Opinión: Así nació una periodista feminista

·6  min de lectura

A LA MANERA DE CONTAR E INTERPRETAR EL MUNDO CON PERSPECTIVA DE GÉNERO Y ESTILO MILITANTE SE LE LLAMA PERIODISMO FEMINISTA. Y ES NECESARIO.

MADRID — Quizá por entonces no me hubiera llamado a mí misma periodista feminista, pero era 2016 y estaba escribiendo mi primer artículo en este periódico sobre “el día en que las peruanas nos rebelamos”. Se me ocurrió que podía ser una forma de llamar al movimiento Ni una menos, que reclamaba detener la violencia contra las mujeres y que fue extendiéndose por toda América Latina, una región en la que se asesina a una mujer cada dos horas.

La “rebelión” nos había alcanzado a muchas y alzar nuestra voz crítica, la individual y la colectiva, desde nuestras privilegiadas tribunas en los medios, se convirtió en una cuestión de responsabilidad ética y social en ese momento que ya se vivía como histórico. A esa manera de contar e interpretar el mundo con perspectiva de género y estilo militante se le llama periodismo feminista.

Es algo más que un tipo de periodismo especializado. Entre sus muchas misiones está visibilizar y denunciar las desigualdades estructurales y escuchar el relato de víctimas y supervivientes de la violencia disimulada durante tanto tiempo por ese silencio cómplice entre hombres llamado pacto patriarcal. Por eso, un medio que se precie de dar información y análisis de calidad debe alentar el periodismo feminista en sus páginas como parte de su compromiso con la crítica y la transformación de las condiciones de vida de millones de personas.

Pero decía que en esa columna sobre Ni Una Menos empezaba hablando de mí: qué diablos, lo personal es político. Así que hablé del día en que me rebelé, vestida con mi uniforme escolar, contra uno de esos señores que nos metían la mano por la calle y estrellé mi mochila llena de cuadernos sobre su cabeza para vengarme. Quería usar esa imagen sacada de mi memoria infantil para después decir que habíamos tomado colectivamente esa especie de mochila, en la que cargábamos con muchos años de violencia, y se la habíamos tirado a la sociedad a la cabeza.

Durante estos años, como tantas compañeras, escribí ensayos y artículos sobre la lucha por nuestros derechos. Y comencé a llamarme periodista feminista, sabiendo lo mal que quedaba decirlo dentro de los sectores más académicos de la prensa.

Para un gran sector, el periodismo feminista no es periodismo sino una forma de activismo, por no cumplir con los estándares de una pretendida “objetividad”. Pero hasta en los mejores medios esa neutralidad, me temo, siempre ha estado sometida a las decisiones, poderes e intereses de los grupos periodísticos dirigidos abrumadora y tradicionalmente por hombres. Hasta hace poco los medios de comunicación y sus publicaciones eran en gran medida el reflejo de la sociedad patriarcal en la que vivimos. Parte del trabajo de una periodista de este tipo es luchar por despatriarcalizarlos, limpiar de discriminación su espacio de trabajo, cambiar las prácticas del oficio, ampliar las coberturas, diversificar los puntos de vista en la información. El periodismo no es, como suele decirse ingenuamente, un mero espejo de la realidad, porque el periodismo se hace desde un punto de vista determinado, crea la realidad, orienta la mirada, forja opinión. Y el periodismo feminista no deja de ser periodismo por mirar con los ojos del feminismo.

Si las periodistas feministas no hubieran expandido su palabra e historias, las denuncias de abuso sexual en todo el mundo no habrían tenido impacto y llegado a tanta gente porque hasta entonces no se estaba mirando ni contando con amplitud la realidad desde las experiencias de las mujeres. Gracias a que las mujeres hablaron y las periodistas escribieron, un día empezó a verse como necesario que exista, por ejemplo, una editora de género en los periódicos, aunque estemos aún lejos de que sea algo extendido.

No se puede ser neutral ante la violencia que ha sido para tantas una historia de impunidad. Las periodistas feministas entregaron en estos años al mundo relatos sobre la necesidad de acabar con el machismo o fueron el altavoz de muchas otras mujeres que decidieron poner fin al silencio. Luciana Peker lo ha dicho muy bien: “No contamos la historia. La hicimos contando. El periodismo feminista es un soplido de letras que construyó el futuro”.

En estos cinco años escribí tantas columnas y artículos feministas que hasta me cansé de escribirlos. Y en el camino, de alguna manera, mi feminismo también cambió. Dejé de escribir palabras como “empoderamiento” o “sororidad”, que antes me gustaban tanto, para empezar a usar otras como “antipunitivismo” y “justicia restaurativa”.

No volví a hablar del sujeto mujer en términos excluyentes ni de romper el techo de cristal como el gran objetivo. Entendí, por ejemplo, que la lucha contra la violencia de género era inseparable de la lucha contra la violencia racista y contra la violencia social, política y económica. He escrito sobre ser marrón y sobre la blanquitud. He contado cómo vi con lágrimas en los ojos pelearse a golpes a feministas en la manifestación del 8M por temas irreconciliables. Vi cómo se cancelaban entre sí. Escribí una carta de buenos deseos para que en los próximos años tendiéramos puentes en lugar de pegarnos. No ha pasado.

Cuando en 2016 escribí ese ensayo sobre la rebeldía de las peruanas, no había en el país ni justicia para las mujeres y niñas, ni aborto legal, ni matrimonio igualitario, ni ley de identidad de género. Lo que sí había eran muchas desaparecidas, acosadas, violadas y asesinadas, mucha revictimización cuando se iniciaba alguna investigación, muchos abortos clandestinos, demasiada homofobia y transfobia, y numerosos miembros de las iglesias y congresistas decidiendo sobre nuestros cuerpos.

Han pasado cinco años y todavía en Perú no conseguimos tener ninguna de las cosas que nos faltaban. Ninguna. En cambio, ha aumentado exponencialmente todo lo que queremos erradicar. Y no se puede decir que no hayamos luchado. Tampoco que fuera un fracaso: Ni una Menos. El MeToo. Cuéntalo. Yo sí te creo. La huelga del 8 de marzo. El violador eres tú. El transfeminismo. Los feminismos negros, comunitarios y del sur. La marea verde por el aborto legal, gratuito y seguro. En estos años, Argentina celebró la decisión estatal de aprobar aborto legal y ahora México celebra la votación de la Suprema Corte.

Se operó un profundo cambio de consciencia en América Latina y el mundo, se contaron otros relatos, se escucharon los nuevos sentidos comunes que trajo la rebelión de las mujeres del siglo XXI pero que en demasiadas partes de la región aún no se reflejan en las instituciones y sus leyes, ni en el fin de esta violencia bestial.

Hoy si el feminismo no se entiende como una suma de luchas no me interesa. Pero soy latinoamericana, soy peruana, sé perfectamente que aún no hemos llegado a cumplir nuestras metas básicas, que falta mucho, que combatir las violencias sigue siendo central en este camino por la liberación y por los derechos de todas las personas, en especial de las que más sufren. Y aunque ya no sé si hago periodismo feminista, periodismo antirracista u otra cosa, sigo creyendo que este tipo de periodismo militante es una forma de cuidado que acompaña cuando la justicia nos da la espalda, cuando todo lo demás falla.

Debemos consolidarlo en las empresas periodísticas, defenderlo en las redacciones, enseñarlo en las aulas, empapar nuestros reportajes de su mirada crítica, y cuidarlo, porque cuidándolo nos cuidamos. Entonces, quizá, algún día, podremos decir que no hay marcha atrás para nuestra rebelión.

© 2021 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.