Opinión: Estoy organizando evacuaciones de Afganistán; es un caos

·5  min de lectura
Con la esperanza de huir de Afganistán, miles aguardan afuera del aeropuerto en Kabul, la capital. (Jim Huylebroek para The New York Times)
Con la esperanza de huir de Afganistán, miles aguardan afuera del aeropuerto en Kabul, la capital. (Jim Huylebroek para The New York Times)

ANTE LA AUSENCIA DE ORIENTACIÓN ESTADOUNIDENSE, HA RECAÍDO EN LOS VOLUNTARIOS LA LABOR DE AVERIGUAR CÓMO RESCATAR A LOS AFGANOS QUE LUCHAN POR SALVAR SU VIDA.

El día que la vida de todos quedó destruida, el domingo 15 de agosto, recibí una llamada de un amigo cercano en Kabul. Por lo general tranquilo y confiado, habilidades que son vitales para un líder comunitario en un lugar complejo y afectado por el conflicto como Afganistán, mi amigo ahora murmuraba con desesperación. “Necesito salir. Ayúdame”, dijo. De fondo, podía escuchar el bullicio nervioso de la ciudad a medida que millones de personas aceptaban el hecho de que los talibanes habían tomado el control del territorio.

Mi amigo, un destacado activista quien se ha pronunciado contra el gobierno opresor de los talibanes, es uno de los miles de afganos que ahora mismo luchan para encontrar una manera de escapar del país. Llevo más de una semana trabajando desde Los Ángeles, donde vivo, para apoyar y coordinar sus esfuerzos. Junto a una coalición de organizaciones afganoestadounidenses, muchos miembros comunitarios y yo hemos realizado nuestro mayor esfuerzo para ayudar a salir a nuestros amigos y familiares.

Es endemoniadamente difícil. Conformamos una red de veteranos, trabajadores del sector privado, activistas de derechos humanos y otros voluntarios que se coordinan en diferentes plataformas e idiomas, a menudo todos al mismo tiempo. Estamos descubriendo cuáles puestos de control talibanes debemos evitar y qué puerta del aeropuerto es la más accesible, si es que existe alguna. Estamos recolectando dinero, millones de dólares de la noche a la mañana, para rentar aviones. Compilamos hojas de cálculo de manera incesante con información sobre los afganos que están bajo la amenaza de los talibanes.

Estamos haciendo esto porque el gobierno estadounidense no lo hace. Funcionarios de Estados Unidos afirman que están presidiendo una salida ordenada, pero el caos en tierra indica otra cosa. Quienes que han sido evacuados en los últimos diez días (alrededor de 58.700 personas, según funcionarios estadounidenses) al parecer son en su mayoría ciudadanos estadounidenses y la situación, fluida y frenética, está lejos de encontrarse bajo control. Amigos y familiares que hemos tratado de ayudar a salir han recibido disparos y han sido golpeados por los talibanes, a pesar de las promesas estadounidenses de seguridad en el aeropuerto. Ante la ausencia de orientación, ha recaído en nosotros, mediante el uso de nuestros celulares y nuestras computadoras portátiles, la tarea de descubrir cómo rescatar a los afganos que luchan por sus vidas.

Cuando los afganos hablan conmigo ahora, todos susurran como mi amigo, con la esperanza desesperada de evitar ser detectados. Sus lugares de trabajo y hogares son allanados por hombres armados, ya que los talibanes buscan a periodistas, activistas, figuras prominentes y cualquiera que se haya pronunciado en contra de su brutalidad. Va más allá de los críticos: en algunas áreas de Kabul, según reportes, los talibanes están compilando una lista de las viviendas que pertenecen a miembros de las comunidades minoritarias de los hazaras y los chiitas, a las cuales consideran herejes. Si bien cuando están frente a las cámaras de televisoras internacionales, los talibanes hablan de “amnistía” para todos los que pelean contra ellos, la realidad para los afganos comunes es completamente diferente.

Las personas con las que hablo en ocasiones guardan silencio. De repente, sus cuentas de Twitter e Instagram se paralizan: no hay publicaciones, no hay historias, no hay tuits. Algunos se han cambiado a la mensajería cifrada, su comunicación es cada vez más frenética. A aquellos que se aventuran al exterior (al salir con valentía a las calles, por ejemplo, para celebrar el Día de la Independencia de Afganistán la semana pasada, y ondear banderas afganas ahora proscritas) las balas los esperan. El intento de huir es peligroso: muchos, incluyendo a ciudadanos estadounidenses, han logrado llegar al aeropuerto solo para ser detenidos, golpeados y rechazados. Sus hogares ahora están marcados por los talibanes.

El pueblo afgano ha sido prácticamente abandonado a su suerte. A pesar de las promesas de evacuar a miles de afganos en riesgo que ayudaron a Estados Unidos, la administración del presidente Joe Biden en la práctica ha dejado el trabajo en manos de los organizadores comunitarios afganoestadounidenses, quienes operan desde el extranjero con recursos mínimos. Eso debe cambiar de inmediato. El gobierno de Biden necesita establecer seguridad dentro y en los alrededores del aeropuerto, aún después de la fecha límite del retiro final del 31 de agosto, y asegurarse de que todas las personas que lo necesiten puedan de verdad llegar a un vuelo de evacuación.

La administración debe abandonar sus onerosas regulaciones migratorias (por ejemplo, solicitar a los afganos que presenten cartas con amenazas o insistir en que primero viajen a un tercer país antes de que sus casos sean procesados) y brindar solicitudes de reunificación familiar, las cuales deben ser expeditas y priorizadas.

Debería ir aún más lejos. Tras la intervención estadounidense en Cuba y Vietnam, a los refugiados de ambos países se les concedió asilo: lo mismo debe ocurrir ahora. Estados Unidos desempeña un papel claro en el origen del desastre humanitario que poco a poco se desarrolla en Afganistán en la actualidad. Para los millones de afganos cuya vida ha sido puesta de cabeza por dos décadas de acciones militares estadounidenses, que terminaron con un retiro mal organizado, nada excepto un exhaustivo perdón humanitario (ofrecido a cualquier afgano cuya vida esté en peligro) será suficiente.

Mi amigo y sus familiares ahora están ocultos. Viven minuto a minuto, hora por hora, con el temor de que alguien toque a su puerta. “Estoy exhausto”, dijo cuando hablamos la última vez después de otro intento fallido de ingresar al aeropuerto. “Estoy perdiendo la esperanza”.

Su vida y miles más están en juego. Biden debe actuar, antes de que sea demasiado tarde.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.