Opinión: Las lecciones de la pionera del #MeToo en España

David Jiménez
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UN DOCUMENTAL SOBRE LA PRIMERA CONDENA POR ACOSO A UN POLÍTICO ESPAÑOL HACE 20 AÑOS PONE A ESPAÑA ANTE EL ESPEJO DEL MACHISMO EN UN MOMENTO EN QUE LOS AVANCES LOGRADOS DESDE ENTONCES VUELVEN A ESTAR AMENAZADOS POR EXTREMISTAS QUE ASPIRAN A REVERTIRLOS.

MADRID — Hay una escena en Nevenka, el documental recién estrenado en Netflix, que resume a qué se enfrentaba una mujer que denunciara acoso en la España de 2001. La protagonista lleva a juicio al poderoso alcalde de la ciudad de Ponferrada Ismael Álvarez y los vecinos salen a la calle para mostrar su indignación. Pero no con el agresor, sino con la víctima. “¡A mí nadie me acosa si yo no me dejo!”, grita una señora.

Nevenka Fernández ganó la primera querella por acoso contra un político en España, convirtiéndose sin saberlo en la pionera de un movimiento al estilo del #MeToo que no terminó de despegar. El fiscal tuvo que ser apartado del caso tras interrogarla como si el delito lo hubiera cometido ella, los compañeros de partido le dieron la espalda y la estigmatización forzó su marcha al extranjero. A pesar de la victoria judicial, el precio pagado dejó un aviso a otras mujeres en su situación.

Nevenka nos traslada a una España machista e insensible ante el acoso, un país que, en parte gracias al movimiento feminista, desde entonces ha hecho importantes progresos y ahora se sitúa como el octavo país con más igualdad del mundo. Las españolas no pudieron abrir su propia cuenta bancaria hasta 1975 y hoy están entre las que más presencia tienen en política y en el sector empresarial. ¿Quiere eso decir que la batalla por la igualdad está ganada? ¿Es el progreso de estos años irreversible? La respuesta a ambas preguntas es no.

La reemergencia de la extrema derecha ha coincidido con una ofensiva encaminada a cuestionar derechos de la mujer y tumbar políticas de protección todavía necesarias. Grupos ultracatólicos tratan de avanzar una agenda retrógrada sobre su papel en sociedad y defienden que es el hombre el que está siendo discriminado. Vox, la tercera fuerza del país, lidera en el parlamento un movimiento que niega la existencia de la violencia de género. “Es imposible demostrar machismo porque a ninguna mujer se la agrede por el hecho de serlo”, aseguró hace unos días en el Congreso la diputada Carla Toscano.

La afirmación, en un país donde más de un millar de mujeres han sido asesinadas por sus parejas desde 2003, y miles siguen sufriendo el maltrato en silencio, es negligentemente disparatada.

Uno de los éxitos del nuevo negacionismo del machismo ha sido contaminar de ideología lo que debería ser una mera cuestión de derechos. El término feminismo, que la Real Academia de la Lengua define como “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”, es utilizado por medios y políticos conservadores como un insulto; programas de prevención en violencia de género son denostados con generalizaciones simplonas; y las celebraciones del Día Internacional de la Mujer, cada 8 de marzo, se enfangan en peleas políticas para desviar la atención de lo importante.

Uno de los grandes consensos de la democracia, la unión de todos los partidos en la lucha por la igualdad, ha saltado por los aires.

Esa politización absurda tuvo un punto álgido cuando el Ayuntamiento de Madrid aprobó en enero una moción de Vox pidiendo la eliminación de un mural donde estaban representadas mujeres icónicas. La obra incluía entre otros los retratos de la primera astronauta, Valentina Tereshkova, la activista estadounidense Angela Davis o la tenista Billie Jean King. La decisión fue posteriormente corregida, pero, como suele ocurrir, la estupidez política ya se había trasladado a la calle: extremistas aprovecharon la cobertura de la noche para sabotear el mural.

Ana Pastor, cuya empresa Newtral coprodujo el documental sobre Nevenka, dirigido por Maribel Sánchez-Maroto, destaca los avances logrados en estos veinte años y recuerda el camino que todavía queda por recorrer. “Ahora las alertas saltan mucho antes y, aunque sigue ocurriendo, hay una sensibilidad social que protege más a las víctimas”, dice Pastor. Y, sin embargo, añade que denunciar sigue siendo difícil: “Exigirle valentía a una mujer después de haber sufrido una agresión o acoso es muy injusto”.

Nevenka Fernández era una joven economista de 26 años cuando entró en el Ayuntamiento de Ponferrada como concejal de Hacienda. Tras mantener una breve relación sentimental con el alcalde, su decisión de romper supuso el inicio de meses de acoso sexual y finalmente su baja por depresión. Su testimonio, tras dos décadas de silencio, nos recuerda lo difícil que ha sido para las mujeres avanzar en sus derechos y la importancia de no dar pasos atrás.

Nevenka muestra también por qué es importante que legisladores y jueces faciliten un ambiente seguro para la exposición de los abusos. En Cataluña, una de las pocas regiones que ofrece datos de acoso en el trabajo, solo el 8 por ciento de las víctimas denuncian a sus agresores. El problema no está en las leyes, que se han adaptado a los delitos machistas, sino en la cultura que los ampara. El manual para desacreditar a las víctimas es siempre el mismo: se incide en la vestimenta o actitud de la mujer, se indaga en su pasado para cuestionar su moral y se invierte la culpa, a menudo alegando que buscaba un ascenso profesional. Esos prejuicios, que Nevenka sufrió durante dos años de proceso judicial, hasta la ratificación de la condena en el Tribunal Supremo, no han muerto del todo.

Y lo que es más preocupante: siguen enraizados en parte de la política y judicatura españolas.

Esta misma semana una víctima de una violación múltiple en la localidad catalana de Sabadell, que tenía 18 años cuando fue agredida, tuvo que responder al continuo cuestionamiento de su relato, a pesar de haber tenido que repetirlo en numerosas instancias anteriores. La falta de empatía mostrada por la defensa y el fiscal, mientras la víctima lloraba desconsolada, obligan a revisar la formación y los protocolos seguidos por jueces, fiscales y abogados.

La incorporación de la mujer a la política también ha mejorado, pero encuentra resistencias. El 22 de marzo, el diputado del Partido Popular Diego Movellán mostró la persistencia del machismo durante comparecencia de Yolanda Díaz, ministra de Trabajo y vicepresidenta tercera del Gobierno. En una intervención que tuvo que leer, Movellán dijo que las mujeres del partido de Díaz, Unidad Podemos, solo “suben en escalafón si se agarran bien a una coleta”, en referencia al entonces líder de la formación, Pablo Iglesias.

El hecho de que la acusación viniera de un diputado sin méritos profesionales fuera de la política, con un currículo claramente inferior al de la ministra, muestra hasta qué punto el problema es justamente el contrario: las ventajas que todavía permiten a varones mediocres alcanzar responsabilidades que les superan. El Partido Popular, al no censurarle, alienta que se repitan comportamientos similares.

Muchos de los avances pendientes para la mujer están ligados al trabajo, incluida la brecha salarial, los obstáculos que encuentran para llegar a puestos de responsabilidad y el acoso, donde una condena sin matices de la sociedad aumenta la protección. Políticos, jueces y ciudadanos tenemos la obligación de asegurarnos de que ninguna mujer vuelve a pasar por el escarnio público que sufrió Nevenka Fernández. “Lo que las víctimas necesitan es acompañamiento en todos los sentidos. Judicial, social, mediático…”, recuerda Ana Pastor.

This article originally appeared in The New York Times.

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