Opinión: El mundo se está haciendo menos plano

·6  min de lectura

¿Recuerdan las guerras comerciales de Trump? De hecho, muchos de los aranceles que Donald Trump impuso siguen vigentes; menos, sospecho, porque Joe Biden piensa que estaban justificados que porque dar a los republicanos una excusa para acusar a su gobierno de ser blando con China no parece ser una buena idea. Pero, en cualquier caso, las cuestiones comerciales se están viendo eclipsadas en este momento por todo, desde la inflación hasta la guerra en Ucrania.

Sin embargo, bajita la mano, parte de lo que Trump quería y que no logró —por ejemplo, el regreso de la industria manufacturera a Estados Unidos— podría estar ocurriendo con su sucesor. Una reciente revisión de Bloomberg de las presentaciones de negocios de los directores ejecutivos encuentra un enorme aumento en el uso de palabras de moda como “onshoring”, “reshoring“ y “nearshoring”, todos ellos indicadores de planes para producir en Estados Unidos (o tal vez en países cercanos) en lugar de en Asia.

También parece haber un aluvión de noticias, respaldadas por algunos datos no muy confiables, que sugieren que las empresas en verdad están construyendo instalaciones de manufactura en Estados Unidos y otros países de altos ingresos.

Así que quizá estemos viendo indicadores tempranos de una desviación parcial de la globalización. Esto no es necesariamente bueno, pero eso es un tema para otra ocasión. Por ahora, hablemos de por qué podría estar pasando.

Lo primero que necesitan saber es que si ven algún declive en el mundo del comercio en los años próximos, no será la primera vez que ocurre. Suele pasar que se da por hecho que el mundo siempre se está haciendo más pequeño, que aumentar la interdependencia internacional es una tendencia ineludible. Pero la historia dice lo contrario.

De hecho, la economía mundial estaba bastante integrada poco antes de la Primera Guerra Mundial. En “Las consecuencias económicas de la paz”, John Maynard Keynes escribió sobre el “extraordinario episodio” que, según él, terminó en agosto de 1914: una era en la cual “el habitante de Londres podía pedir por teléfono, mientras tomaba el té de la mañana en cama, los variados productos de todo el mundo, en la cantidad que considerara conveniente y en la medida de lo posible esperar su pronta entrega en su puerta”.

Y, en efecto, esa primera era de globalización se revirtió después de la Gran Guerra. Hubo un enorme declive en el comercio entre el comienzo de la Primera Guerra Mundial y el final de la Segunda Guerra Mundial. La recuperación tomó mucho tiempo: hasta 1980, el comercio apenas había regresado, en relación con la economía mundial, a lo que había sido al final de la época eduardiana.

No obstante, lo que vino después fue un salto sin precedentes en el comercio, a veces denominado “hiperglobalización”. Esta fue la era que mi colega Tomas Friedman describió en su famoso libro “La Tierra es plana”, que se publicó por primera vez en 2005; muchos esperaban que el auge del comercio continuara de manera indefinida.

Sin embargo, de hecho, la hiperglobalización se estancó cerca del 2008; el comercio internacional como porcentaje de la economía mundial ha sido más o menos plano durante 14 años. Y hay tres razones para creer que la globalización retrocederá en los próximos años, aunque quizá no al grado de los años de entreguerra.

La primera razón, la más benigna, es el auge de los robots; es decir, la tecnología que ahorra trabajo en general. La gente suele suponer que las mejoras en la tecnología del transporte significan necesariamente más comercio. Pero eso solo es cierto si el progreso en el transporte es más rápido que el progreso en la tecnología de producción. Escribí un pequeño modelo sobre esto hace unos años, pero he aquí un breve resumen: imaginen que todos tuviéramos acceso a los replicadores (máquinas que sintetizan cualquier cosa que se les ocurra en un instante) de “Viaje a las estrellas”. Si todo lo que tuvieran que hacer fuera decir: “Té, Earl Grey, caliente” y se materializara una taza humeante, no necesitarían importar el producto de Sri Lanka.

De hecho, las empresas que hablan sobre la reubicación de la producción suelen argumentar que, en algunos casos, las técnicas modernas les permiten producir con relativamente poca mano de obra, en cuyo caso los ahorros en los costos que supone la subcontratación a países con bajos salarios es mínimo y se ve superado por las ventajas logísticas de producir más cerca de casa.

La segunda razón, menos benigna, para la disminución de la globalización es la creciente conciencia de que el mundo es un lugar peligroso. Resulta en particular peligroso permitirse depender económicamente de países con regímenes autoritarios, que pudieran cortar el suministro de manera repentina, ya sea como parte de un juego de poder o solo porque los dictadores tienden a comportarse de manera errática. Ahora Europa se está dando cuenta de que depender del gas natural ruso fue un grave error. China no ha desplegado ninguna táctica de chantaje económico, al menos no hasta ahora, pero tanto el ejemplo ruso como la arbitrariedad de los cierres por la pandemia de COVID-19 de Xi Jinping han provocado un sentimiento de nerviosismo entre las empresas que dependen de proveedores chinos.

A propósito, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio —el documento en el que se basa el sistema de comercio del mundo moderno— otorga de manera explícita a cada nación el derecho de tomar “cualquier medida que considere necesaria para proteger sus intereses esenciales en materia de seguridad”. En ocasiones, se ha abusado de este derecho —Trump, de manera absurda, invocó la seguridad nacional para imponer aranceles al aluminio canadiense—, pero dados los acontecimientos recientes, resulta difícil negar la justificación de políticas como la recién promulgada Ley de semiconductores y ciencia que subsidia la producción de semiconductores estadounidenses.

Por último, admitámoslo: ahora que Estados Unidos por fin está haciendo algo para paliar el cambio climático, algunas de las políticas que está implementando serán, en la práctica, al menos ligeramente proteccionistas. Cabe destacar que el nuevo crédito fiscal para la compra de vehículos eléctricos solo aplicará a los vehículos ensamblados en América del Norte.

¿Por qué? Por política; política por una buena causa, diría yo, pero política al fin y al cabo. Lograr que se actuara contra el cambio climático costó mucho trabajo político; algunos de nosotros seguimos sin poder creer que sucedió. Pero para convencernos, los demócratas tienen que poder presentarlo como un programa que creará empleos, lo cual incluye cláusulas que nos obligan a comprar productos estadounidenses.

¿Estas cláusulas violan tratados comerciales existentes? Es probable. Pero aceptémoslo: cumplir a la letra los acuerdos comerciales es menos importante que salvar el planeta. Si esto es lo que hay que hacer para contrarrestar las emisiones de carbono, adelante.

Pero volviendo a mi tema original: parece probable que estemos a punto de ver un retroceso en la globalización.

© 2022 The New York Times Company