Opinión: La larga sombra de los años de Reagan

Jennifer Finney Boylan
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LA TURBULENCIA DE ESTOS DÍAS NO COMENZÓ CON DONALD TRUMP, TAMPOCO TERMINARÁ AHORA QUE HA SIDO DERROTADO.

Bajé las escaleras, con resaca y hecha pedazos. Canté una canción de The Doors. “Este es el fin, hermoso amigo, el fin”.

Mi madre, de pie en la cocina, se lanzó a abrazarme, eufórica y alegre. “Es el comienzo”, me respondió cantando, aunque no sabía nada sobre Jim Morrison.

Esa canción, “The End”, ya tenía 13 años para el 5 de noviembre de 1980, pero sonaba por todas partes ese año, después de que se usó en la película “Apocalipsis ahora” de 1979. Para mí, fue el himno de la época.

La fiesta para celebrar las elecciones que organicé la noche anterior había terminado antes de empezar. Ronald Reagan había sido declarado ganador antes de que la mayoría de mis invitados —una cohorte que en esencia estaba conformada por mis novios del bachillerato— siquiera llegara. Los presentadores de la televisión comenzaron a hablar sobre la magnitud del mandato de Reagan mientras California seguía votando. Fue una masacre: Jimmy Carter ganó tan solo seis estados y el Distrito de Columbia.

Fue el inicio de la era Reagan, por eso mi madre republicana estaba tan feliz. Sin embargo, para mí —de 22 años y recién egresada de la universidad— fue el fin, no tan solo de la presidencia de Carter, sino también de la infancia y el mundo que pensé que conocía.

La turbulencia de nuestros días no comenzó con Donald Trump, tampoco terminará ahora que ha sido derrotado. El 4 de noviembre de 1980 ocurrió hace 40 años, hace mucho tiempo ya. No obstante, de muchas maneras el cataclismo de 1980 creó el mundo en el que vivimos hoy en día.

Debí suponer que el mundo estaba cambiando cuando el monte Santa Helena hizo erupción el 18 de mayo de ese año. Mi hermana, quien en ese entonces vivía en Portland, Oregon, barrió cenizas volcánicas de la entrada de su casa y me las envió por correo. Sigo teniendo esas cenizas, en algún lugar.

Sin embargo, ese no fue el único incidente volcánico de 1980. La insurgencia de Reagan vino acompañada de una voltereta de doce curules en el Senado que les dio el control de la cámara a los republicanos por primera vez desde 1952.

Si eres conservador, todo eso fue una gran noticia. En aquel entonces, me consideraba moderada, pero seguía pensando que era un desastre, y ni siquiera porque en esencia desconfiara de la teoría de la economía del goteo, o la “economía vudú”, como la llamó certeramente George H. W. Bush. No obstante, no me consternaba el vudú, sino la idea, popularizada por Reagan, de que el gobierno no es la solución, que el gobierno, de hecho, es el problema.

Nadie en su sano juicio defendería el argumento de que los programas gubernamentales son modelos de eficiencia, y no lo haré yo ahora. Sin embargo, la idea de que, por lo tanto, debiéramos concluir que un buen gobierno es imposible y debiéramos poner todas nuestras esperanzas para mejorar nuestras vidas en las manos de amorosas corporaciones benefactoras es absurdo. Era absurdo entonces y es absurdo el día de hoy.

No importa cuánto lo intente, nunca he comprendido cómo tantos republicanos hablan de su patriotismo y su amor por la bandera y al mismo tiempo desprecian el gobierno mismo que fue creado por la Constitución. ¿Eso significa el patriotismo ahora: odiar el gobierno, pero ponerse sentimental y lloroso por Exxon Mobil?

Ese talante imperecedero todavía nos corroe. Explica, tan solo por poner un ejemplo, el odio de los republicanos hacia la Ley de Atención Médica Asequible… y porque han intentado derogarla durante todos estos años, a pesar de haber jurado que iban a proteger muchas de sus cláusulas.

Porque, desde Reagan, ha sido una apostasía sugerir que algún día el buen gobierno podría hacer algo por mejorar las vidas de la gente. Incluso se puede decir que la resistencia al uso del cubrebocas se remonta a noviembre de 1980: basta ver a toda la gente que considera que la orden de usar mascarilla para evitar que otras personas mueran de verdad es una manera de represión de su libertad.

Claro, hay que culpar a Donald Trump por su respuesta inepta frente a la pandemia. No obstante, hay que culpar a Ronald Reagan por alentar a la gente a odiar a su propio gobierno, o ver un sacrificio individual por el bien común como una especie de tiranía. La inminente expulsión de Trump de la Casa Blanca significa que el tono cambiará en enero, de crueldad a bondad, de narcisismo a empatía. Sin embargo, a Joe Biden le costará más cambiar la creencia fundamental, que ahora tienen tantos estadounidenses, de que su gobierno es la amenaza más grave para su libertad.

Hace 40 años, el Día de los Veteranos de 1980, dejé la casa de mis padres y me mudé a la ciudad de Nueva York para —creo que la frase sería— “buscar mi destino”. Para cuando terminó esa semana, ya compartía mi casa con una nueva persona, un joven cineasta llamado Charlie Kaufman. En los meses posteriores, Charlie y yo trabajamos en novelas y películas, cada uno de nosotros en nuestros respectivos escritorios, y luego salíamos por la noche hasta que cerraban los bares de Morningside Heights. Había iniciado un mundo muy distinto, para el país y para mí.

El día que me fui de casa, había llenado un camión de mudanza con toda mi basura. Maletas de ropa. Cajas de libros y discos. Mi cama de la infancia. Una pequeña bolsa de plástico con cenizas de un volcán.

Justo antes de partir, me hinqué y abracé a mi perro viejo. Me habían regalado el perro, llamado Sausage, en mi decimoprimer cumpleaños. En ese momento, el perro estaba canoso.

Mi madre rompió en llanto. “¡Este es el fin!”, me cantó, tan solo para demostrar que me había escuchado la semana anterior. “¡Hermosa amiga!”.

No sonaba muy parecida a Jim Morrison, pero sabía que lo decía desde el fondo de su corazón.

“Es el comienzo”, le respondí.

This article originally appeared in The New York Times.

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