Opinión: La modestia radical del presupuesto de Biden

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Muchos reportajes sobre el proyecto de presupuesto del gobierno de Biden, publicado el viernes, dan la sensación de que es enorme. El presidente Joe Biden, gritan algunos de los titulares, quiere gastar SEIS BILLONES DE DÓLARES el año que viene (lo siento, no puedo evitar hacer mi mejor imitación del Dr. Malito). Hay que indagar un poco para saber que la línea de base —la cantidad que el gobierno estima que gastaríamos el próximo año fiscal sin nuevas políticas— es de 5,7 billones de dólares.

De hecho, una de las cosas más sorprendentes de la iniciativa de presupuesto de Biden —y se podría decir que de todo su gobierno— es su relativa modestia en términos del dinero gastado y las declaraciones sobre lo que se lograría con ese gasto. No propone ni promete una revolución, solo políticas que mejorarían de manera significativa las vidas de los estadounidenses.

Y yo, por mi parte, lo encuentro tremendamente refrescante después del bombardeo sin logros del tipo que antes ocupaba el puesto.

Ahora bien, el plan de Biden no tiene nada de trivial. El presupuesto propone un gasto del 24,5 por ciento del PIB durante la próxima década, un aumento de la base de referencia del 22,7 por ciento. Ese aumento, impulsado sobre todo por el incremento del gasto en la infraestructura y las familias, es mayor de lo que parece porque gran parte de la base de referencia se destina al ejército, a Medicare y a la Seguridad Social. No obstante, tampoco es socialismo. Seguiría dejando a Estados Unidos con un gobierno más pequeño que el de la mayoría de los países ricos.

A pesar de ello, el gasto adicional supondría una gran diferencia en algunos sectores económicos, en particular el de las energías renovables, y mejoraría de manera considerable la vida de algunos estadounidenses, sobre todo de las familias con menores ingresos y con hijos.

Sin embargo, cabe destacar que el gobierno no afirma que estas políticas acelerarían de manera drástica el crecimiento económico. Los economistas del tipo que ocupaba el mismo puesto de Biden antes predijeron que sus políticas producirían un crecimiento sostenido del PIB del tres por ciento anual, lo que habría sido extraordinario en una economía cuya población en edad productiva apenas crece. Los economistas de Biden proyectan un crecimiento inferior al dos por ciento después de que la economía se haya recuperado de la pandemia.

¿Por qué esta modestia? En parte puede ser una estrategia política: a Biden le gusta prometer menos y cumplir más, como hizo con las vacunas. Los economistas de su gobierno son bastante optimistas, por ejemplo, sobre la posibilidad de que las guarderías y otras políticas familiares aumenten la participación en la fuerza laboral y que la inversión en los niños produzca grandes beneficios económicos a largo plazo.

Pero también conocen la historia. Los gobiernos pueden hacer mucho para combatir las recesiones a corto plazo (o empeorarlas), pero el hecho es que es muy difícil que la política marque una gran diferencia en la tasa de crecimiento de la economía a largo plazo.

Esto es algo que la derecha nunca ha entendido (es difícil hacer que la gente entienda algo cuando sus salarios dependen de que no lo entiendan).

Los conservadores afirman sin cesar que los recortes de impuestos, en específico, sobrealimentarán el crecimiento; les encanta citar el supuesto triunfo económico de Ronald Reagan. Pero solo hubo par de años de crecimiento muy rápido durante su gobierno, mientras la economía se recuperaba de una grave recesión. A lo largo de la década de los ochenta, la economía creció solo 0,015 puntos porcentuales más rápido (en esencia, un error de redondeo) de lo que lo hizo en la turbulenta década de los setenta.

Y si analizamos la historia en general, tanto a nivel nacional como estatal, las predicciones de que los recortes de impuestos producirían milagros económicos nunca han dado resultado, ni una sola vez. Tampoco lo han hecho las predicciones de que los aumentos de impuestos, como el aumento de los gravámenes a las empresas y a los ricos que propone Biden, conducirán al desastre.

Así que tiene sentido que el gobierno de Biden evite hacer grandes afirmaciones sobre el crecimiento económico. Pero, ¿significa esto que sus planes no son gran cosa? Para nada.

Verán, aunque las políticas gubernamentales rara vez tienen efectos importantes en la tasa de crecimiento global de la economía, pueden tener enormes efectos en la calidad de vida de las personas. Por ejemplo, los gobiernos pueden asegurarse de que sus ciudadanos tengan acceso a una atención médica asequible; pueden reducir de manera drástica el número de niños cuyas vidas están marcadas por la pobreza. El plan de Biden daría grandes pasos en estos y otros frentes.

Y este es el sentido en el que el plan de Biden, a pesar de su precio hasta cierto punto moderado, representa un cambio radical respecto a la política económica del pasado.

Durante las últimas cuatro décadas, el debate económico estadounidense ha estado dominado por una ideología que en esencia se opone a gastar dinero para ayudar a los ciudadanos comunes: no podemos pedir más préstamos, para no provocar una crisis de la deuda. No podemos subir los impuestos a los que pueden pagar, por temor a acabar con sus incentivos para crear riqueza.

Sin embargo, el presupuesto de Biden nos muestra un gobierno libre de estos temores. El presupuesto no propone un gasto deficitario descomunal, pero sí señala que la carga de la deuda federal, bien medida, es mínima. Y los funcionarios del gobierno han dejado claro que no se tragan la propaganda de los impuestos bajos.

Se podría decir que lo más importante de este presupuesto no son tanto los dólares que entregaría sino el dogma que descarta. Y si la presidencia de Biden se considera un éxito, esta liberación ideológica tendrá enormes consecuencias.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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