Opinión: Las lecciones de los linchamientos

Charles M. Blow
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Una lápida en representación de George Floyd en el cementerio 'Say Their Names' que rinde homenaje a las personas que han perdido la vida a manos de la policía en Minneapolis, el 30 de marzo de 2021. (Joshua Rashaad McFadden/The New York Times)
Una lápida en representación de George Floyd en el cementerio 'Say Their Names' que rinde homenaje a las personas que han perdido la vida a manos de la policía en Minneapolis, el 30 de marzo de 2021. (Joshua Rashaad McFadden/The New York Times)

Están surgiendo muchas narrativas espantosas del juicio contra el oficial despedido Derek Chauvin por el asesinato de George Floyd.

Está la transferencia de culpa de las personas que mataron a Floyd a las personas que lo vieron morir. Hay una diferencia en la empatía cuando una persona de color en el casco urbano batalla con una adicción a los opioides y cuando el adicto es una persona joven y blanca en un suburbio o una zona rural de Estados Unidos.

Sin embargo, lo que realmente repercutió en mí fue la sensación de impotencia en la manera en que Floyd rogó, en vano, por su vida y la impotencia de la multitud enervada de transeúntes y testigos al no poder intervenir. En esta dinámica, el poder estaba del lado de los policías, incluido Chauvin, y lo ejercieron hasta un extremo letal.

El grado de fuerza que se usó, una fuerza mortal, incluso después de que Floyd ya había sido esposado, incluso cuando ya estaba inconsciente, para mí representa un intento no solo de castigar al cuerpo de Floyd, sino también de demostrar un control absoluto y exigir un sometimiento total. El trato al cuerpo de Floyd fue un mensaje para las personas de su comunidad: cualquier disturbio o desobediencia que se perciba se aplastará, de manera literal.

Me recordó al largo historial de alardes demostrativos contra las personas negras en Estados Unidos. Los esclavistas perpetraban actos salvajes de violencia contra los cuerpos de los llamados esclavos africanos desobedientes, como castigo para una persona considerada culpable, pero también como un freno para los otros esclavos que veían el acto o lo escuchaban mencionar.

Eran los azotes que arrancaban la piel, los seres humanos despedazados por sabuesos, los cuerpos agarrotados colgados de la rama rígida de un árbol. Estas demostraciones eran algo común. La producción teatral de dolor, al grado de la mutilación, era común. La transmisión del trauma era lo común.

Cuando los esclavos se rebelaron, este teatro se llevó aún más lejos. El levantamiento de la costa alemana de 1811 en Luisiana, una de las sublevaciones de esclavos más grandes en la historia de Estados Unidos, a fin de cuentas, fracasó, pero los esclavistas blancos estaban tan decididos a intimidar a los esclavos restantes a fin de que jamás repitieran ese intento que, como escribió Leon A. Waters para el Zinn Education Project:

“Algunos de los líderes fueron capturados, enjuiciados y luego ejecutados. Les cortaron las cabezas y las colocaron en postes a lo largo del río para asustar e intimidar a los otros esclavos. Esta exposición de cabezas en picos se extendía unos 96 kilómetros”.

Cuando Nat Turner orquestó su levantamiento unos 20 años después, la respuesta adoptó una expresión similar. Como escribió Daina Ramey Berry, profesora adjunta de Historia y Estudios de la Diáspora Africana en la Universidad de Texas, campus Austin, para The New York Times en 2016 sobre la ejecución en la horca de Turner en 1831:

“Las personas que fueron a atestiguar su muerte luego lo decapitaron y despellejaron. Alardearon al respecto durante décadas. Un participante, William Mallory, también conocido como Buck, se regodeaba tanto de haberle arrancado la piel a Turner que esto se incluyó en su obituario”.

La profesora escribió que uno de sus estudiantes de hecho afirmó que su familia tenía un bolso hecho de la piel de Turner.

Incluso después del fin de la esclavitud, o quizá debido a su fin, surgieron los linchamientos. Y la imposición del terror pasó de las plantaciones a la población en general. A menudo los cuerpos no solo se colgaban, sino que se quemaban o les cortaban los dedos de las manos, de los pies o los genitales. Y para conmemorar —y difundir— el terror, solían hacerse postales de los linchamientos.

En 1956, tan solo meses después de ser absueltos por el linchamiento de Emmett Till, de 14 años, sus asesinos dieron una entrevista a Look Magazine en la que confesaron su crimen. J. W. Milam, uno de los asesinos de Till, dijo sobre el asesinato: “Solo decidí que ya era hora de que las personas se enteraran” que mientras él siguiera con vida, las personas negras (usó un insulto racial), “se van a quedar en su lugar”. Asimismo, hay una cita de Milam que dice:

“Solo me decidí. ‘Niño de Chicago’, dije, ‘ya estoy cansado de que manden a los de tu tipo aquí a causar problemas. Maldito, te voy a usar de ejemplo… para que todos sepan lo que pienso yo y mi gente’”.

Golpearon a Till con una pistola, lo obligaron a desnudarse al borde del río Tallahatchie esa mañana de domingo, le dispararon en la cara, ataron con alambre de púas una desmotadora de algodón a su cuello y lo empujaron al río.

Cuando se halló el cuerpo de Till, su rostro estaba casi irreconocible.

No tengo manera de saber si Chauvin tenía la intención de matar a Floyd, pero hay una inmensa cantidad de evidencia de que sentía una indiferencia depravada respecto de la vida de Floyd. No hay manera de predecir la decisión que tomará el jurado, incluso con el video del asesinato, y el objetivo de esta columna no es hacer una predicción en ese aspecto.

Lo que quiero decir es que hay ecos en el asesinato de Floyd, en público, frente a su comunidad, a plena luz del día, que reverberan de siglos de asesinatos de hombres y mujeres que se ven como Floyd, cuyos asesinatos fueron validados o defendidos por el sistema de su época.

Es difícil no ver la línea directa que se traza de una soga en el cuello a una rodilla en el cuello. Y también es difícil no recordar que pocas personas fueron castigadas por los linchamientos.

Los cuerpos negros inmóviles han sido el lienzo en el que se ha pintado la historia de Estados Unidos y el cuerpo de Floyd, tristemente, es tan solo uno de los ejemplos más recientes.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company