Opinión: ¿Será que la meritocracia puede encontrar a Dios?

Ross Douthat
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Feligreses durante una misa en la Iglesia de San Esteban de Hungría, en Nueva York, el 8 de febrero de 2015. (Damon Winter/The New York Times)
Feligreses durante una misa en la Iglesia de San Esteban de Hungría, en Nueva York, el 8 de febrero de 2015. (Damon Winter/The New York Times)

Como ya es tradición durante las vacaciones de Pascua, el domingo de la semana pasada busqué huevos con mis hijos, asistí a misa, oculté más huevos en casa de una tía para que los niños pudieran continuar la búsqueda, y leí ensayos elegíacos sobre el declive del cristianismo estadounidense.

Este año, la inspiración para las elegías fueron los nuevos datos publicados por Gallup que mostraron que, por primera vez en las décadas que llevan realizando encuestas, menos de la mitad de los estadounidenses aseguran pertenecer a una iglesia, sinagoga o mezquita. La caída ha sido veloz: del 70 por ciento en 1999 al 47 por ciento en 2020. Y últimamente, la tendencia ha inspirado menos hosannas volterianas y más ansiedad sobre un futuro en el que los impulsos de la religión se transfieren a la política.

Cuando la última ronda de datos funestos sobre la afiliación religiosa se publicó en 2019, yo opté por llevar la contraria y argumenté que el declive quizás era una ligera exageración, que es más pronunciado entre los creyentes no muy firmes y los que solo van a la iglesia ocasionalmente, y que el núcleo de la práctica religiosa en Estados Unidos se ve bastante más sólido de lo que sugieren las cifras desalentadoras que aparecen en los titulares.

Sin embargo, para esta columna enfatizaré lo negativo: aunque la religión estadounidense tiene cierta resiliencia —sobre todo el cristianismo evangélico, que sigue siendo la fe con más seguidores—, esta es incapaz de aliviar la debilidad general de la fe institucional, su influencia limitada, su posición subordinada a otras afiliaciones personales, desde el partidismo hasta la identidad étnica y el fanatismo por los deportes o los superhéroes.

Un factor clave de esta debilidad es la marginalización extrema de la religión entre la intelectualidad estadounidense: no solo los intelectuales en potencia, sino toda la población educada en universidades de élite, los meritócratas o “trabajadores del conocimiento”, la “clase profesional-gerencial”.

La mayoría de estas personas —que son mi gente, por tribu y por educación— serían modelos inusitados de santidad en cualquier sistema, dadas sus ambiciones y su cosmopolitismo. Pero Jesús refrendaba la sabiduría de las serpientes y la inocencia de las palomas, y tanto las comunidades religiosas como las laicas dependen del talento y la ambición. Así que la profunda secularización de la meritocracia significa que las personas que en otros tiempos se habrían convertido en sacerdotes, pastores y rabinos se vuelven psicólogos, trabajadores sociales o profesores; las personas que habrían sido misioneros mejor optan por trabajar para una ONG, y los magnates atormentados por la culpa que anteriormente habrían hecho donaciones a beneficencias religiosas apaciguan sus conciencias emprendiendo fundaciones laicas.

Como un habitante cristiano de este mundo, a menudo intento imaginar qué se requeriría para que la meritocracia entendiera la religión. De ciertas maneras, su conversión no parece tan inconcebible. Muchas ideas progresistas sobre la justicia social son aún más lógicas dentro de un marco bíblico, el cual, entre otras cosas, podría templar el estilo persecutorio del movimiento con el perdón y la esperanza. Mientras tanto, en el ala derecha de la meritocracia —es decir, los liberales menos activistas y los libertarios de Silicon Valley— hay personas que podrían haber sido nuevos ateos hace 15 años, pero están explorando las religiones más antiguas con una actitud un poco más comprensiva por miedo al vacío que su declive ha dejado.

Francamente, yo estaría de acuerdo con ambos tipos de conversión: en enfrentamientos futuros entre los progresistas de la costa este y los tecnolibertarios de la costa oeste, que se enfrenten como hermanos y hermanas en Cristo.

No obstante, los obstáculos son considerables. Un problema es que, más allá de sus divisiones internas, la clase estadounidense con estudios está muy comprometida con una visión moral que contempla las decisiones emancipadas y autónomas como esenciales para la libertad humana y la buena vida. La tensión entre esta cosmovisión y los mandamientos de no harás esto o lo otro que dan muerte a la autodeterminación pregonados por la religión bíblica solo puede aliviarse con mucha dificultad, en particular porque el peso que le otorgan los estadounidenses a la autenticidad dificulta que la gente simplemente viva con ciertas hipocresías y contradicciones o que se integre a una iglesia que juzgue sus decisiones de autoafirmación en cualquier nivel, sin importar cuán distantes o abstractas sean.

Por si fuera poco, el fracaso manifiesto de muchas iglesias en vivir a la altura de sus propios mandamientos, la fuerza de los escándalos en la vida religiosa, también desacredita su aseveración de ofrecer una sabiduría suprema o más verdadera.

Un segundo obstáculo es el antisupernaturalismo de la meritocracia: el profesor de una universidad prestigiosa de la Ivy League (Liga de la Hiedra), el consultor administrativo y el ingeniero de Google promedio no son necesariamente materialistas estrictos, pero todos ellos han sido formados en una especie de cientificismo, que considera que las creencias religiosas profundas son algo antirracional en esencia, que los milagros son supersticiones y que la idea de un Dios personal es una vana ilusión.

Por lo tanto, cuando las ideas espirituales vuelven a filtrarse a la cultura de élite, a menudo es en la forma de disciplinas de “bienestar” o superación personal, o en aficiones como la astrología, donde siempre hay cierto rango para negar que, en verdad, estás invocando una realidad espiritual o estás comprometido con una creencia metafísica.

Me parece que estos dos obstáculos trabajan juntos de manera eficaz para alejar a las personas de la fe religiosa. Si alguien tiene una experiencia que pone en duda su falta de fe, su asociación de la religión tradicional con prohibiciones sexuales, intolerancia o escándalos suele bastar para que esa experiencia no lo lleve a una iglesia o sinagoga.

Por otro lado, si un deseo de comunidad o formación moral mueve a una persona a empezar a ir a una iglesia —tal vez en una comunidad liberal o “sensible a los que buscan la espiritualidad”, no reaccionaria ni republicana—, su sesgo materialista luego le dificulta perseverar, levantarse temprano para realizar rituales o recitar credos cuyas afirmaciones en realidad no puede creer.

No sé exactamente cómo puede romperse este patrón de bloqueo, pero pienso que el segundo obstáculo es por mucho el más débil. En otras palabras, creo entender bastante bien por qué mis vecinos no creyentes dudan de la santidad de las iglesias que parecen tratar a las personas homosexuales o a las mujeres de manera injusta o que parecen estar lideradas por locos e hipócritas. Sin embargo, me intrigan más las personas con mentalidad secular que piensan que las condiciones modernas de alguna manera han desmentido la racionalidad de la religión.

Es cierto que la ciencia ha socavado algunas ideas religiosas que antes se proclamaban con certeza. Pero nuestro mundo supuestamente “desencantado” sigue siendo la clase de mundo que inspiró las creencias religiosas en primera instancia: un sistema regido por leyes y ordenado milagrosamente que genera seres conscientes que de modos misteriosos pueden desentrañar sus secretos, que ostentan poderes divinos en miniatura y a la vez una vena demoniaca potente, y en cuyas vidas nunca faltan los encuentros imposibles de explicar ni las invitaciones a trascender. El hecho de haber aterrizado en un mundo así y no estar siempre abierto a las posibilidades religiosas parece mucho más un prejuicio que raciocinio.

Mi comprensión antropológica de mis vecinos laicos falla en particular con respecto a la indiferencia con la que algunos de ellos reaccionan a las posibilidades religiosas o incluso a las experiencias místicas que ellos mismos han tenido.

Al igual que Pascal cuando pensaba en su apuesta, creo que si admites que las cuestiones religiosas son plausibles, debes admitir que son urgentes, o que si sientes un acercamiento de lo sobrenatural, tu curiosidad espiritual debería intensificarse de manera radical.

No obstante, está claro que muchas personas muy inteligentes no están de acuerdo, lo cual quizá demuestra que es un error enfocarse demasiado en los obstáculos evidentes para que la clase alta crea. Se podrían eliminar en parte o retirar ligeramente, pero para revivir la fe aún se necesitaría el impulso, el motor, que hace que la gente busque, llame y pregunte.

This article originally appeared in The New York Times.

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