Opinión | La sombra que el Jubileo de Platino de la reina Isabel II prefirió no recordar

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NO DEBEMOS REHUIR DE LA COMPLICADA RELACIÓN ENTRE MONARQUÍA BRITÁNICA, NACIÓN E IMPERIO, Y LOS INCONMENSURABLES SUFRIMIENTOS QUE INFLIGIÓ A LAS POBLACIONES COLONIZADAS.

La familia real en el Buckingham Palace, durante la celebración del Jubileo de platino de la reina Elizabeth II (Foto: Getty)
La familia real en el Buckingham Palace, durante la celebración del Jubileo de platino de la reina Elizabeth II (Foto: Getty)

“Declaro ante todos ustedes que dedicaré toda mi vida, sea esta larga o corta, a su servicio y al servicio de esta gran familia imperial a la que todos pertenecemos”. Se cuenta que la princesa Isabel lloró cuando leyó su discurso por primera vez. Esas palabras, pronunciadas cuando cumplió 21 años, y retransmitidas por la radio en 1947 desde un jardín repleto de buganvillas en Ciudad del Cabo, proclamaban la futura encarnación del Reino Unido y su imperio y la Mancomunidad de Naciones en la joven integrante de la realeza.

En aquel momento, las demandas de independencia surgían por todo el Imperio de la posguerra. A la India y Pakistán les faltaba poco para liberarse del régimen colonial británico, pero el gobierno laborista de Clement Attlee no tenía ninguna intención de consentir lo mismo en otras partes. El Reino Unido había inaugurado una política imperial de resurgimiento, con el objetivo de reconstruir un país fiscalmente asolado en la posguerra y reivindicar su estatus como una de las tres grandes potencias a costa de la población colonizada del Imperio.

Durante bastante más de un siglo, las reivindicaciones del Reino Unido de su grandeza mundial radicaban en su Imperio, considerado único entre todos los demás. Repartido entre más de una cuarta parte de la masa continental del planeta, el Imperio británico fue el más extenso de la historia. Tras ser el impulsor del movimiento abolicionista, el Reino Unido se tornó en proveedor de un imperialismo liberal, o “misión civilizadora”, y extendió sus políticas desarrollistas, ligadas a las jerarquías raciales, a sus 700 millones de súbditos colonizados, con la pretensión de conducirlos al mundo moderno.

Ahora que se celebraron los 70 años de la reina Isabel II en el trono, el Jubileo de Platino estuvo preñado de significado sobre el pasado imperial del país y del sobredeterminado papel de la monarquía en él. Después de la época victoriana proliferaron los grandes monumentos y las estatuas que ensalzan a los héroes del Imperio, y Londres se convirtió en un patio de armas conmemorativo del Imperio y la realeza. En los últimos días fue el principal escenario de una insólita celebración en honor de la reina, en un momento en el que, tras llevar mucho tiempo hirviendo a fuego lento, están estallando las guerras a propósito de la historia imperial, donde el público, los políticos, los académicos y los medios impugnan acaloradamente el significado, las experiencias vividas y los legados del Imperio británico.

La reina Elizabeth II, que subió al trono en 1952.  (Photo by Chris Jackson/Getty Images)
La reina Elizabeth II, que subió al trono en 1952. (Photo by Chris Jackson/Getty Images)

En el Reino Unido, las protestas han llegado a las calles, al pleno del Parlamento y a los medios, exigiendo justicia racial y un ajuste de cuentas con las colonias. Ataviados con máscaras negras, algunos marcharon en manifestación hasta la Plaza del Parlamento de Londres en junio de 2020 coreando “Churchill era un racista”. Se detuvieron en la estatua del primer ministro, tacharon su nombre con pintura en aerosol y lo sustituyeron con las condenatorias palabras que se estaban coreando.

Orgullo del 'mito' imperial

En pocos países perdura el nacionalismo imperial con esas repercusiones sociales, políticas y económicas. En fricción con los movimientos por “descolonizar” el Reino Unido, el primer ministro, Boris Johnson, y la campaña por el brexit de su Partido Conservador publicitó el concepto de “Bretaña Global”, un imperio 2.0. “No puedo evitar recordar que este país ha dirigido, en los últimos 200 años, la invasión o la conquista de 178 países, que son la mayoría de los miembros de la ONU —él declaró—. Creo que la Bretaña Global es una superpotencia de ‘poder blando’ y que podemos estar inmensamente orgullosos de lo que estamos consiguiendo”.

Los debates sobre los significados y legados del Imperio británico no son nuevos. Sin embargo, las crisis recientes chocan con una singular ocasión de esplendor real, poniendo en el foco sobre las discrepancias entre la realidad y la ficción, las realidades vividas y la construcción del mito imperial, y el papel históricamente arraigado de la monarca como personificación del Imperio británico.

La celebración de los 70 años de reinado de Elizabeth II (Yui Mok/PA via AP)
La celebración de los 70 años de reinado de Elizabeth II (Yui Mok/PA via AP)

Durante varias generaciones, la monarquía ha derivado del Imperio unas saludables dosis de su poder, al igual que el nacionalismo imperial le ha quitado legitimidad de la monarquía. Este fenómeno se remonta al rey Enrique VIII, el primero que declaró Inglaterra como Imperio en 1532, mientras que sus sucesores otorgaron Cartas Reales que facilitaron el comercio transatlántico de personas esclavizadas y la conquista, ocupación y explotación del subcontinente indio y vastos territorios de África.

Fue la época victoriana, con la reina ungida matriarca del Imperio, la que sentó las bases de la misión civilizadora. Después de que el Reino Unido librara unas 250 guerras en el siglo XIX para “pacificar” a los súbditos coloniales, surgió una ideología, discutida pero coherente, de imperialismo liberal que integraba las reivindicaciones imperiales de soberanía con el inmenso proceso de reforma de los súbditos coloniales, referidos a menudo como “niños”. El sagaz ojo de británico juzgaba cuándo los “no civilizados” estaban plenamente desarrollados.

Violencia y su "efecto moral"

Si bien la misión civilizadora británica era reformista en sus pretensiones, fue sin embargo despiadada. La violencia no fue solo la comadrona del Imperio británico: era endémica en las estructuras y sistemas del régimen británico. Los nacionalistas y los luchadores por la libertad eran a menudo tachados de delincuentes o terroristas, y sus actos —incluidos el vandalismo, las huelgas laborales, los motines y las rebeliones—, de amenazas políticas. La coacción no solo sometería a estos supuestos niños recalcitrantes. Los funcionarios y fuerzas del orden colonial querían que sus súbditos infantilizados fuesen conscientes de su propio sufrimiento y lo sintieran, que supieran que era deliberado, y que tenía una finalidad. Los funcionarios británicos tenían una expresión para esto: el “efecto moral” de la violencia.

Los funcionarios británicos también estaban obsesionados con el imperio de la ley, e insistían en que era la base del buen gobierno. Pero en el Imperio, la ley se aplicaba de manera distinta, restringía libertades, expropiaba tierras y propiedades y aseguraba una mano de obra constante para las minas y plantaciones del Imperio, cuyas ganancias ayudaron a impulsar la economía británica.

Llegado el siglo XX, el Imperio estaba colmado de excepcionalismo jurídico, en forma de leyes marciales y estados de excepción, necesarios para mantener el control. Aunque eran legales, estos estados de excepción otorgaban unos extraordinarios poderes de represión. Cuando las fuerzas del orden necesitaban más discreción, o cuando sus actos eran constitutivos de violencia no autorizada, los funcionarios británicos conferían el estatus de legalidad a su conducta enmendando las reglas antiguas y creando otras nuevas.

La carroza real durante la celebración a la reina Elizabeth II (Foto: Tim Ireland/Xinhua via Getty Images)
La carroza real durante la celebración a la reina Elizabeth II (Foto: Tim Ireland/Xinhua via Getty Images)

Este fenómeno recurrente convirtió las excepciones en normas. Las fuerzas del orden británicas emplearon unas formas de violencia sistemática cada vez más intensas, haciendo que el Imperio pareciera un Estado conquistador reincidente. Surgió un sistema represivo bien engrasado, dirigido desde Londres y transferido desde un lugar del Imperio al siguiente por los funcionarios y fuerzas del orden coloniales.

Cinco años después de su famoso discurso radiofónico en la BBC, la princesa Isabel heredó este Imperio cuando ascendió al trono. Durante la mayor parte de sus tres primeras décadas de reinado, Gran Bretaña estuvo envuelta en los recurrentes conflictos derivados del ocaso del imperio, mientras los sucesivos gobiernos, tanto laboristas como conservadores, se desentendieron de las garantías de autodeterminación de los tiempos de guerra. El futuro de la nación, al igual que su pasado, dependía de los beneficios reales e imaginados del Imperio.

Como escribió Orwell: “La alternativa es tirar el Imperio por la borda y reducir Inglaterra a un país de poca importancia, a una inhóspita isla donde tendríamos que trabajar mucho todos y sustentarnos principalmente de arenques y patatas”.

circa 1945:  El autor George Orwell (1903 - 1950)  (Foto: Hulton Archive/Getty Images)
circa 1945: El autor George Orwell (1903 - 1950) (Foto: Hulton Archive/Getty Images)

Malasia

Si se tirase el Imperio por la borda, buena parte del poder simbólico de la monarquía desaparecería con él. Desde su primera suspensión del Parlamento, la reina Isabel II, como sus predecesores, reafirmó las antiguas ficciones imperiales y cultivó otras nuevas. Era su papel prescrito, su deber monárquico. Le recordó a su afligido país su grandeza imperial y los sacrificios que se estaban haciendo para salvar al Imperio del terrorismo que lo invadía. “En Malasia, mis fuerzas y la administración civil están llevando a cabo una tarea difícil con paciencia y determinación”, declaró.

Esta difícil tarea, que se suponía que debía sofocar una insurgencia anticolonial y comunista, incluyó detenciones masivas sin juicio, deportaciones ilegales y una de las mayores migraciones forzosas del Imperio, con el desplazamiento de cientos de miles de súbditos coloniales a aldeas cercadas con alambradas. Muchos vivían en unas condiciones cercanas a la hambruna, vigilancia las 24 horas, trabajos forzados y malos tratos.

Sin embargo, el imperialismo liberal pervivió, y su elasticidad dio lugar a un nuevo léxico sobre la reforma. Los súbditos coloniales estaban siendo “rehabilitados” en una campaña sin precedentes dirigida a “sus mentes y sus corazones”. La actualización de las leyes humanitarias en la posguerra y los nuevos tratados sobre derechos humanos —jurídica y políticamente problemáticos, en especial para el extendido uso británico de la tortura— propiciaron en parte ese doble discurso, mientras que los gobiernos británicos negaban reiteradamente las medidas represoras y ordenaban la destrucción a gran escala y en secreto de las pruebas incriminatorias.

"Blanquear el pasado"

Las ficciones reformistas blanquearon el pasado del Reino Unido y pusieron su sello al discurso oficial sobre los conflictos del final del Imperio en Kenia, Chipre, Adén, Irlanda del Norte y otros lugares. Eran fragmentos de pruebas condenatorias, no obstante. Los historiadores, incluida yo misma, se han pasado años recomponiéndolos, demostrando la perfidia del imperialismo liberal y cómo los sucesivos monarcas representaron de forma manifiesta el Imperio y sus mitos; extrajeron poder simbólico de su absoluto papel in loco parentis en el proceso civilizador de los súbditos coloniales; y, al mismo tiempo —encubriendo, tal vez involuntariamente, a sus gobiernos—, honraron lo deshonroso con discursos, títulos y medallas.

En 1917, por ejemplo, el rey Jorge V fundó la Orden del Imperio Británico para condecorar el servicio civil y militar con la Gran Cruz de Caballero o de Dama (GBE, por sus siglas en inglés), el honor más alto. El de Miembro de la Orden del Imperio Británico (MBE) es el más bajo de los cinco. Hasta la fecha, la reina sigue concediendo cientos de estas medallas al año, que aún llevan inscrito el lema “POR DIOS Y EL IMPERIO”, los dos manantiales del poder monárquico.

Kenia

Esas condecoraciones son intrínsecamente gestos políticos. Hubo un caso, entre muchos otros, en la Kenia de la década de 1950, en el que el Reino Unido detuvo sin juicio a más de un millón de africanos durante la emergencia del Mau Mau. Terence Gavaghan, el arquitecto de la “técnica de la dilución”, o la violencia sistemática utilizada para “quebrar” a los detenidos, fue condecorado con la medalla de MBE. A John Cowan, su lugarteniente, también se le otorgó una, a pesar de su papel —o debido a él— en la elaboración del “plan Cowan”, que provocó la muerte a golpes de 11 detenidos. Conocida como la masacre de Hola, hizo peligrar el gobierno conservador de Harold McMillan, que escribió a la reina en 1959 que el “incidente” no se podía “excusar” de ninguna manera, “aunque difícilmente se podía responsabilizar al gobierno de Su Majestad por las faltas por comisión u omisión de los oficiales de oficiales de muy inferior rango”.

La familia real en el Buckingham Palace, durante la celebración del Jubileo de platino de la reina Elizabeth II (Foto: Getty)
La familia real en el Buckingham Palace, durante la celebración del Jubileo de platino de la reina Elizabeth II (Foto: Getty)

La mancomunidad

La táctica de utilizar chivos expiatorios y el refrendo real de execrables agentes imperiales formaban parte desde mucho tiempo atrás del modus operandi del Reino Unido, al igual que el lenguaje desarrollista enmascarado como una reforma benigna. Cuando la independencia se extendió por el Imperio en la década de 1960, las colonias estaban “haciéndose adultas”, según McMillan. El Reino Unido declaró el triunfo de su misión civilizadora, con la Mancomunidad de las Naciones, que hoy comprende 54 países, la mayoría de ellos antiguas colonias británicas, como su lógico colofón.

La considerable energía de la reina ha cultivado la Mancomunidad como supuesta fuerza constructiva y vital en el mundo, algo que ha documentado el historiador Philip Murphy. Al mantener vivos los mitos sobre el “poder blando” británico y la benevolencia imperial, los vivifica repetidamente en el imaginario público. Los recorridos de la reina entre el ondear de banderas preludiaron sus visitas a casi todos los países de la Mancomunidad, algunas realizadas en varias ocasiones. Rara vez faltó a la cumbre bianual de la Mancomunidad. Ni tampoco pierde la ocasión de destacar el papel de la monarquía en la unión de estos países, con sus creencias y valores presuntamente comunes, un cliché del que no han prescindido los partidarios del brexit que siguen diseminando una creencia malentendida en la Mancomunidad como sustituta de la Unión Europea.

Aun así, el papel de la reina como jefa de la Mancomunidad no es más que un título. No tiene ninguna función constitucional y, en principio, no lo hereda su sucesor. Lo que no es heredable, en todo caso, es el papel de la monarca como jefa de Estado simbólica para los 15 países que forman el reino de la Mancomunidad. Fue a los reinos de la Mancomunidad en el Caribe adonde se envió recientemente a los duques de Cambridge a celebrar el Jubileo de Platino de la reina y reafirmar su autoridad soberana. Pocos se sorprendieron de que fuesen recibidos con condenas e indignación. Las demandas de reparaciones y de un ajuste de cuentas con las antiguas colonias precedieron con mucha antelación su viaje, de una semana de duración, aunque ellos siguieron adelante como si el Imperio estuviese en su apogeo.

Los duques de Cambridge durante una visita a Bahamas. (Photo by Chris Jackson/Getty Images)
Los duques de Cambridge durante una visita a Bahamas. (Photo by Chris Jackson/Getty Images)

Rápidamente aleccionado, el duque expresó su “profundo pesar” por “la espantosa atrocidad de la esclavitud”, pero no ayudó mucho a atemperar el enfado local e internacional. Crecieron las demandas de una disculpa oficial por la esclavitud y el colonialismo, exponiendo la impotencia, y la complicidad, de la monarquía.

Esa disculpa aún no se ha materializado: conlleva numerosas responsabilidades legales que podrían llevar a la monarquía y al gobierno británico a la delicada situación de tener que pagar unas inmensas indemnizaciones. El duque, a su regreso, dirigió la consabida y apolillada dedicatoria a “la familia de la Mancomunidad”, aunque admitió con clarividencia que “su gira ha puesto aún más de relieve las preguntas sobre el pasado y el futuro”.

Mientras se celebraba a la reina por haber cumplido su compromiso juvenil, la monarquía y su perenne fuente de poder imperial penden de un hilo. Se desconoce si sus herederos al trono pueden rehacer su imagen y su finalidad, y ceñirse a la delgada línea que separa las ficciones familiares del alma imperial y desarrollista de la institución.

Lo que, sin embargo, sí se está esclareciendo es el papel global del público. Para entender cómo y por qué el Reino Unido ha moldeado el mundo moderno, no debe rehuir la complicada relación entre monarquía, nación e Imperio, y los inconmensurables sufrimientos que infligió a las poblaciones colonizadas en todo el mundo. Lo que debe hacer es desenmarañar y entender esta compleja red de poder y sus legados tentaculares a pesar de su reverencia —o debida a ella— hacia la reina Isabel II.

© 2022 The New York Times Company

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