Opinión: La pandemia y las ciudades del futuro

Paul Krugman
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En 1957, Isaac Asimov publicó “El sol desnudo”, una novela de ciencia ficción sobre una sociedad en la que las personas viven en fincas aisladas, los robots cubren sus necesidades y solo interactúan por medio de videos. La trama gira en torno a la manera en la cual esta falta de contacto presencial atrofia y deforma sus personalidades.

Después de un año en el que los que pudimos trabajamos desde casa (aunque atendidos por humanos menos afortunados en lugar de robots), eso suena bastante bien. Pero ¿cómo viviremos una vez que ceda la pandemia?

Por supuesto, nadie lo sabe con certeza. Sin embargo, tal vez nuestra especulación pueda sustentarse en algunos paralelos y modelos históricos.

En primer lugar, parece seguro predecir que no volveremos del todo a la manera en que solíamos vivir y trabajar.

De hecho, un año de aislamiento le agregó al trabajo a distancia un caso clásico de protección de la industria naciente, un concepto que suele asociarse a la política comercial internacional y que fue expuesto de manera sistemática por primera vez nada menos que por Alexander Hamilton.

Hamilton afirmaba que había muchas industrias que podían florecer en el Estados Unidos joven, pero que no podían prosperar frente a las importaciones. Si se les daba un respiro de la competencia, por ejemplo, mediante aranceles temporales, estas industrias podrían adquirir suficiente experiencia y sofisticación tecnológica para volverse competitivas.

El argumento de la industria naciente siempre ha sido complicado como base para las políticas públicas: ¿cómo saber cuándo es válido? ¿Y se puede confiar en que los gobiernos tomen esa decisión? No obstante, la pandemia, al imposibilitar de manera provisional nuestros antiguos hábitos laborales, sin duda nos ha permitido aprovechar mucho mejor las posibilidades del trabajo a distancia; además, parte de lo que solíamos hacer —largos desplazamientos para poder sentarnos en cubículos, vuelos constantes a reuniones de dudoso valor— no volverá.

Sin embargo, si la historia sirve de guía, de hecho, gran parte de nuestra anterior manera de trabajar y vivir volverá.

He aquí un paralelismo: lo que internet cambió y no cambió en cómo leemos libros.

Hace una década, muchos observadores creían que tanto los libros físicos como las librerías que los vendían estaban en vías de extinción. Y parte de lo que predijeron se cumplió: los lectores electrónicos se quedaron con una parte importante del mercado y las grandes cadenas de librerías sufrieron un golpe financiero significativo.

No obstante, la popularidad de los libros electrónicos se estancó a mediados de la década pasada, sin llegar a superar a los libros físicos. Y aunque las grandes cadenas han sufrido, las librerías independientes han florecido.

¿Por qué la revolución de la lectura ha sido tan limitada? La comodidad de descargar libros electrónicos es evidente. Pero para muchos lectores esta comodidad se ve compensada por factores más sutiles. La experiencia de leer un libro físico es diferente y, para muchos, más agradable que la lectura en tinta electrónica. Y recorrer una librería también es una experiencia diferente a la de comprar en línea. Me gusta decir que en internet puedo encontrar cualquier libro que busque; de hecho, descargué un ejemplar de “El sol desnudo” unas horas antes de escribir este artículo. Sin embargo, lo que encuentro en una librería, sobre todo en una independiente bien conservada, son libros que no buscaba, pero que acabo atesorando.

Quizá la revolución del trabajo a distancia se desarrollará de manera similar, pero a una escala mucho mayor.

Las ventajas del trabajo a distancia (ya sea desde casa o, tal vez, en oficinas pequeñas situadas lejos de zonas urbanas densas) son evidentes. Tanto los espacios de vida como los de trabajo se abaratan; los traslados son cortos o inexistentes; ya no es necesario lidiar con el gasto y la incomodidad de la ropa de negocios formal, al menos de la cintura para abajo.

En cambio, las ventajas de volver al trabajo presencial serán relativamente sutiles: los beneficios de la comunicación cara a cara, la serendipia que puede surgir de las interacciones no programadas, las comodidades de la vida urbana.

No obstante, estas sutiles ventajas son las que impulsan la economía de las ciudades modernas y, hasta antes de la llegada de la COVID-19, estas ventajas alimentaban una creciente divergencia económica entre las grandes áreas metropolitanas con un alto nivel educativo y el resto del país. El aumento del trabajo a distancia puede frenar esa tendencia, pero es probable que no la revierta.

El resurgimiento de las ciudades no será un proceso del todo bonito; gran parte de él reflejará tal vez las preferencias de los estadounidenses ricos que desean los lujos y el glamur de las grandes ciudades. “El principal problema de mudarse a Florida es que hay que vivir en Florida”, dijo un gestor de fondos a Bloomberg. Pero, aunque las ciudades prosperan en parte porque se adaptan a los estilos de vida de los ricos y fatuos —les guste o no, su riqueza y poder contribuyen en gran medida a moldear la economía—, las ciudades también prosperan porque gran parte del intercambio de información y de la lluvia de ideas tiene lugar durante las pausas para el café y las cervezas después de las horas de trabajo; las llamadas de Zoom no son un sustituto adecuado.

O como dijo el gran economista victoriano Alfred Marshall sobre los centros tecnológicos de su época: “Los misterios del oficio dejan de serlo, pero están, por así decirlo, en el aire”.

Así que la mejor apuesta es que la vida y el trabajo en, digamos, 2023 se parecerán mucho a la vida y el trabajo en 2019, pero en menor medida. Puede que nos desplacemos menos de lo que solíamos a la oficina; puede que haya un exceso de espacio urbano para oficinas. Pero la mayoría de nosotros no podrá estar muy lejos del mundanal ruido.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company