Opinión: La era de la minoría creativa

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El rabino Jonathan Sacks dijo en cierta ocasión que ser una minoría en la Europa del siglo XIX era como vivir en el país natal de alguien más. Los aristócratas eran los dueños de la casa. Otras personas podían vivir ahí, pero solo eran huéspedes. No tenían el derecho de establecer reglas, operar las instituciones ni dominar la cultura.

El Estados Unidos de los años cincuenta podría describirse de manera similar. Sin embargo, con el paso de las décadas, la élite protestante se desmoronó y Estados Unidos se convirtió en un país maravilloso, más diverso. Si decidiste leer este texto, es probable que pertenezcas a un grupo minoritario… o a varios. Quizá seas negro, judío o musulmán. Quizá seas homosexual, trans, hispano, asiático-estadounidense, socialista, libertario o swedenborgiano.

Hasta los antiguos propietarios de la casa ahora se sienten como miembros de una minoría. Las principales denominaciones protestantes que antes gozaban de gran dominio, como los episcopales y los metodistas, ahora tienen una menor proporción y han perdido influencia. Incluso algunas de las personas que solían considerarse parte de la mayoría ahora se sienten minorías. En la actualidad, los protestantes evangélicos blancos apenas representan alrededor del 15 por ciento del país. Una de las razones por las que votan por personas como Donald Trump es que se sienten extranjeros en su propia tierra, minorías oprimidas forzadas a luchar por su supervivencia.

Vivimos en la era de las minorías. Las personas expresan su identidad minoritaria con un orgullo justificado. Tal vez sea más preciso decir que Estados Unidos ahora es un lugar de minorías en competencia. Es crucial responder la siguiente pregunta: ¿Cómo conciben las personas la identidad de su grupo minoritario y cuál es su percepción de las relaciones entre minorías?

A lo largo de la historia, según otra observación de Sacks, se han identificado por lo menos cuatro mentalidades diferentes:

En primer lugar, la asimilación. Los asimilacionistas sienten que su identidad minoritaria los limita. Quieren que los demás consideren su individualidad, no que los vean como miembros de una categoría de forasteros. Tratan de eliminar los atributos que podrían identificarlos como judíos, mexicanos o miembros de otro grupo.

En segundo lugar, el separatismo. Los separatistas quieren conservar la autenticidad de su propia cultura. Mandan a sus hijos a la escuela con otros niños de la misma cultura y socializan principalmente dentro del mismo grupo. Tener una firme identidad cohesiva le da significado a su vida, por lo que no quieren que se pierda.

La tercera mentalidad es de combate. Quienes adoptan este enfoque ven la vida, en esencia, como una lucha entre grupos opresores y oprimidos. La intolerancia está tan arraigada que no hay ninguna esperanza real de integración. Su deber es luchar contra los grupos que los desprecian y cuyos valores son ajenos a ellos. De hecho, esta batalla le da propósito a su vida.

El cuarto enfoque es de integración sin asimilación. Quienes prefieren esta mentalidad aprecian lo que su grupo le ha aportado a la nación en general. “E pluribus unum”. Los integrantes de este grupo celebran las identidades pluralistas, compuestas, y la mezcla variada de grupos, cada uno con aportaciones particulares a la identidad estadounidense.

La política estadounidense es muy desagradable en la actualidad porque a muchas personas les parece más convincente la tercera mentalidad. Los estadounidenses son un pueblo de profunda religiosidad, en especial cuando creen que no son religiosos. Hoy en día, una tendencia que describiría como la “religión del minorismo” se ha apoderado de muchos corazones. Se trata de la creencia de que es inevitable que la historia sea la batalla heroica de las minorías para liberarse del yugo del dominio de la mayoría. Es la creencia de que las estructuras sociales impuestas por las mayorías están sumidas en el pecado y solo los grupos oprimidos son capaces de actuar con virtud y verdadera conciencia.

En una edición reciente de Faith Angle Forum en Francia, el politólogo británico Matthew Goodwin definió el término “wokeness” como un sistema de creencias organizado en torno a “la sacralización de las minorías raciales, sexuales y de género”. Yo añadiría que el populismo de derecha está organizado en torno a la sacralización de la clase trabajadora blanca y la creencia de que los grupos minoritarios de izquierda se han convertido en la mayoría opresora dominante.

Los guerreros de izquierda y de derecha están en total desacuerdo en cuanto a quién es la mayoría dominante, pero comparten la siguiente percepción: ambos se consideran una de las minorías oprimidas y están convencidos de que quienes tienen el poder los desprecian, así que necesitan ganar la guerra.

Esta percepción tiene algo de verdad. Es cierto que hay mucha opresión en el mundo. No obstante, esta mentalidad se basa en una peligrosa falsedad: que la línea que divide el bien y el mal es la que separa a estos grupos; que los buenos están de su lado y los opresores, del otro.

Es necesario aceptar la verdad de que la línea que divide al bien del mal está en cada corazón humano para poder ver más allá de los grupos, para admitir que cada individuo de esos grupos libra sus propias batallas. Solo así es posible percibir que cada persona, incrustada en la riqueza de una cultura particular, debe lidiar con los mismos problemas que enfrenta todo ser humano si quiere vivir con dignidad y sentido, dejar una huella positiva en el mundo.

Integración sin asimilación es la única opción si queremos progresar. Este enfoque, como dice el profeta Jeremías, busca transmitir la riqueza de la cultura propia, pero sin perder de vista la paz y prosperidad de la ciudad a la que te han llevado.

Es difícil. Requiere que socialicemos con grupos diversos y, en algunos casos, antagonistas, en vez de quedarnos en el que se siente más familiar. Implica que los estadounidenses reconozcamos y aceptemos que tenemos múltiples identidades y culturas; que portamos uniformes distintos y muchas veces ni siquiera sabemos a cuál de esas agrupaciones pertenecemos en realidad.

Pero, aunque es difícil, es la manera más creativa de vivir. Es el choque de puntos de vista, historias e identidades diferentes en un solo pueblo, e incluso en una sola mente humana. La integración sin asimilación es el reactor nuclear del dinamismo estadounidense.

¡Feliz fin de semana de Acción de Gracias!

© 2021 The New York Times Company

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