Opinión: Odio ser la madre en la que el covid me ha convertido

Kristen Howerton
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Odio ser la madre en la que el covid me ha convertido. (Sophia Foster-Dimino/The New York Times)
Odio ser la madre en la que el covid me ha convertido. (Sophia Foster-Dimino/The New York Times)

LA PANDEMIA HA CAMBIADO MI RELACIÓN CON MIS HIJOS ADOLESCENTES.

Un jueves reciente, despedí a mis hijos de 14 y 15 años que iban al parque de patinaje cerca de mi casa. Soy una persona que valora una infancia al aire libre. Por eso mismo, he sido una mamá de libre pastoreo con mis cuatro hijos, pero, mientras salían, les lancé una advertencia que me es extraña, incluso tras ocho meses de pandemia: “¡No se quiten las mascarillas!”. Ambos asintieron y se fueron.

En los tiempos de antaño, en lugar de recordarles que usaran el cubrebocas, solo les habría dicho a qué hora debían regresar y habría dejado de pensar en el tema hasta que llegaran a casa minutos antes de la hora de cenar, sudorosos y cansados pero felices.

Pero en los tiempos del covid, entre más están fuera de casa, más empiezo con una letanía de preocupaciones. ¿De verdad se dejan puestas las mascarillas? Son los únicos niños que veo que las usan en el parque. ¿Van a ser responsables o cederán ante la presión social? ¿Estoy haciendo bien al dejarlos salir? ¿Es realmente seguro esto? ¿Me va a dar covid por dejarlos salir a patinar?

Los detalles quizá sean diferentes para cada familia, pero este es el tipo de preguntas que los padres de adolescentes se están haciendo ahora mismo. Como psicoterapeuta, estoy preocupada. La tarea más importante a la que se enfrentan los adolescentes es desapegarse de sus padres y convertirse en personas distintas e independientes. En una época de su vida que debería estar centrada en el desapego, definirse a sí mismos y pasar tiempo con sus contemporáneos, hay una generación entera de adolescentes que está encerrada en casa con sus padres.

Nunca imaginé que tendría un dilema moral sobre si debería dejar a mis hijos estar con sus amigos o no. Antes de la pandemia, mi casa solía estar llena de niños extra. Sé que a esta edad la mente del adolescente está programada para mostrarles más deferencia a sus compañeros que a sus padres y mi estrategia ha sido: “Si no puedes contra ellos, úneteles”. Traté de crear un hogar donde los chicos se sintieran bienvenidos. Compré rampas para patinar en Craigslist. Tenía un trampolín y más objetos montables con ruedas de los que los miembros de mi familia necesitaban. Sí, es cierto que, por instinto, mis hijos se estarían alejando de mí a esta edad, pero al menos sucedería bajo mi supervisión.

Cuando las escuelas cerraron en la primavera y comencé a obligar a mis hijos a seguir las directrices de la sana distancia, vi el impacto que esto tuvo. Se sentían solos. Extrañaban a sus amigos. Lamentaban haberse perdido de bailes escolares, fiestas de cumpleaños y eventos deportivos. Se ponían de malas conmigo y entre ellos. Al inicio charlaban con sus amigos por FaceTime y por mensajes de texto incesantes, pero después, me di cuenta de que incluso eso les aburrió. Creo que mis hijos, como muchos otros, estaban sintiendo una desesperanza colectiva y la falta de interacción real cara a cara les estaba provocando sentimientos de aislamiento y tristeza, incluso a pesar de que estaban rodeados de su familia todo el día.

Todos los padres están teniendo que navegar los riesgos y depende de cada quien decidir con qué se siente cómodo, lo cual hace más difíciles estas decisiones. Mis hijos están seguros de que estoy exagerando más que los otros papás con el tema del COVID-19. Yo estoy segura de que no, pero también estoy segura de que ellos sienten que es así. Están viendo pijamadas, fiestas de cumpleaños y noches de películas en Instagram. Están conscientes de que algunos de sus coetáneos no han sentido un cambio drástico en su vida social o en las normas de seguridad. Los otros chicos se reúnen, pero ya no en nuestra casa. Mis hijos sienten mucho esta pérdida. Entonces, como madre, fluctúo entre lo que permito y lo que no. Me siento culpable y relajo las restricciones. Me siento nerviosa y jalo las riendas.

Así es como me sentía hace un par de jueves, cuando manejaba con sigilo al parque de patinaje para ver si mis hijos de verdad tenían puesto el cubrebocas… y luego gritarles en frente de sus amigos porque en efecto no lo estaban usando. No quiero ser una mamá que espía a sus hijos. No quiero ser una mamá que grita en público. Pero heme aquí.

No me gusta ser la mamá en la que el covid me ha convertido. No quiero dirigir mi casa como un Estado policial, controlar todos y cada uno de los movimientos de mis hijos ni desalentarlos de pasar el rato con sus amigos. Pero como soy asmática y tengo un sistema inmunitario defectuoso, no quiero enfermarme de covid y jamás querría que mi familia fuera culpable de infectar a otras personas en nuestra comunidad.

Entonces, intento buscar maneras de darles a mis hijos la agencia y autonomía que necesitan, pero sin ponernos en peligro. Les dejo que se tiñan el pelo de colores raros. He relajado mis exigencias con las calificaciones. Hemos redecorado todas las habitaciones de acuerdo con sus peticiones. Soy más laxa con el horario de dormir y los límites de tiempo frente a las pantalla y otras reglas, intento encontrar donde pueda los síes en una temporada de siempre decir que no.

Sin embargo, en medio de mi creciente inquietud sobre cómo todo esto está afectando la salud mental de mis hijos, sigo recurriendo a los otros principios que sé que son reales sobre lo que necesitan los adolescentes. Empatía. Amor incondicional. Una necesidad de ser reconocidos, escuchados y vistos como su propia persona. Trato de ofrecer estas cosas en abundancia. Me compadezco de lo difícil que les es la vida en este momento. Lloro sus pérdidas y decepciones junto con ellos y me aseguro de no minimizar sus frustraciones con esta temporada. Los dejo despotricar y quejarse y trato de escuchar sin dar soluciones rápidas.

Admito ante ellos que no me está gustando la forma en que los estoy criando y me disculpo; no porque haya hecho algo malo, sino porque, aunque siento que estoy haciendo lo correcto para protegerlos a ellos y a nuestra comunidad, de todas maneras puedo reconocer que este año ha sido extremadamente duro para ellos. Hago promesas de cosas que haremos y fiestas que organizaremos cuando todo esto termine, porque quiero creer que así será tarde o temprano y que volveremos a una época en la que seré una vez más la madre que alienta sus hijos a tener una vida social en lugar de obstaculizarla.

This article originally appeared in The New York Times.

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