Opinión | El mal empleo de la ironía

Ignacio Ruelas Olvera
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En el discurso político se está usando en demasía la ironía, en consecuencia, se deja lo esencial en el olvido. La ironía es un recurso para postulantes de gran cultura. No es adecuado para simpáticos, ni ocurrentes, ni simuladores, la ironía requiere un esfuerzo intelectual de alto nivel epistémico. El elegante uso de la ironía hace pedagogía pública desde las tribunas políticas, es adecuado relajar alguna situación con una frase irónica, para ello se requiere habilidades, manejo del lenguaje, de sus reglas de cálculo, de lógica, de argumentación…; no es adecuado abrazar la ironía desde el analfabetismo funcional, tiene un efecto bumerang. Los auditorios lo pueden celebrar por original y chusco, sin embargo, lleva implícita un quimérico retrato del emisor y su efímero mensaje.

El empleo de la ironía nos deja la certeza de un acontecimiento, algo está en el ambiente que se debate o se padece, por ello el recurso fácil, utilizarla para atacar, al contrario, a los adversarios, siempre resulta una sentida ofensa, una pérdida del control de la coherencia y la cordura, con ello el abandono de los argumentos. Aparentemente la ironía da dividendos cuando se está en el ejercicio del poder, pero la realidad nos muestra que desde la voz de los políticos la ironía es una manera de dominar, subestimar, humillar; un recurso para ensoberbecerse del ejercicio del poder público, el cual le fue otorgado en calidad de empleado del “pueblo”.

Una cosa es el sentido del humor, una forma de hacer relativos los acontecimientos y otra cosa es la violencia festiva de la ofensa irónica. El trámite de la ironía en el conversatorio político siempre ofende a alguien y al mismo tiempo elude responsabilidades de encargo político y éticas. Desde los auditorios es preciso acotar a los irónicos, dejarlos hablando solos, cambiarle de frecuencia, aplicar el uso del vacío, no ponerles atención, apagarles las pantallas y las bocinas; con ello sus ironías se esfuman al instante, lo más eficaz es no hacer uso de los temas y metáforas proponen los irónicos, es decir, no debatir, no conversar sobre la agenda que tratan de imponer, caer en esta trampa, permitir el ataque, la ofensa, les autoriza tener más poder.

Pedir por los necesitados, en política, siempre ha sido un gran negocio, algunos políticos lo utilizan y pervierten siempre a nombre de la democracia y del bien de todos, son coartadas ideológicas de sus pretensiones. Pensar por el pueblo, es decir, que el pueblo no piense, es la “generosidad” de esos políticos, la ironía es su recurso mas rápido. La pandemia en Aguascalientes, por ejemplo, nos deja una variedad de voces prestas a “la misericordia política”, ¡claro!, siempre estarán primero los réditos que les otorgue. No todo está perdido, ¡si se pude!, hay lideres auténticos con grandeza, cultural, ética, moral, gnoseológica, lo puedo decir sin temor a equivocación, Carlos Alberto García Zavala, el Padre Gandhi, quien nos dio una lección de política, en el sentido autentico de “la polis”, luchar y apoyar de manera material y espiritual a los necesitados, teniendo en contra el virus, el ambiente, las intenciones de utilizarlo.

Los conceptos de política ideológica terminan en infantilismo, su explicación es simple, toda conquista democrática es un gran logro, casi siempre no bien valorada por los actores, por ejemplo, transitamos a un Estado democrático, constitucional de Derecho, clave del cambio iniciado hace 30 años, sin embargo, aún políticos le encuentran a toda solución un problema. La vía de la política es la que por medio del diálogo y la participación encuentra las soluciones a los problemas sociales, la mala noticia es que la ironía política invierte el método, los problemas colectivos no se procesan desde los entramados institucionales, se tramitan desde las vísceras de las ideologías, de los intereses particulares, desde la óptica del ejercicio del poder público como un negocio de buenas utilidades sin inversión, en una judicatura que culpa y sentencia a fantasmas del pretérito, en una especie de formato de monologo de ministerio público sin carpeta de investigación. Un trámite que da posibilidad abierta a los medios de comunicación para que sean la sala de juicio en voces irónicas a ritmo de posverdades. Este escenario es crisol del desencanto mayoritario, de cansancio político, de apatías, escenarios proclives al engaño, a la simulación, al escándalo, desde la ironía como arma política.

La ironía es una forma de dar a entender algo expresando lo contrario de lo que se quiere decir o se piensa… (eirōneía), significa disimulo o ignorancia fingida.” Este recurso debería servir al político para argumentar y persuadir de un modo lingüísticamente diferente; lamentablemente se ha degradado, hoy provoca risa y forja escándalos, desvirtúa el verdadero significado de enunciados y argumentos. Una manera de burlarse de personas y circunstancias no es la política.