Opinión: ¿Ha llegado el momento de Trump el autócrata?

Jennifer Senior

Hace dos semanas escribí que quizá la popularidad de Donald Trump por fin había alcanzado su punto de inflexión, y todavía lo creo. El jueves, una encuesta realizada por Fox News (¡Sí, Fox!) reveló que se encuentra 12 puntos porcentuales detrás de Joe Biden; por si fuera poco, dos terceras partes del estadio de Tulsa donde realizó su mitin de campaña el sábado estaban vacías. El hombre está listo para protagonizar el video de “Downfall” por excelencia. En especial dado que hace poco estuvo en un refugio real.

Sin embargo, precisamente porque Trump se siente agobiado y superado, temo que hayamos llegado a un punto crítico mucho más escalofriante: parece que, aunque la ejecución sea de lo más torpe, su intención es realizar una transición de presidente a autócrata y, con tal de lograrlo, está dispuesto a emplear todos los medios necesarios y atropellar a cuantos amenacen su reelección.

Está por verse si lo logra. Como bien sabemos, Trump es notoriamente incapaz de gobernar. No obstante, también ha demostrado tener tendencias autoritarias desde un principio. Desde hace más de tres años, se ha dedicado a desmantelar la estructura política, institución por institución y norma por norma. En gran medida, nos hemos librado de una evisceración total gracias a un grupo de honorables servidores públicos y funcionarios.

El problema es que Trump se ha ido deshaciendo de casi todos ellos y los ha remplazado con partidarios de su régimen. Ahora tiene el camino libre. En las agencias solo hay un ejército de lacayos dóciles y lambiscones, además del eterno auxiliar Mitch McConnell y un fiscal general cada vez más descarado, William Barr.

¿Acaso la devastación causada por Barr se topará algún día con algún tipo de asíntota? Lo dudo. La semana pasada, el Departamento de Justicia se presentó ante el tribunal para solicitar que obligara a John Bolton a acatar su orden temporal de emergencia de abstenerse de publicar sus memorias y a retirar de las librerías todas las copias programadas para salir a la venta (petición que fue denegada).

Después, Barr intentó remplazar a Geoffrey Berman, fiscal de Estados Unidos para el Distrito Sur de Nueva York, con un partidario de Trump sin ninguna experiencia en tribunales, justo cuando Berman encabezaba una investigación seria sobre el abogado personal de Trump, Rudy Giuliani, y un banco turco que Trump le dio a entender al presidente Recep Tayyip Erdogan que intentaría proteger (Berman se retiró del cargo, pero Trump no obtuvo al nominado que deseaba).

Todo eso ocurrió el viernes y el sábado. Solo el viernes y el sábado.

¿Qué más sucedió la semana pasada? El director impuesto por Trump en la Agencia de Estados Unidos para los Medios Globales, quien por cierto es aliado de Steve Bannon, despidió a los directores de Radio Free Europe y sus tres estaciones hermanas, en una perturbadora medida que parece encaminada a crear su propia versión de televisión pública. Entonces Trump tuiteó un video a sabiendas de que había sido manipulado por un partidario que se dedica a crear memes, un supuesto segmento atemorizante de CNN con escenas de un bebé racista (al principio Twitter incluyó una advertencia para indicar que había sido manipulado, pero después eliminó el video).

Todo eso ocurrió el miércoles y el jueves. Solo el miércoles y el jueves.

Desde hace algunos meses, Trump ha escalado su guerra en contra de las salvaguardas del gobierno estadounidense y sus propios ciudadanos. En abril y mayo se deshizo de cinco inspectores generales. Remplazó a veteranos de la comunidad de inteligencia con partidistas leales que cuestionan la validez de las investigaciones sobre Rusia. Amenazó con desplegar al Ejército para controlar los disturbios civiles. Utilizó municiones de pimienta y bombas de humo contra los manifestantes para posar para una foto de campaña.

En su nuevo libro “Surviving Autocracy”, Masha Gessen destaca que nuestro sistema de gobierno es más susceptible a un golpe autócrata de lo que pensamos. La función de los otros dos poderes del gobierno es, en teoría, controlar al poder Ejecutivo. El problema es que ese poder Ejecutivo algunas veces interfiere en sus asuntos. Por ejemplo, el presidente designa a los jueces federales, así que llena las vacantes con sus favoritos, quienes, cual truchas cultivadas, son entrenados para cumplir sus propósitos, y el Departamento de Justicia forma parte del poder Ejecutivo, no del Judicial, por lo que nada le impide a un rufián como Barr actuar como promotor personal de Trump en vez de custodiar los intereses del pueblo. “Su funcionamiento independiente se determina por tradición”, escribe Gessen, no por diseño.

Los departamentos y agencias del Gabinete que se quedaron hace poco sin inspectores generales también forman parte del poder Ejecutivo. ¿Cómo pueden mantener a raya los excesos del presidente si este no actúa de buena fe? El sistema se basa en la buena fe.

Es posible que todavía la encontremos. La persona menos esperada, Lindsey Graham, presidente del Comité Judicial del Senado, se interpuso entre Trump y su frenética embestida por el poder en el distrito sur, cuando dijo que les permitiría a los senadores demócratas de Nueva York vetar al nominado de Trump (habrá que ver cuánto tiempo se mantiene esto). Claro que Joe Biden podría ganar e invertir el primer año de su mandato no solo en restaurar normas, sino en codificarlas.

Sin embargo, lo que realmente me quita el sueño (que sería la peor emboscada autoritaria) es pensar que Trump llegue a intentar suprimir el voto con alguna treta que ni siquiera se me ha ocurrido (la votación se les deja a los estados). Ya ha hecho todo lo posible por respaldar actividades de recaudación de fondos para “monitorear” agresivamente las casillas electorales, con la supuesta intención de evitar el fraude, una amenaza casi inexistente.

Hace tres años, uno de mis amigos hizo la astuta observación de que la elección de Trump sería como un prolongado experimento nacional Milgram, en referencia al famoso estudio psicológico de los años sesenta que reveló cuán susceptibles son las personas a la autoridad y, tristemente, cuán dispuestas están a obedecer incluso las órdenes más terribles.

Un investigador les dio instrucciones a los participantes de administrar descargas, cada vez de mayor intensidad, con el propósito de poner a prueba a sujetos cuando daban la respuesta incorrecta a una pregunta. Dos terceras partes de los participantes accedieron a infligir el castigo máximo, 450 voltios, aunque los sujetos gritaban de dolor.

Por suerte, los sujetos eran actores y las descargas eléctricas eran falsas. Por desgracia, los partidarios de Trump son reales y también lo son las descargas que está recibiendo nuestro sistema.

This article originally appeared in The New York Times.

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