Opinión: Ninguna mujer debería cambiar su nombre al casarse después de 2022

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Por fin, el matrimonio se está volviendo más progresista, al menos en lo que respecta a las mujeres.

Según nuevos datos, está aumentando el número de mujeres que optan por incluir su nombre de nacimiento junto con el apellido de su cónyuge después de casarse. La Deed Poll Office, una firma de abogados que se especializa en cambios de nombre, ha publicado estadísticas que muestran que las solicitudes de recién casadas para mantener su apellido de soltera junto con el apellido de su cónyuge (en lugar de cambiarlo por completo) aumentaron en un 30 por ciento entre 2020 y 2021.

Finalmente, parece que las mujeres se están poniendo al día y, en mi opinión, no podría haber pasado lo suficientemente pronto. Después de todo, es 2022: ninguna mujer debería renunciar a su propia identidad por la de su marido. No somos bienes muebles.

Y hablo por experiencia, porque pasé por los rituales heteronormativos del matrimonio, al igual que muchas de mis amigas y compañeras. Cuando me casé en 2009, cambié mi apellido por el de mi esposo en mis registros oficiales: en mi pasaporte, en la oficina de mi médico de cabecera. Pero nunca se sintió bien. Nunca me sentí como “yo”. ¿Y cómo podría? Había tenido mi nombre, mi identidad, por 30 años. Pero de la noche a la mañana, se esperaba que me convirtiera en otra persona.

Realmente no tenía ningún sentido: yo ya era parte de la familia de mi (entonces) esposo, entonces, ¿ por qué tenía que renunciar al nombre que me había acompañado desde que nací? Y así, lo puse correctamente (o, como yo lo veía: corregí un error). Volví a cambiar mi nombre por acto unilateral por la insignificante suma de US$46.83 (£36), e inmediatamente me sentí como “yo” de nuevo. Insto a todas las mujeres a hacer lo mismo.

Nuestras identidades son primordiales, entonces, ¿por qué las mujeres las abandonan tan fácilmente? No tengo respuestas simples ni universales, pero puedo decirles lo que pienso, tras 10 años de reflexión desde que estuve casada. Creo que, como muchas otras, estaba completamente atrapada en en concepto de “tradición”; arrastrada por el ideal de amor y “volverse uno” vendido por Disney que es inculcado a las niñas prácticamente desde que nacen.

Escuchamos canciones, leemos libros al respecto; lo vemos reflejado en cuentos de hadas como La bella durmiente, Cenicienta y La bella y la bestia. Se nos enseña a aspirar a que un príncipe azul nos encante; a renunciar a nuestras identidades individuales por el bien de la familia. Las niñas son condicionadas a internalizar que entregarse a un hombre (a un esposo) significa “romance”, cuando en realidad no es nada de eso.

El matrimonio, de hecho, nunca tuvo la intención de taratarse de amor y la fuerza vertiginosa y aturdidora del sentimiento de encontrar un “alma gemela”. El significado original del matrimonio era la posesión. Estaba diseñado para dar a las mujeres seguridad económica, para pasar la responsabilidad de las mujeres del padre al esposo.

Apoyo el derecho de toda mujer a decidir personalmente si casarse o no, pero creo firmemente que ninguna mujer debería tomar el apellido de su esposo. Es una tradición obsoleta que debe detenerse, porque solo sirve para reforzar los dañinos estereotipos de género.

Solo miren lo que sucede con nuestros niños cuando les asignamos estrictos roles sociales: el preocupante análisis de Lego de casi 7.000 padres y niños de entre 6 y 14 años en el Reino Unido, EE.UU., Japón, China, Polonia, República Checa y Rusia reveló que, mientras que las niñas crecían en confianza y ansiosas por explorar una amplia gama de actividades, no pasaba lo mismo con los niños. De hecho, 71 por ciento de los niños temían que se burlaran de ellos si jugaban con lo que describían como “juguetes de niñas”.

Y, en 2019, la Sociedad Fawcett publicó una investigación que mostró el impacto de por vida de los estereotipos de género en la primera infancia, incluyendo efectos notables tanto en elecciones de carrera como en las relaciones personales. Un estudio también encontró que era cinco veces más probable que las niñas fueran animadas a probar el baile o disfrazarse que los niños cuando se trataba de jugar, y tres veces más probable que fueran animadas a probar la repostería, mientras que los niños eran alentados a practicar deportes o actividades STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas).

Es más importante que nunca que pensemos en lo que estamos creando para nuestros hijos. Después de todo, la misoginia daña tanto a hombres como a mujeres, y el matrimonio tiene sus raíces en la misoginia.

¿No me creen? Basta revisar su historia. En Reino Unido, al casarse, las mujeres obtenían un hogar y (en algunos casos) una riqueza relativa, pero perdían el derecho a la identidad. Sus esposos se convertían en sus tutores legales, “hasta que la muerte los separe”. Ese es el legado que llevó a las mujeres a despojarse de sus nombres, entonces, ¿por qué seguimos insistiendo en perpetuarlo en la sociedad actual supuestamente progresista e ilustrada?

Cuando les pregunto a mis amigas por qué quieren cambiarse el nombre, dicen que quieren tener el mismo apellido que sus hijos, o que quieren ser vistos como un “frente único” o una “unidad familiar”. Lo entiendo, pero aún me inquieta, porque es solo otra manera en que se espera que las mujeres renuncien a su identidad para fusionarse con la de su esposo, igual que como se esperaba que las madres renunciaran a su derecho a ser nombradas en los certificados de matrimonio de sus hijos (hasta que afortunadamente se produjo un cambio en 2021).

Hay quienes mantienen su nombre, por supuesto, y quienes llegan a un nuevo arreglo, como la pareja en Twitter que “intercambió” apellidos; o esa pareja que conozco que agregó el apellido del otro al suyo para que estuviera separado por un guion. En otros lugares, como en los Países Bajos, se les pregunta qué nombre quieren usar. En Suecia, las mujeres tradicionalmente mantienen su apellido original. Dawn O’Porter es quizá el ejemplo más famoso de una versión única de la convención: agregó la “O” cuando se casó con Chris O’Dowd.

Celebro a aquellos que están tratando de subvertir la tradición, como Lewis Hamilton: el siete veces campeón mundial anunció en marzo que cambiaría su nombre para honrar el apellido de su madre: Larbalestier. Dijo que lo decidió en parte “porque no entiendo del todo la idea de por qué, cuando la gente se casa, la mujer pierde su nombre”. Ojalá todos los británicos fueran tan progresistas.

Si aún no los he convencido, entonces piensen en la pregunta planteada por Shakespeare en una de las obras más románticas de todos los tiempos, Romeo y Julieta: “¿Qué hay en un nombre?”. Yo diría que bastante, en realidad.

Es posible que hayamos logrado algún progreso con estas estadísticas alentadoras sobre las mujeres que optan por usar ambos o mantener sus apellidos, además de la adición de los nombres de las madres a la documentación oficial, pero no deberíamos tener que esperar a que las costumbres patriarcales obsoletas se conviertan en la excepción, en lugar de la norma.

El cambio debe ser social y debe ser instintivo. Depende de las mujeres, ahora, decir ”yo no”.

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