Opinión: Mi mamá tuvo que huir de Putin dos veces

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SU HISTORIA ES INSTRUCTIVA: DONETSK Y BUCHA, LOS DOS HOGARES DE LOS QUE LA HAN ECHADO, SON UN SÍMBOLO DE LA DESPIADADA DESTRUCCIÓN QUE RUSIA HA DESATADO SOBRE UCRANIA.

KIEV — En 2014, mi madre huyó de su casa en el este de Ucrania.

No quería hacerlo. Acababa de empezar en un nuevo trabajo de profesora y deseaba seguir en él. Pero cuando los separatistas respaldados por Rusia declararon la guerra en Donetsk, la situación se volvió insoportable. Una mañana de octubre, recogió sus cosas, se despidió y se marchó.

Cuando nos vimos en Kiev, cerca del metro, nos quedamos allí de pie, llorando inconsolablemente. Le habían destrozado la vida. Dejó atrás el apartamento donde había vivido toda su vida, a sus amigos íntimos y a su familia. Yo tenía 20 años, estaba estudiando, no llevaba mucho tiempo en la capital y no podía mantenerla económicamente.

Con el tiempo, encontró trabajo y se estableció en un lugar donde siempre supusimos que estaría a salvo del ataque ruso: Bucha, una pequeña y agradable localidad a las afueras de Kiev. Allí, junto con muchos otros ucranianos del este que habían huido del conflicto, se construyó poco a poco una vida. La guerra en el este continuaba, pero al menos ella estaba a salvo.

O eso pensábamos. La invasión total rusa de Ucrania hizo añicos nuestras esperanzas de seguridad. Además, estaba desprevenida: durante los meses de la expansión militar rusa, sabía que el este corría un grave peligro de agresión rusa, pero supuse que se detendría ahí. En cambio, el presidente Vladimir Putin declaró una guerra salvaje contra todo el país, y mi madre, en Bucha, de pronto estaba en peligro. Una vez más, tuvo que huir.

Lejos de ser una excepción, la historia de mi madre es muy instructiva. Donetsk y Bucha, los dos hogares de los que la han echado, son un símbolo de la despiadada destrucción que Rusia ha desatado sobre Ucrania. En Donetsk, las fuerzas respaldadas por Rusia han detenido y torturado a civiles. En Bucha, como ha descubierto el mundo para su conmoción, el ejército ruso ha masacrado civiles y perpetrado terribles atrocidades. En cada lugar, los ucranianos corrientes como mi madre trataban de vivir su vida: ir al trabajo, atender a sus seres queridos, vivir, simplemente. Pero Rusia no quiso dejarles.

Durante los 8 años transcurridos desde que empezó el conflicto en Donetsk, mi familia no tenía mucho de qué quejarse. Sí, estábamos separados, pero todos estábamos vivos. Dado que el conflicto se ha cobrado más de 14.000 vidas, no era poca suerte. Mi padre, electricista, reparaba redes eléctricas; en un Donetsk tan intensamente bombardeado, tenía mucho trabajo. Mi tía formó una familia allí, y se negó con obstinación a que el conflicto dominara su vida. Los echo infinitamente de menos —en Donetsk me tenían en la lista negra por mis reportajes, y no he podido visitar la casa de mi infancia—, pero me animaba la esperanza, compartida por todos nosotros, de que la guerra acabaría en algún momento.

Sin embargo, esas remotas ilusiones quedaron destruidas el 21 de febrero, cuando Putin reconoció la independencia de Donetsk y Lugansk, donde los separatistas respaldados por Rusia habían proclamado su supuesta república. Me quedé estupefacta. Con su anuncio estaba reivindicando la totalidad de la región del Donbás, un territorio tres veces mayor que el ya dominado por las tropas respaldadas por Rusia. Era dar luz verde para avanzar y tomar el resto de la región.

Para mi familia, fue una catástrofe. De pronto, existía el riesgo de que mi padre fuese llamado a filas para luchar contra sus conciudadanos ucranianos. También mi tía corría el peligro de que la echaran de allí, pero que la mandaran a Rusia, no a Ucrania. Se redoblaron los llamados esfuerzos de evacuación: el traslado a Rusia de los ucranianos del este con el falso pretexto de inminentes ataques ucranianos.

Tres días después, las explosiones en Kiev anunciaron el comienzo de una invasión total. Fue un déjà vu. Mi madre y yo lo habíamos vivido ya 8 años atrás. Tuvimos las mismas conversaciones exactas: yo le pedía que se marchara de Donetsk, y ella se negaba. Quería quedarse en su casa. Ahora le pedía que se marchara de Bucha, pero ella no quería. No quería ser desplazada una segunda vez.

Cuando por fin la convencí de que se marchara, fue demasiado tarde: las tropas rusas ya habían tomado Bucha. Empezaron a llegar las primeras noticias de la matanza de los habitantes a manos de los soldados rusos; no pude sacarme de la cabeza la imagen de mi madre como la siguiente víctima. Vi fotografías de lugares en los que había estado con mi madre —como un centro comercial cerca de su apartamento— que habían sido destruidos. Le dije que, si era posible, no saliera del sótano de su edificio, pero no me hacía caso. Solo dejó de salir a hacer la compra cuando se vio bajo un fuerte bombardeo. Siempre ha sido testaruda.

Durante los 10 días siguientes, permaneció en aquel sótano. No había electricidad ni calefacción, y se estaba quedando sin comida y sin agua. Era aterrador: el fuego de artillería no cesaba y había tanques rusos estacionados al lado de su edificio. Cuando su vecino intentó hacer una foto, lo dispararon; afortunadamente, sobrevivió, pero su apartamento quedó en ruinas. No mucho después, los soldados rusos visitaron el edificio: inspeccionaron las casas de los residentes, comprobaron los pasaportes y se llevaron las tarjetas SIM (mi madre tuvo los reflejos y la astucia de darles la que no era, para poder seguir en contacto conmigo).

El calvario fue insoportable. Mi madre, hambrienta, agotada y asustada, accedió por fin a marcharse. Dos días después, el 10 de marzo, lo logró, escapando por un corredor humanitario a Kiev. Estaba temblando cuando la vi. La acosté y la abrigué con edredones y mantas; pero por la noche la oía gemir. Cuando le pregunté con qué había soñado, dijo que con los rusos, que la estaban torturando. Era un síntoma del trauma que sufrirá durante mucho tiempo.

Al día siguiente la subí a un tren con destino a un lugar seguro. Ahora está en el oeste de Ucrania, en casa de unos parientes; una vez más, es una persona desplazada internamente. Ha perdido su trabajo y su casa, dos veces. Sin embargo, tiene la suerte de estar viva, a diferencia de cientos de sus vecinos enterrados en las fosas comunes de Bucha. Se unen a los otros 1964 civiles, como mínimo, que han perdido la vida a manos de las fuerzas rusas.

La propia Bucha, o más bien lo que queda de ella, es ahora libre. Para el 6 de abril las tropas rusas ya se habían retirado de las inmediaciones de Kiev. Se están reorganizando en dirección este, donde les aguarda una batalla por el Donbás. La guerra, que empezó en el este hace 8 años, vuelve allí para su culminación. Dada la brutalidad de Rusia —que ahora se extiende al posible uso de armas químicas en la asediada Mariúpol—, probablemente será una terrible contienda.

Para los ucranianos, será el último capítulo del terror. Pero el país, como mi familia, resiste con fuerza. Del este y el oeste, desplazados o no, los ucranianos han actuado con valentía y resiliencia. No importa lo que Rusia nos haga: nos negamos a ser derrotados.

© 2022 The New York Times Company

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