierto que las nuevas variantes de coronavirus y los nuevos picos de COVID-19 podrían cambiar nuestra trayectoria actual y frustrar nuestras esperanzas, el rápido aumento de los porcentajes de estadounidenses vacunados hace que muchos de nosotros dirijamos la mirada hacia el otro extremo de esta monserga.

Y conozco a más de una persona que no está preparada para ello.

Desearían, como cualquier persona en su sano juicio, que la pandemia nunca hubiera ocurrido. Odian lo que le ha hecho a este país, a este mundo y a muchos aspectos de sus propias vidas y de las de sus seres queridos.

¿Pero qué pasará con la brutal reducción de sus obligaciones y compromisos sociales más allá del hogar? En realidad eso no les afectó, al menos no tanto. Sus movimientos se habían vuelto agitados y sus agendas estaban sobrecargadas.

¿Y qué pensar de la forma en que las escuelas suspendidas, las actividades extracurriculares canceladas y las oficinas cerradas los obligaban a ellos y a sus hijos a pasar más tiempo juntos? Fue un poco estresante y a menudo el estrés era proporcional a los metros cuadrados de una casa, pero también había intimidad. Les gustaba la cantidad de noches en las que todos cenaban juntos.

¿Y del fin de los desplazamientos al trabajo? Eso solo fue positivo y, junto con el cese de los viajes de negocios, se produjo una revelación: las reuniones en persona y la logística que conllevaban no eran tan necesarias como todo el mundo pensaba. Había alternativas más baratas y fáciles.

Ahora estas personas se preparan para la reanudación de la saturación social, la sobrecarga de actividades, las horas pico, los horarios de cena escalonados y los detectores de metales de los aeropuertos. Parece que lo consideran inevitable.

Pero no lo es. Al menos no tiene por qué serlo. De la insondable pérdida y el horror de esta pandemia, ¿no deberíamos extraer algunos aspectos positivos, incluido el reconocimiento de que no tenemos que hacer todo como antes, que parte de lo que se nos impuso en los últimos doce meses supuso mejoras y que algunas de las rutas alternativas, los planes de contingencia y el comportamiento consciente de los riesgos a los que nos aferramos tienen un mérito duradero?

Me refiero a cosas importantes, como el trabajo a distancia —y la flexibilidad que otorga—, pero también a cosas pequeñas, como lavarse las manos. No debería necesitarse de una pandemia para incitarnos a hacerlo repetidamente a lo largo del día, del mismo modo que no deberíamos necesitar una pandemia para hacernos más conscientes de nuestra capacidad para propagar enfermedades. ¿Por qué no usar cubrebocas cuando salimos de casa con resfriados fuertes y contagiosos? (Eso es habitual desde hace mucho tiempo en algunas partes de Asia). Definitivamente, deberíamos mantenernos alejados de la oficina si tenemos algún tipo de virus que podría ser contagioso y abandonar la idea de que es estoico —valeroso— presentarse y luchar contra nuestros estornudos, toses y demás. No... es desconsiderado. Los jefes deben dejarlo en claro.

¿Has descubierto que el contacto prolongado y las conversaciones profundas con una pequeña burbuja de personas te satisfacen más que el contacto breve y la cháchara superficial con un enorme reparto alternante? Puedes estructurar tu vida de esa manera por elección de aquí en adelante.

¿Descubriste que los paseos diarios al aire libre y el tiempo de silencio y contemplación le hacían bien a tu alma? Entonces, no los deseches cuando el mundo vuelva a su movimiento frenético.

¿Sentiste que el hecho de preocuparte menos por tu apariencia no era una renuncia sino una liberación? Ninguna regla te obliga a volver a ser quisquilloso.

La mayoría de nosotros ha hecho importantes sacrificios durante este periodo extraordinario y angustioso. Algunos han hecho sacrificios profundos y muy dolorosos. Tal vez haya más de ellos por venir.

Sin embargo, aunque las ventajas no sean ni por mucho proporcionales, también hemos aprendido algo (espero) sobre nuestras responsabilidades con el otro y lo que más nos importa. Sería una pena no tener en cuenta esas lecciones.

This article originally appeared in The New York Times.

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