Opinión: Lo que esta ola de violencia antiasiática revela sobre Estados Unidos

Anne Anlin Cheng
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Lo que este aumento de violencia antiasiática revela sobre Estados Unidos  (Jim Wilson/The New York Times).
Lo que este aumento de violencia antiasiática revela sobre Estados Unidos (Jim Wilson/The New York Times).

En Nueva York, en marzo del año pasado, una mujer coreana de 23 años recibió un puñetazo en la cara y fue acusada de tener el coronavirus. A medida que el virus se ha propagado, más incidentes similares le han seguido: los asiático-estadounidenses han sido blanco de escupitajos, golpes, cuchilladas e incluso ataques con sustancias químicas.

En respuesta a este tipo de violencia vinculada con la pandemia, las organizaciones defensoras de derechos humanos se unieron para documentar casos de acoso y violencia contra los estadounidenses de origen asiático. Stop AAPI Hate recibió 2800 informes en 2020, cerca de 240 de los cuales fueron agresiones físicas, y la Red de Respuesta de Emergencia de AAPI ha recibido más de 3000 reportes desde que comenzó a monitorear incidentes de odio vinculados específicamente con el COVID-19 el año pasado.

La violencia ha continuado este año. En enero, en San Francisco, un tailandés de 84 años murió tras ser atacado en la calle; del otro lado de la bahía, en el barrio chino de Oakland, un hombre de 91 años fue embestido y arrojado al suelo. Algunos de estos casos han llegado a ser noticia nacional, pero no la mayoría. El bajo perfil de esta ola de violencia es un recordatorio de cómo la violencia racial no se examina cuando no encaja de manera perfecta en la narrativa estándar en torno a la raza en Estados Unidos.

La violencia racial en Estados Unidos no se concentra simplemente en blancos y negros, aunque así lo parezca. En realidad, puede revelar abusos estratificados y enemistades mediadas. En particular, los incidentes recientes de violencia contra las personas de origen asiático en el Área de la Bahía destacan esto: algunos asiático-estadounidenses se sintieron indignados por la violencia y exigieron justicia, pero debido a que los perpetradores en estos casos fueron personas negras, muchos otros sintieron una profunda incomodidad con contribuir a la criminalización de los afroestadounidenses.

Y es aquí donde llegamos al corazón de la complejidad de “alzar la voz” en defensa de los asiático-estadounidenses. Gracias al mito de la “minoría modelo” —popularizado en 1966 por el sociólogo William Petersen y luego utilizado como contraposición directa al estereotipo de la “reina de los subsidios” que se aplica a los afroestadounidenses— los estadounidenses de ascendencia asiática han sido utilizados durante mucho tiempo por la cultura blanca dominante para avergonzar y sembrar la discordia contra otros grupos minoritarios.

Los asiático-estadounidenses siempre quedan atrapados en una posición sin salida entre los blancos y los afroestadounidenses. Se considera que “colindan con los blancos”, pero, por supuesto, jamás podrían pertenecer al club en realidad. Son discriminados en términos raciales de manera constante, pero, aun así, a menudo no se contemplan en la ecuación racial estadounidense. La pregunta central que subyace a todo esto, aunque suele ser silenciosa, es: ¿acaso los asiático-estadounidenses están siendo lo suficientemente maltratados como para merecer nuestra atención nacional?

Plantear esta pregunta revela un poco sobre la manera en que este país realiza un cálculo racial basado en el daño y la jerarquía. Los asiático-estadounidenses existen en un vacío extraño pero conveniente en la política y cultura estadounidenses. Si llegan a figurar en la conciencia nacional, es como una amenaza extranjera (el peligro amarillo, el tigre asiático, el espía, el portador de la enfermedad) o como el prisma doméstico, pero al final desechable, para minimizar o excusar el racismo contra otras minorías.

Esta reciente ola de violencia antiasiática se puede atribuir en parte a nuestro expresidente, quien habló sin parar del “virus chino” e incluso del “kung flu” (“flu” es gripe en inglés). Sin embargo, Trump no podría haber azuzado ese tipo de odio sin el largo historial de racismo sistémico y cultural contra las personas de origen asiático que existe en este país.

La verdad es que nuestras historias están más entrelazadas que cómo las contamos. Pocas personas saben que muchas de las mismas familias que amasaron fortunas por medio de la esclavitud también se enriquecieron del comercio de opio en China; que al menos 17 residentes chinos fueron víctimas elegidas de uno de los peores linchamientos masivos en la historia de Estados Unidos, en el “Negro Alley” de Los Ángeles en 1871; que las políticas de inmigración y las ideas sobre la ciudadanía en Estados Unidos se crearon a partir de leyes como la Ley de Exclusión de China de 1882, la cual prohibió la inmigración de trabajadores chinos a Estados Unidos durante 10 años; o que el mito de la “minoría modelo” oculta cómo los estadounidenses de origen butanés y birmano experimentan tasas de pobreza superiores al 30 por ciento.

Pienso en las palabras de James Baldwin: “Este es el crimen del cual acuso a mi país y a mis compatriotas, y por el cual ni yo, ni el tiempo, ni la historia los habrá de perdonar, que han destruido y siguen destruyendo cientos de miles de vidas y no lo saben ni quieren enterarse”.

Cuando se trata del dolor asiático-estadounidense, ¿quieren saberlo los estadounidenses?

Estas últimas semanas, pareciera que los estadounidenses se han abierto a una especie de comprensión. Cuando vi estos incidentes recientes de violencia antiasiática en las noticias sentí una profunda sensación de dolor. Sin embargo, también experimenté algo parecido al alivio. Quizás, pensé, la gente ahora comenzará a responder a la violencia antiasiática con la misma urgencia que tienen con otros tipos de racismo.

Pero luego comencé a sentir un malestar familiar en la boca del estómago. ¿De verdad esto es lo que se requiere? ¿Una imaginación política (o en realidad, una falta de ella) que afirme el reconocimiento con base en el precio del daño visible?

Algo está mal con la forma en que los estadounidenses consideran quién merece la justicia social, como si la atención a los grupos no blancos, sus historias y condiciones, fuera solo tan urgente como las heridas que han sufrido. La justicia racial suele expresarse en términos arcanos y moralistas, en lugar de entenderse como un hecho ético en la participación democrática.

Parece loco e ingenuo sugerir que deberíamos aprender, valorar y querer saberlo todo sobre nuestros compatriotas por respeto y no por culpa. Sin embargo, si bien legitimar las diferencias raciales y culturales exclusivamente en términos de daño podría motivar reformas a corto plazo, a largo plazo alimenta una política de tribalismo que estalla una y otra vez.

Hace dos décadas, escribí en mi libro “The Melancholy of Race” que “somos una nación que se siente cómoda con el agravio pero no con el dolor”. Todavía lo somos. En el deseo de superar los problemas raciales —en nuestro afán por progresar— nosotros como nación nos hemos centrado más en cuantificar los daños y apuntalar las categorías de identidad que en hacer el trabajo más arduo de enfrentar las heridas persistentes, inefables y a veces contradictorias y más complicadas del racismo estadounidense: cómo el ser odiado y el odiar pueden parecer lo mismo; cómo la lección de la impotencia puede enseñar justicia o, de manera perversa, los desagradables placeres del poder; cómo el legado de la ira, la vergüenza y la culpa es complejo.

El dolor no procesado y las dinámicas raciales no reconocidas siguen atormentando nuestras relaciones sociales. El discurso de la identidad racial ha ocultado la historia de los entrelazamientos raciales estadounidenses. ¿Y por qué son importantes esos entrelazamientos? Porque el reto de la democracia no consiste en identificarse con alguien parecido a ti (eso es fácil de hacer) o en renunciar a los intereses propios (eso es difícil de pedir). Consiste en aprender que los intereses propios están profunda e inevitablemente vinculados con los intereses de los demás.

Sin embargo, ¿es esta una lección que los estadounidenses están preparados para escuchar?

Los asiático-estadounidenses están hartos de insistir en acabar con la indiferencia de los demás. La verdad es que pocos están prestando atención. Lo único que podemos hacer es seguir contando nuestras verdades, y saber, aunque sea solo para nosotros, que estamos aquí. Como bien lo escribió la poetisa Rita Dove: “Toma / es todo tuyo, ahora / pero tendrás /que tomarme / también”.

This article originally appeared in The New York Times.

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