Opinión: Píldoras de flor de loto repelentes de la plaga y otros regalos de China

Yangyang Cheng

LAS FÓRMULAS HERBALES TAMBIÉN SON UNA POCIÓN PARA LA COHESIÓN NACIONAL.

CHICAGO – “La madre patria está contigo” se lee en el mensaje impreso en el sobre de plástico. Las letras eran de color amarillo brillante sobre un fondo carmesí, los mismos colores de la bandera nacional china. “Afecto auténtico desde 16.000 kilómetros de distancia”.

Esta primavera, mientras el nuevo coronavirus se convertía en una pandemia mundial, el gobierno chino comenzó a enviar paquetes de atención médica a los estudiantes chinos en el extranjero, los cuales fueron distribuidos por sus embajadas y consulados. Contenían varios cubrebocas, toallitas desinfectantes, un folleto sobre cómo protegerse del virus y dos paquetes de “lianhua qingwen jiaonang”, cápsulas de flor de loto contra la plaga.

Desde mi apartamento estudio en Chicago, del cual he salido muy poco en semanas, busqué en internet el contenido de las cápsulas. No contienen fragrantes flores de verano; el nombre del medicamento es solo un homónimo para los dos ingredientes principales, forsitia y madreselva.

Sonreí a la pantalla. “Hola, viejos amigos”.

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De niña, en China, una, dos, tres veces al mes, me resfriaba y tosía y mi madre me llevaba al hospital de la ciudad para que le dieran medicina tradicional china. El amable doctor de pelo canoso escribía una receta que surtían en la farmacia del primer piso, donde los técnicos usaban una báscula de bronce para medir la cantidad exacta de cada ingrediente.

Pasé muchas horas estudiando esas recetas, detectando pequeñas diferencias entre una visita y otra: 3 gramos más de esto, un poco menos de aquello. Memoricé los nombres de los ingredientes habituales: flor de oro y plata, hierba de pez, gran amarillo, cielo de rubí. Parecía que leía un poema.

Admiraba la caligrafía, los largos y elegantes trazos en tinta color índigo. “¡Mucho mejor que la de los médicos de los hospitales de estilo occidental!”, decía mi madre. Como maestra de primaria, veía la caligrafía como un reflejo del carácter.

De pie en nuestra cocina, vertía cuidadosamente la bolsa de hojas y raíces secas en una pequeña vasija de barro cuyo exterior rojo oscuro se había convertido en una costra de color marrón grisáceo. Añadía agua justo por debajo de la boca. Mientras el brebaje se cocinaba a fuego lento en la estufa, nuestro apartamento se inundaba de un olor intenso y terroso. Respiraba profundamente, tragaba el líquido espeso y amargo en la menor cantidad posible de tragos y apretaba los dientes hasta que mi estómago se asentaba.

Poco a poco, mi enfermedad cedía. La medicina china requiere paciencia, explicaba mi madre; media las fuerzas opuestas en el cuerpo y restaura el equilibrio natural entre los órganos.

“¡Eso suena a superstición!”, protesté un día. Mi mente adolescente había empezado a cuestionar la teoría del yin y el yang. La visión de la vasija de barro me hacía sentir una profunda vergüenza, por mi fragilidad y el pensamiento retrógrada de mi madre.

Mi madre decía que nuestros antepasados han transmitido la medicina tradicional china a lo largo de miles de años. Yo reviré, con una cita del gran escritor Lu Xun, cuyos ensayos y cuentos había leído en mis libros de texto publicados por el gobierno. Hace casi un siglo, Lu Xun argumentó que la medicina tradicional china debería abolirse como práctica, si bien podían conservarse algunos medicamentos. Es bien conocido que el escritor abandonó la escuela de Medicina en 1906 para dedicarse a la literatura: en lugar de salvar cuerpos individuales, trabajaría en el rescate del alma china.

Mientras el imperio Qing se desmoronaba bajo las invasiones extranjeras y la agitación interna, los intelectuales de la generación de Lu Xun buscaron en el Occidente formas de curar a su nación. Pensaban que su propia herencia cultural era una enfermedad terminal; la modernización exigía una ruptura radical con el pasado.

Después de la toma de poder comunista en 1949, la medicina tradicional china fue institucionalizada. Los remedios populares ayudaron a satisfacer tanto una necesidad tangible (los médicos con credenciales eran escasos) como un fin ideológico: ese sistema de conocimiento es prototípica y particularmente chino.

En la actualidad, el gobierno chino ve una oportunidad política en el continuo atractivo emocional de la medicina tradicional. Si los chinos pueden adoptar una alternativa oriental a la medicina occidental, también es más probable que acepten el modelo de gobierno del Partido Comunista y rechacen la democracia liberal y los derechos humanos universales por ser imposiciones extranjeras.

La Comisión Nacional de Salud de China ha incorporado la medicina tradicional china como tratamiento para la COVID-19, a pesar de que hay pocas pruebas clínicas de su eficacia contra la enfermedad. Las fórmulas de hierbas también son una pócima para la cohesión nacional.

La madre patria está contigo”, dice el paquete de atención médica para la COVID-19 proveniente de China. Frunzo el ceño ante la flagrante propaganda y a continuación me siento avergonzada por mi disposición escéptica. El eslogan pretende conjurar un profundo anhelo, una pasión abrasadora. También evoca un intenso malestar.

Recuerdo el momento en que recibí mi primer pasaporte chino. Fue en 1998; tenía 8 años. El cuadernillo color vino se sentía como una promesa de que el Estado sería mi protector. Una década más tarde, llevé mi pasaporte al Consulado de Estados Unidos en Shanghái para solicitar una visa para estudiar en Estados Unidos. Estaba ansiosa por comenzar una nueva vida entonces y consideré que aquella prueba de ciudadanía era más que nada un permiso de salida.

Cuando renové mi pasaporte hace tres años, en el consulado chino de Nueva York, había empezado a escribir ensayos críticos sobre la política autoritaria de Pekín y me preocupaba un poco, paranoica o no, que pudiera tener problemas con el proceso burocrático.

Vivir fuera de China me ha permitido tener acceso a partes de la historia de mi país que mi gobierno intenta borrar y me ha dado la libertad de expresarme. Mis palabras me han ayudado a recuperar mi identidad china como una pertenencia cultural y lingüística, como una historia de origen. Cuanto más me alejo del Estado que la representa, más me enamoro de la tierra que dejé.

Esta primavera, mi madre, durante una llamada, me preguntó si había recogido uno de esos “paquetes de salud” que el gobierno chino había estado enviando a los estudiantes en el extranjero. Puedes comprar cubrebocas y toallitas, dijo, pero las píldoras de loto solo están disponibles en China.

Pude escuchar el orgullo patriótico en su voz, así que no le recordé que ya no soy estudiante, un hecho que nunca se registra. Tampoco le señalé que, si el medicamento sirve para “abrir los pulmones” y “eliminar las toxinas del cuerpo” como afirma en el envase, debería estar disponible para más personas y no solo para los chinos.

¿El gobierno chino está sugiriendo que la medicina china solo funciona en los cuerpos chinos? O tal vez no tiene nada que ver con la eficacia, si el principal propósito de las píldoras de loto es reafirmar una identidad colectiva.

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En una conferencia pública a mediados de abril, Zhang Wenhong, el experto en enfermedades infecciosas que dirigió los esfuerzos para combatir la COVID-19 en Shanghái, enfatizó la importancia de una dieta alta en proteínas para reforzar el sistema inmunitario: los padres deben preparar “mucha leche y muchos huevos. Nada de arroz ‘congee’ por la mañana”, dijo el médico.

Beber leche no es una tradición china; en línea, algunos llamaron el rechazo de Zhang de nuestro desayuno básico un acto de “adoración al extranjero”. “Los lácteos frescos no fueron populares sino hasta el siglo XX, con el auge de la agricultura industrializada y el impulso de construir un Estado fuerte y moderno después de la devastación de la guerra. La leche se convirtió en un símbolo de progreso y su consumo en un acto de patriotismo.

“¡Una botella de leche fortalece a la nación! ¡Mira a Japón!”, decía mi abuelo. Me contó historias de su infancia durante la invasión japonesa de los años treinta y cómo se refugiaba bajo su cama al primer sonido de las sirenas. En la literatura de la China Imperial, los piratas japoneses eran conocidos como "wokou”, bandidos de poca monta. Entonces, el consumo masivo de leche elevó la estatura del pueblo japonés y aceleró la recuperación del país de la Segunda Guerra Mundial, o eso dice el discurso.

Desde que tengo memoria hasta que me mudé a la universidad, mi madre se aseguró de que bebiera tres tazones de leche al día, uno después de cada comida. Ella apelaba a mi vanidad: “¡La leche blanquea la piel!”. Desde la lencería hasta la ropa deportiva, casi todas las campañas de moda que he visto tenían como protagonistas a modelos europeas. Los productos de belleza se jactaban de su capacidad para blanquear y dar brillo a la piel; algunos decían que contenían extractos de leche.

Al llegar a la adolescencia, era la más alta de mi familia. Nada en las tiendas de ropa locales se ajustaba a mi cuerpo de talla grande. Durante un infructuoso viaje de compras, mi madre, exasperada entre los pantalones vaqueros que apenas me rozaban los tobillos, le preguntó a la dependienta de la tienda: “¡¿Y Yao Ming?!”, la estrella del baloncesto chino acababa de terminar otra temporada con los Rockets de Houston.

“Yao Ming no compra aquí”, dijo la mujer impávida. Alzó la mirada para verme y dijo sonriendo: “Estudia mucho y vete al extranjero. Los extranjeros son altos”.

Durante muchas décadas, mientras China aún estaba subdesarrollada, lo mejor del país ―ya fueran estudiantes, jóvenes profesionistas o productos manufacturados— se iba. Encontrar una salida era, por sí mismo, una señal de éxito. El honor crecía con el tiempo que se pasaba fuera. El regreso podía ser visto como una admisión de fracaso.

En el verano de 2008, un escándalo de inocuidad alimentaria sacudió a la nación. Se descubrió que los productos de las principales marcas de lácteos de China contenían melamina, un compuesto tóxico utilizado para aparentar un mayor contenido de proteínas. Unos 300.000 niños enfermaron. Seis murieron. Los padres chinos con medios se apresuraron a comprar fórmulas lácteas producidas en el extranjero.

Acababa de terminar mi tercer año en la universidad y me preparaba para solicitar un posgrado en Estados Unidos. Ver la crisis durante el periodo previo a las Olimpiadas de Pekín resultó particularmente irónico: China, con todo su esplendor, no podía alimentar a sus bebés con inocuidad. A veces la emigración tiene que ver lo mismo con el deseo de leche no contaminada como con el anhelo de un lugar al que pertenecer.

Mi madre se ha angustiado con la respuesta lenta y tensa al coronavirus en Estados Unidos. “Los blancos deben tener un sistema inmunitario más fuerte. Beben leche y comen queso”, ha dicho, antes de recordarme que siempre use cubrebocas. “Los chinos usan cubrebocas”.

En los primeros meses de la pandemia, muchos en Occidente vieron a la COVID-19 como una enfermedad ajena en una tierra lejana. Mientras que algunos de los chinos en el extranjero habíamos empezado a practicar el distanciamiento social y a abastecernos de suministros de limpieza, para casi todos los demás la vida transcurría como si nada. Si acaso, nuestras precauciones parecían confirmar un prejuicio preexistente: que el virus afectaba solo a los cuerpos chinos.

En chino, la expresión idiomática “jiren lixia” significa vivir bajo el techo de otra persona. Cuando era pequeña, mi madre lo mencionaba para que obedeciera: era una advertencia de que si ella me abandonaba, entonces yo sufriría un abuso espantoso con otra familia. Cuando estaba a punto de dejar China, lo usó para recordarme que yo, una persona china, nunca sería totalmente aceptada por la sociedad blanca. Tendría que vivir al margen, mendigando sobras.

Mi vida en Estados Unidos ha sido el mejor ejemplo de que mi madre se equivocaba. Pongo cubitos de hielo en mis bebidas y el frío no me enferma. Terminé mi doctorado; mi cerebro femenino sí tiene capacidad para la física. Me siento en mesas donde soy la única mujer china: no me mimetizo ni quiero hacerlo.

Sin embargo, últimamente me viene a la mente “jiren lixia” a menudo sin que mi madre me lo recuerde. El presidente de Estados Unidos quiere amurallar el país contra los inmigrantes. Las relaciones entre mi patria y mi hogar adoptivo se siguen deteriorando. En nombre de la seguridad nacional, la Casa Blanca está restringiendo la colaboración científica con China y en cada estudiante chino, ve un espía en potencia.

China se ha convertido en una superpotencia y eso no ha traído confianza ni magnanimidad, sino amenaza e inseguridad. La creciente riqueza del país y su postura extremista ocultan la creciente disminución del espacio cívico. Los escritos de Lu Xun están desapareciendo de los libros de texto.

Los símbolos selectos de la cultura tradicional son aclamados como sagrados, incluso cuando su contexto histórico se ha quedado hueco. El gobierno ha estado tomando medidas enérgicas contra las prácticas religiosas y las costumbres étnicas y está reforzando su dominio sobre Hong Kong. Solo existe una forma políticamente correcta de ser chino.

En abril, un reportero blanco que comía en un McDonald’s en mi ciudad natal fue abordado por un joven que lo llamó “basura extranjera”. Al leer ese reportaje me sentí llena de culpa, lo cual me sucede a menudo cuando leo noticias sobre China. Sé que es egoísta asumir la carga moral de una nación. También sé que no hay ningún otro lugar cuyas acciones me hagan sentir, al mismo tiempo, tan responsable e impotente.

El mes pasado, el gobierno municipal de Pekín anunció planes para penalizar “la difamación o la calumnia” de la medicina tradicional china. Hablar mal de la acupuntura o los remedios herbales podría equivaler a “buscar pelea y provocar problemas”, un delito contemplado en el código penal que cubre las peleas de barrio, así como la disidencia política.

“La madre patria está contigo”.

¿Pero qué queda de una persona si no tiene país? ¿Y qué queda de un país que no puede aceptar cuerpos extraños o mentes rebeldes? La China que llevo conmigo no es solo el país como es, sino también la China como era, nunca ha sido y podría seguir siendo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company